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Después que dejé el camión dormí dos días seguidos, y cuando tomé de nuevo el volante, una semana después, el poeta había volado de la cisterna. Advertí que la danza de las rondas no permitiría que volviéramos a encontrarnos sino al final, cuando a mí me tocara custodiar el cadáver.

A comienzos de noviembre cayó sobre Buenos Aires un sol incandescente. Yo vivía a la espera de que me llamaran para los relevos, durmiendo en hoteles ruinosos del Bajo con otra identidad. Cada cinco horas llamaba por teléfono a la casa operativa, para indicar que seguía vivo. Habría querido ver al poeta, pero sabía que era imprudente. Oí que el camión se desplazaba casi siempre cerca del puerto, disimulado entre centenares de otros camiones que iban y venían de las dársenas, y que la vida en la cisterna se estaba volviendo intolerable. Quizás Aramburu había encontrado también otro infierno en ese viaje perpetuo.

Una madrugada, a eso de las tres, fueron a buscarme para que cumpliera mi condena de ocho días en el tanque. Tenía ya preparada mi mochila de fotógrafo, en la que llevaba dos cámaras, doce rollos, dos linternas potentes con pilas de repuesto y un termo con café. Me habían advertido que no tomara fotos durante la noche, y que a la luz del día interrumpiera de inmediato cualquier trabajo si el sol dejaba de filtrarse por los respiraderos.

Reprimí una arcada al entrar en la cisterna. Aunque acababan de limpiarla y desinfectarla, el olor era ponzoñoso. Me sentí en una de esas cuevas donde los topos acumulan insectos y lombrices. A la fuerza de gravedad que la muerte imponía en el aire, se sumaba el olor orgánico de los cuerpos que me habían precedido y el recuerdo de las heces que habían vertido. Los fantasmas no querían retirarse. ¿Cómo el poeta había podido encontrar su lengua en aquella tiniebla?

Estoy por abrir las puertas, había escrito, por cerrar los ojos y no mirar más allá de mis narices, no oler, no tocar el nombre de Dios en vano.

Me tendí, disponiéndome a dormir hasta que amaneciera. En el colchón se habían formado desfiladeros y jorobas, la superficie estaba un poco pringosa, no quería quejarme, no sentía que aquello fuera el fin de la juventud. Me desperté al rato porque el camión se zarandeaba, como si el compañero del volante manejara con descuido por un camino de fango. Me acerqué a la pestaña de ventilación y le dije:

– ¿Querés que cante para entretenerte? Tengo una voz única. Fui solista en el coro de la escuela.

– Si me vas a ayudar, no hables, no cantes -me respondió. Era una chica-. No tenés voz de persona, graznás como un bicho.

El que había comenzado la marcha conmigo era uno de los dos desconocidos del cementerio. No supe cuándo la chica lo había reemplazado. O quizá viajaran dos en la cabina.

– ¿Son dos, ustedes?, quise saber. ¿Y el poeta? Le tocaba manejar a él en este viaje.

Nadie dijo nada. Me sentí el último sobreviviente del mundo.

Seguimos dando vueltas, sin detenernos nunca. Oía de vez en cuando motores de aviones, el tableteo rápido de algún tren y ladridos de perros. Ni siquiera pude orientarme cuando salió el sol y fijé las dos linternas en salientes opuestas del camión para que, al encenderse, la luz diera de lleno sobre el cadáver.

La persona que estaba al volante del camión, fuera quien fuese, era inhábil. Caía en todos los baches y se dejaba atrapar por todos los desniveles. Tuve miedo de que tantos saltos no me permitieran apagar las linternas a tiempo si entrábamos en alguna penumbra.

Voy a encender unas luces acá, avisé, a través de la pestaña de ventilación. Den dos golpes cuando estemos cerca de un túnel.

Dieron dos golpes, pero la luz del sol siguió en su sitio durante diez, quince minutos. Bebí café caliente del termo y comí dos bizcochos de grasa. Después, probé la firmeza de mi pulso. Debía mantener el objetivo abierto, sin temblores, por cinco segundos al menos. Iluminé el antro. Sólo entonces me di cuenta de que, debajo del cuerpo de Aramburu había otro, en una caja de madera de embalar. Era un poco más grande y no portaba medallas ni rosarios, pero la mortaja que lo cubría era casi idéntica. Si no hubiera visto los despojos verdaderos algunas semanas atrás no habría sabido discernir quién era quién, y aun ahora tenía dudas. Tomé por lo menos tres rollos completos de los difuntos, en planos generales y primeros planos. Cuando los revelara, estaría seguro. Al cabo de hora y media volví al colchón. Quién sabe cuánto tiempo llevábamos sin detenernos. No podíamos tardar mucho en regresar a la casa operativa. De pronto, nos deslizamos por una pendiente y advertí que estábamos en Parque Chas. Luego de unas pocas vueltas en círculo, el camión se movió con soltura en línea recta y salió del laberinto. Así seguimos hasta que cayó la noche.

