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De Luca pasó por su lado, giró sobre los talones y se sentó en el sofá, en medio del salón, haciendo suspirar el almohadón de terciopelo, todavía lleno de aire.

– Pues venir todas las noches. Soy soltero, soy libre, y con todo lo que me ha pasado, hace más de un año que no toco a una mujer… Tendré derecho a hacer lo que quiera con mis noches de libertad, ¿no? Pues vengo, me siento, así, y me pongo el sombrero en las rodillas… -apretó las piernas, tieso, con la espalda erguida, con los brazos junto a las piernas-, tengo un sombrero, no lo llevo pero me lo pondré porque te da más aspecto de policía, luego me pongo a mirar a la gente fijamente a la cara, así -clavó los ojos en Tripolina, con ceño y estirando los labios en una sonrisa sospechosa e interrogante, de esbirro-, y ¿sabes qué hago, además? Pues a media noche le pido a Di Naccio que se pase por aquí… Ya conoces al brigadier, ya sabes la cara que tiene… y para que quede más claro hago que diga: «¿Todo bien, señor comisario?». Nada más que eso… y a lo mejor, de vez en cuando, saco el bloc y escribo algo…

Los ojos de la Tripolina brillaban, negros, detrás de un velo de lágrimas. Fruncía los labios como si quisiera contenerlas con ellos, y los apretaba tan fuertemente que de oscuros, casi aceitunados como eran, se habían vuelto blancos. Había aferrado las puntas del chal, atenazándolas entre los puños, y la lana negra, estirada sobre la espalda, había hecho que la combinación se le escurriera, destapándole un hombro. De Luca deglutió, bajando la mirada de aquella piel lisa y oscura.

– Vamos, Tripolina, basta ya -dijo-. Quiero saber qué hizo Ricciotti en estos últimos días.

– No lo sé. Lo vi por última vez el sábado. El domingo era su día libre y ya no volvió.

– Vale. Quiero saber cómo has obtenido el traslado de Via delle Oche a aquí.

– Di un chivatazo a D’Ambrogio. En la cama la gente habla y en los días que corren hasta los cotilleos cuentan.

– ¿Qué cotilleos?

– No lo sé. Comunistas. Cosas que sabía la Lisetta.

– Vale. Entonces quiero saber por qué Piras fotografió a Ricciotti con Lisetta y con todas esas chicas.

La Tripolina suspiró, con un hipido entrecortado, como los de los niños, y sonrió:

– Ermes se prestaba a hacer de novio para las familias. De vez en cuando hay alguna del oficio que no lo ha dicho en casa, como la Lisetta, y hace falta un novio para tranquilizar a los padres. Ermes tenía un traje y se prestaba… nada más. ¿Hay algo más que quieras saber?

De Luca sacudió la cabeza.

– No -dijo-. Por ahora no. Pero ya verás como vuelvo.

– Lo sé -murmuró la Tripolina. Se arrodilló junto a él y, con un gesto que De Luca no esperaba, le tomó la mano. La sostuvo entre las suyas, sin malicia, fuertemente, y sin mirarlo, sin decir nada, apoyó la cabeza en sus rodillas, cerrando los ojos con un suspiro, como si quisiera dormirse allí. De Luca se quedó inmóvil, rígido, sin saber qué hacer. Sentía sobre la piel, aparte de la tela de los pantalones, el calor de la mejilla de la Tripolina, que así, con los párpados cerrados y los labios entreabiertos, tan cercana y tan extraña, le pareció menos ajada y desaliñada que la otra vez. Tendría treinta años, la Tripolina, y en ese momento le pareció decididamente guapa.

Ella fue quien lo oyó primero y se levantó de un salto, abriendo los ojos y dilatando las narices, como para olfatear el aire. Un paso, precedido del chirrido de la puerta, un taconeo decidido sobre las baldosas de mármol, que hizo que De Luca se torciera en el respaldo del sofá, mientras ella se levantaba a toda prisa, alisándose la combinación sobre las rodillas.

De cerca, Scala, el jefe del gabinete, parecía más menudo que cuando De Luca lo vio en la sala de reuniones, la mañana antes. Vestía la misma chaqueta cruzada que entonces, sin corbata, con la camisa blanca abierta, y sus ojos lucían la misma mirada divertida.

