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– Antonio Anaclerico, de la policía especial, páseme con la Escuadra Móvil. Brigadier, aquí hay un muerto, en Via Montanara, lo han tirado a una acequia. Tiene documentos y es policía también. Espere, que lo miro… Pues sí, se llama Albertini.

– ¿Está Valeria?

CAPÍTULO NUEVE

Estaba casi oculto por la hierba alta, con la cabeza para abajo, y desde la calle se veían sólo las piernas, rectas hacia arriba, por encima del margen de la acequia, como una V. Los pantalones le habían bajado por los tobillos, descubriendo la piel blanca y desnuda por encima de los calcetines, y daba la sensación, cruda y real, de que aquellos zapatos en el aire, en esa posición cómica, eran realmente un cadáver.

De Luca se detuvo en el arcén y se asomó a la acequia. A su lado, Pugliese hacía un sonido extraño, como un silbido, respirando profundamente, con los ojos enrojecidos. Marcon lloraba desconsoladamente.

– Pasaba en bicicleta y lo he encontrado -dijo el agente de la Especial, Anaclerico-. A saber cuánto tiempo llevaba ahí, aquí nadie dice nada. Tenía esto en la espalda, lo he cogido para que no se volara.

Tendió un papel a De Luca, que lo cogió y lo agarró, dejándolo ondear al viento cálido. «Fascista de mierda», ponía. De Luca se lo enseñó a Pugliese, que lo miró de reojo y se volvió de nuevo hacia Albertini, metido en la acequia de cabeza, con los brazos abiertos en cruz en la hierba aplastada.

– Le han disparado un tiro en la nuca, pero no han sido los partisanos -dijo-, a Albertini no.

– ¿Por qué no? -preguntó De Luca.

– Porque a Albertini no lo hubieran matado los partisanos. No me haga decir más, comisario, por favor.

De Luca se agachó sobre la acequia y apartó la hierba con una mano, para ver mejor. Marcon gimió y se alejó a toda prisa.

– Pobre Albertini -suspiró Pugliese-, sin querer acabó en un asunto de tráfico muy sucio y en estos tiempos se mata a la gente por mucho menos. Pero no han sido los de Tedesco, ésos se lo hubieran cargao a usted, no a él.

De Luca asintió.

– Claro -dijo.

– Y si vamos a hacer preguntas a la Legión sin el apoyo del jefe acabaremos arrestados y muertos nosotros también.

– Claro.

– Qué trabajo de mierda. Entonces, ¿qué hacemos?

No era una pregunta retórica, aunque los dos conocían la respuesta, una respuesta que debía proceder de De Luca.

– Vamos a casa de Alfieri. Me parece que es hora de conocer a la familia, a Littorio y a su madre… Ya hemos esperado bastante.

– Pero el jefe quiere que cojamos a Sonia Tedesco. Incluso ha llamado…

De Luca se levantó con un chasquido siniestro de las rodillas que lo hizo vacilar.

– Me importa un pito el jefe -dijo enérgico, dirigiéndose hacia el coche.

– Quédate aquí fuera y no dejes salir a nadie, ¿entendido?

Marcon asintió, apoyándose en la pared junto al portal, y De Luca llamó al timbre. Esperaron sólo unos segundos.

– ¿Sí?

– Comunicación urgente del partido, abran, por favor.

La puerta se abrió y De Luca se precipitó al interior, apartando a una criada anciana que se puso a jadear del susto.

– ¡Policía! ¿Quién hay en casa?

– Está la señora, pero usted, usted…

– Y Littorio Alfieri, ¿dónde está?

– El señorito no está… Ha salido…

– ¿Dónde está la señora?