Se me habían agotado el café y los víveres, las piernas me dolían y dentro de mi cabeza había una nube densa, que me entorpecía los sentidos. Ni siquiera me di cuenta cuando hicimos un alto. Como tardaban en abrir la puerta de la cisterna, llamé y llamé, sin que nadie respondiera. Así estuve largo rato, resignado a sucumbir en compañía de aquellos muertos. Poco antes de la madrugada me liberaron. A duras penas me mantuve de pie en el patio de la casa operativa, junto a los estribos de la cabina vacía. Alguien que parecía el jefe, un petiso de barba roja al que jamás había visto, me indicó un jergón en el altillo y ordenó que no saliera de ese piso hasta que me llamaran. Creí que iba a dormirme en el acto, pero el aire fresco me despabiló y, asomado a la ventana, contemplé el patio con la mente en blanco, mientras la luz viraba del gris al rosa, de allí al amarillo y a las glorias de la mañana. Una chica con un matorral de rulos oscuros se acercó al camión, desprendiéndose del agua de la ducha como un perrito, y examinó el contenido de la cisterna. Adiviné que era ella quien había viajado en la cabina, y sentí un ramalazo de vergüenza porque, en la estupidez de la asfixia, había olvidado retirar mis heces.

Era ya avanzada la mañana cuando una camioneta blanca estacionó al lado de la cisterna. El sueño me vencía pero yo estaba allí, despierto, sin poder apartar los ojos del patio, cuyas baldosas parecían arder. Supongo que más allá se abría una calle o un campo, no lo sé, ya nunca voy a saberlo. Tres hombres desconocidos bajaron el ataúd de Aramburu: lo reconocí, porque había fotografiado hasta la náusea el crucifijo de la tapa, con una aureola dorada sobre los brazos abiertos del Cristo y, debajo, la sucinta placa en la que se leía el nombre del general y los años de su vida. La chica de los rulos ordenaba cada uno de los movimientos del cadáver: Pónganlo a un costado, sobre la tarima, despacio, sin rayar la madera. Descúbranlo. Dejen lo que hay adentro sobre el catre. Lentos, lentos. Que nada se mueva de lugar.

El sopor se me disipó cuando descubrí lo que estaba sucediendo. Había que tener un estómago de hierro para no sentir horror ante los dos ataúdes abiertos -uno lujoso, imperial; el otro miserable, mal hecho, como los que se fabricaban de apuro en las ciudades apestadas-y ante las ruinas de los dos muertos que yacían a la intemperie. La chica de los rulos dispuso algo que, desde el altillo, me pareció un trueque, aunque no sé ahora si lo que vi es lo que creo que vi o era sólo una traición de los sentidos, el rescoldo de mis días de encierro. Con delicadeza de ebanista, retiró de uno de los cuerpos el rosario y la medalla militar, y los puso sobre el pecho y entre los dedos del otro cadáver. Lo que había estado en uno de los ataúdes fue llevado al otro y viceversa, no estoy seguro de lo que digo -contó el Mocho, y Alcira me lo repitió, y yo a mi vez estoy diciéndolo con un lenguaje que sin duda nada tiene que ver ya con el relato original, nada con la sintaxis trémula ni la voz sin arrugas que se demoró por unas horas en la garganta del Mocho, aquella noche remota del Sunderland-, sólo estoy seguro de que el ataúd lujoso quedó en la camioneta blanca y el miserable fue devuelto a la cisterna, con un cuerpo que quizá no era el mismo.

Dormí toda la mañana y me desperté a eso de la una. Había un enorme silencio en la casa y, por más que llamé, no vi a nadie. A eso de las dos, el poeta apareció en la puerta del cuarto donde me habían confinado. Lo abracé. Estaba flaco, desencajado, como si regresara de una enfermedad grave. Empecé a contarle lo que había visto y me dijo que callara, que lo olvidara, que las cosas nunca son como parecen.

Ya no soy de aquí, recitó: apenas me siento una memoria de paso. Ni vos ni yo somos de este mundo desgraciado, al que le damos la vida para que nada siga como está.