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– ¿Por qué por ahí? -preguntó De Luca, y se mordió enseguida el labio.

– Porque ahí hay un cristal roto en una ventana, luego se la enseño. En fin, entran por sorpresa, porque Delmo era un hombre desconfiado y tenía el fusil siempre a mano, caen sobre los Guerra y los muelen a palos. Luego se marchan. ¿Hasta aquí todo claro?

– Quizás… Sí, claro.

A De Luca se le escapó una ojeada insegura hacia la puerta y Leonardi se dio cuenta.

– ¿Qué pasa?

– No, nada…

– Diga, diga…

– Es que… -De Luca se acarició el mentón rugoso, sacudiendo la cabeza-, ¿por qué iban a matar al perro, que está delante, si luego entran por detrás? -Frunció el entrecejo, sacando los labios hacia delante, pensativo, sin reparar en la sonrisa que afloraba en la boca de Leonardi-. Además… además me parece raro que si entran por esa puerta el viejo intente escapar justo por ahí y, además… ¿puedo ver? -Indicó la puerta y Leonardi se apresuró a abrírsela, de par en par. En la habitación había una ventana con un agujero, un agujero redondo rodeado de cuchillas de vidrio, como los dedos extendidos de una mano.

– Estaba abierta -dijo Leonardi-, la cerramos nosotros, pero estaba abierta.

De Luca asintió. Se acercó a la ventana, la abrió con cuidado para que no cayeran los vidrios y se asomó al exterior.

– No -dijo-, no, no creo… no hay huellas fuera, y tampoco en la pared… ésta ya estaba rota de antes, es más, casi parece que…

– Señor comisario -le llamó Leonardi. De Luca se volvió instintivamente.

– ¿Sí? -respondió decidido, y luego apretó los labios. Cerró los ojos mientras un escalofrío le recorría la espalda, y cuando volvió a abrirlos Leonardi lo estaba mirando; esta vez sonreía abiertamente, satisfecho, con aquella maldita sonrisa suya. De Luca dejó caer los brazos a los costados, encorvándose como si le pesaran muchísimo.

– ¿Qué es lo que quiere de mí?

CAPÍTULO DOS

– Para mí, usted podría ser cualquiera, un desgraciado, un profesor, un ingeniero… eso, pongamos que es un ingeniero, ¿le parece bien?

De Luca no dijo nada. No había vuelto a abrir la boca desde que subió al jeep y casi se le habían sellado los labios. En cambio, Leonardi no callaba ni un momento. Le había llevado al pueblo y le había hecho entrar en una fonda, según decía un cartel colgado junto a la puerta, pues, en el interior, la fonda parecía una casa como cualquier otra. Había tres mesas de madera en el centro de una habitación y ellos estaban sentados en la más pequeña, De Luca inmóvil en la silla, con los brazos cruzados y los labios cosidos, y Leonardi echado hacia delante, hacia él, con los codos en la mesa.

– Entonces, escuche, ingeniero. Usted se parece mucho a un tal comisario De Luca que conocí cuando hacía el curso para agentes de policía, en Génova. Bueno, el comisario De Luca era un héroe para todos… El comandante de la escuela lo llamaba «el más brillante investigador de la policía italiana». Por lo visto, luego se perdió un poco en la política, porque lo he encontrado en una lista de personas buscadas por el CLN, junto con muchos nombres malsonantes de fascistas de la República de Saló… Pero dejemos al comisario De Luca, dejémoslo allá donde esté.

Leonardi se volvió hacia una puerta cerrada. Estaban solos en la sala, delante de una gran chimenea apagada, y empezaba a oscurecer porque el sol, en el exterior, descendía rápidamente.

– ¡Eh! ¿Es que no hay nadie? -gritó Leonardi hacia la puerta, luego se levantó, la abrió y volvió a gritar-. ¿No hay nadie?

Pero enseguida dio un paso atrás, pues había aparecido una muchacha en el umbral, tropezando con él. Leonardi volvió a la mesa.

– Ésta es Francesca, ingeniero, Francesca, la Alemanita…

Quiso tocarla, pero ella lo esquivó, sin mirarlo, agitando las caderas para escapar a su brazo. Fue a buscar dos vasos y una botella de encima de la chimenea. Leonardi sonrió.