La mujer levantó una mano, señalando un patio cerrado, con una escalera que subía, dentro de una verja de hierro, abierta. Pugliese la cogió por un brazo y la obligó a seguirlo, detrás de De Luca, que ya cruzaba el patio. Subieron las escaleras bajo un vestíbulo abovedado, donde resonaba amortiguado el eco de una radio encendida, y se detuvieron delante de una puerta, Pugliese empujó a la mujer contra una pared y se metió una mano en el bolsillo, sobre la pistola. Y las piernas, y las piernas -sonaba la radio- son lo que me gusta más. De Luca abrió sin llamar y entró. Silvia Alfieri lo miró sorprendida, con la boca abierta.

Era realmente como en las descripciones, menuda, con gafas de aumento y el cabello negro, largo y liso. Tenía un rostro fino, de aspecto muy inteligente, móvil y nervioso como sus manos de uñas largas y sus ojos, pequeños, brillantes aun tras los cristales. Estaba de rodillas en el suelo, en una alfombra, y quemaba unos papeles en la chimenea.

– ¿Tanto frío tiene? -preguntó De Luca.

– ¿Quién es usted?

– Policía, comisario De Luca. Tengo algunas preguntas que hacerle.

– Salga inmediatamente de mi casa.

Qué bonitos los ojos negros, qué bonitos los azules…

De Luca se acercó a la chimenea y con la punta del zapato volvió a lanzar al fuego un trozo de papel quemado que había caído en la alfombra.

– Necesito algunas aclaraciones por su parte -dijo-, muchas aclaraciones.

Le tendió una mano para ayudarla a levantarse, pero ella hizo caso omiso. Se puso en pie delante de él, alisándose la falda sobre las piernas, doblando el cuello hacia atrás para mirarlo, pues era mucho más baja, y De Luca trató de imaginarla mientras golpeaba a Rehinard, primero en el corazón y luego…

– ¿Su marido no está en casa?

– Mi marido está en Milán, con el Duce, y cuando sepa de vuestra intrusión… Me está esperando y tengo mucha prisa, por tanto, si no le importa, debo pedirle que se marche.

Dos manitas deliciosas que te saben acariciar…

De Luca se sentó en una butaca, de espaldas al fuego, que empezaba a darle calor, y Silvia se giró con un gesto nervioso hacia la puerta, desde donde Pugliese y la criada los miraban en silencio.

– ¡Gianna! -dijo con una nota aguda en la voz-, ¡ve a llamar enseguida a la comisaría y pregunta por el jefe de la policía!

De Luca suspiró, tranquilo.

– ¿Tiene prisa por marcharse? -preguntó-. Pues yo la arresto por el homicidio de Vittorio Rehinard.

Silvia Alfieri abrió mucho los ojos con una expresión tan asombrada que los labios se le abrieron en una sonrisa:

– ¡Usted está loco!

De Luca se encogió de hombros:

– Tal vez. Pero para empezar me llevo sus documentos y le hago dar tal vuelta por las comisarías que antes que el jefe la encuentre, quizás la guerra haya acabado.

Mas dos piernas un poco nerviosas te enamorarán…

Silvia abrió la boca y trató de decir algo, pero le salió sólo un suspiro, deformado por esa sonrisa tensa. Apagó la radio, caminó hacia la puerta, rápida sobre sus tacones altos, y la cerró en la cara de Pugliese, luego se acercó a una mesa y sacó un cigarrillo de un bolso. Lo encendió, la llama del encendedor le brilló en las lentes.

– Sólo me faltaba usted -dijo, soplando el humo. Se sentó en una butaca, delante de De Luca, y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. Parecía que no lograra estarse quieta, pues siguió moviéndose, balanceándose, aunque se la veía más tranquila.

– ¿Qué quiere saber? -dijo.

– Ha matado a Rehinard.

– ¿Eso es una pregunta? A mí me parece una afirmación. Yo me acostaba con Vittorio, como tantas otras. Y me gustaba. -Sopló el humo y De Luca volvió la cabeza para evitarlo.

– O lo ha matado usted o ha sido su hijo. Littorio traficaba morfina con Rehinard, él la tomaba de los lanzamientos de los ingleses y Rehinard la vendía. Discutieron y él lo mató. Y además ha mandado matar a uno de mis hombres.