– ¿Comisario De Luca? -preguntó-. El brigadier Di Naccio me ha dicho que lo encontraría aquí. ¿Damos una vuelta?

«La agit-prop en la iglesia, o la técnica del murmullo. La acción capilar del comunismo para penetrar entre las masas femeninas».

«Los oficinistas votan por el Fronte. La victoria del Fronte nos dará una escuela democrática».

«¿Tiene invitados? Se impone un trago de Biancosarti».

Una gota le cayó a De Luca en plena cabeza, deslizándose entre sus cabellos, fría y molesta. Scala alargó el brazo, extendiendo la mano con la palma abierta, y levantó el rostro hacia el cielo, con los ojos entornados.

– Llueve -dijo-, esperemos que haga malo también el domingo.

– ¿El domingo? -preguntó De Luca.

– Las elecciones. Si llueve las beatas se encerrarán en casa, a despecho de De Gasperi [8]… Nosotros, en cambio, iremos todos. Cuando digo nosotros me refiero a los comunistas, abogado.

– No soy abogado.

Scala señaló el arco que cerraba Via dell’Orso y se detuvieron debajo, mirando las gotas que empezaban a estrellarse contra los adoquines de la calle.

– Yo soy de campo -dijo Scala-, allí la lluvia tiene otro olor, como de hierro… hierro mojado. Aquí en Bolonia, en cambio, huele a polvo. ¿Cómo va la investigación? ¿Ha descubierto quién ha matado a Ricciotti y a Piras?

– Sí. A Piras lo mató un tipo que luego se cayó de un tejado, un tipo que tenía en el rostro las señales de sus uñas. Y lo mató porque quería unas fotografías.

– ¿Por qué precisamente unas fotografías?

– Porque no sabemos qué buscaba, pero sí dónde lo buscó. Abrió las máquinas de fotos de Piras y ahí sólo podía encontrar fotografías.

– ¿Y qué había en esas fotografías?

– No lo sabemos.

– ¿Dónde las hizo?

– No lo sabemos.

– ¿Y Ricciotti?

– Ricciotti conocía a Piras. Lo conocía bien.

– ¿Entonces se podría pensar que los crímenes están relacionados y que los mató la misma persona?

– Se podría pensar, sí.

– Es usted muy nebuloso, comisario De Luca.

– No sé cómo podría no serlo, señor Scala. No tengo medios ni información, choco continuamente contra un muro de silencio y en cuanto trato de dar un paso adelante me cortan. Y además no estoy en Homicidios, estoy en la Buoncostume, y el vicario me ha dicho…

– Vicario, vicario… qué título tan curioso para un policía. Vicario del jefe de la policía, vicario del obispo… suena a curia, ¿no le parece?

De Luca se encogió de hombros, con la mirada perdida en el chaparrón, que cada vez era más fuerte y violento. Scala se desplazó más hacia el centro, bajo el arco que cruzaba como un puente la calle, con un soportal cortado, y se ciñó la chaqueta, tiritando.

– ¿Sabe quién era el hombre del tejado de Piras? -dijo-. Apuesto a que eso no se lo ha dicho el vicario.

– No -murmuró De Luca, luego lo repitió más fuerte, porque los nervios le habían ocluido la garganta y no había logrado cubrir el rumor de la lluvia-. No me lo ha dicho.

– Matteucci… Silvano Matteuci, creo. Pero el nombre es igual. Era un hombre de Abatino. ¿Sabe quién es Abatino, verdad?

De Luca dijo que no, sólo con la cabeza, todavía sin voz.

– El pupilo del difunto Casa e Iglesia. El secretario de un Comité Cívico, que era como su departamento electoral. Si quiere saber más, pregúntele a Marconi, de la Política. Y que el brigadier Sabatini le enseñe las películas de la Científica, dígale que le mando yo. ¿Quiere el informe de la autopsia? Cinelli, en Medicina Legal…, en Bolonia todavía somos fuertes en la comisaría. Los nuestros están todos a su disposición, comisario De Luca, aprovéchelos…, aproveche el factor K.

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[8] Alcide De Gasperi (1881-1954), cofundador de la Democracia Cristiana italiana. (N. de la T.)