– ¿Ha visto lo mona que está nuestra Francesca? ¿A que le sienta bien ese corte de pelo?

De Luca levantó los ojos y miró por primera vez a la muchacha. Era muy joven y llevaba el cabello negro cortado de forma extraña, irregular, a lo chico. Le daba un aspecto salvaje, descarado, como sus ojos, asimismo negros, que lo miraban directos, con insistencia casi maligna.

– A nuestra Francesca la llaman la Alemanita porque le gustaban mucho los cabezas cuadradas -dijo Leonardi- y así se ganó un corte gratis del barbero. ¿Verdad, Alemanita?

– Con el alemán estuve porque era guapo -dijo la muchacha, sirviendo vino en el vaso de De Luca- y yo voy con quien me da la gana. No te preocupes, no, que tú no corres peligro.

Leonardi volvió a sonreír y de pronto se puso en pie de un salto y apartó la silla, pues ella le había llenado demasiado el vaso, derramándole el vino en los pantalones.

– ¡Válgame Dios, Alemanita!

La muchacha lanzó una mirada a De Luca, una mirada rápida que era como una sonrisa, pero una sonrisa maliciosa. Salió golpeando con fuerza la suela de los zuecos contra el suelo para cubrir la voz de Leonardi, que gritaba «¡enciende la luz!», y los dejó a oscuras.

– La luz eléctrica es el único motivo de que esta casa sea una fonda, porque la Alemanita y su madre son las personas más ignorantes de la Romagna, todo el mundo lo sabe.

Leonardi apuró el vaso y se sirvió más enseguida. De Luca no bebió. Miró la botella de medio litro, de vidrio verde, con un racimo de uva en relieve en medio de un hexágono con las esquinas redondeadas. Recordaba una igual en su casa, de niño, y quiso alargar la mano para tocarla, pero Leonardi volvió a hablar.

– Es que a mí mi trabajo me gusta. Lo llevo aquí, este trabajo -se tocó la cabeza con la punta del dedo-, y creo que yo también valgo. Aunque me falta experiencia. Estaba haciendo el curso para agente cuando fue el armisticio y me largué enseguida a la montaña, con los partisanos… Hice las prácticas sólo, pero eso no basta, no bastará dentro de poco, porque, claro, todo cambiará, tal vez haya una revolución, pero la policía, eso ya se ve, seguirá siendo la misma. En Lugo han restablecido la comisaría y la han puesto a manos de los mismos de antes. ¡Y eso que el alcalde es un partisano! Créame, en un año nos mandarán a todos a casa, tanto si está Togliatti como si está De Gasperi en el Gobierno.

La luz se había encendido de repente, como un relámpago, a De Luca incluso le pareció que tenía que seguir un trueno. Pero sólo se oyó el cloc-cloc de los zuecos de la Alemanita, que dio la vuelta a la mesa con dos platos llenos de una masa roja. Puso uno delante de De Luca y el otro lo dejó caer delante de Leonardi, que de nuevo tuvo que retirarse para que no lo salpicara el tomate. Alargó un brazo, y esta vez pudo alcanzarla mientras pasaba.

– Ven pa’ cá, nena… Que siempre te escapas. ¿Qué es esto?

– Conejo, conejo en salsa.

Tenía un modo duro de pronunciar las palabras, la Alemanita, como si las pronunciara siempre con la barbilla alta y los dientes apretados.

– Conejo, ¿eh? Esto es gato, que te lo digo yo.

– Si no lo quieres, me lo llevo. Y si no me quitas inmediatamente la mano del culo se lo digo al Carnera.

Leonardi se incorporó en su silla y la sonrisa que le estiraba los labios se contrajo un poco por un instante.

– Vamos, vamos -dijo-, el gato también está bueno. Y tu culo te lo puedes quedar.

Levantó una mano para darle una palmada en el trasero mientras se alejaba, pero luego se lo pensó dos veces y se quedó con el brazo suspendido, en un medio saludo romano.

De Luca miró el conejo, el gato o lo que fuera, ahogado en tomate. No comía desde la noche, y tenía hambre, pero el olor caliente de la manteca le cerró el estómago, produciéndole una sensación casi de mareo. Leonardi, en cambio, ya estaba a medio plato.