—Hay violencia en ti. Niégalo, y te negarás a ti misma. ¿Acaso nunca has montado en cólera y has arremetido? ¿Es que nunca has derramado la sangre de alguien? ¿Nunca has deseado hacerlo? ¿Sin plantearte otra posibilidad? ¿Sin pensarlo siquiera? Mientras respires, eso formará parte de ti.
Elayne recordó a Taim, y otros casos similares, y su rostro se puso rojo como la grana.
En esta ocasión, hubo más de una respuesta.
—Tus brazos se debilitarán —le decía Tamela a Aviendha—. Tus piernas perderán su velocidad. Una persona joven podrá quitarte el cuchillo de la mano. ¿De qué te valdrán entonces destreza o ferocidad? El corazón y la mente son las verdaderas armas. Mas ¿acaso aprendiste a utilizar la lanza en un día, cuando eras Doncella? Si no aguzas corazón y mente ahora, te harás vieja y los niños te ofuscarán el entendimiento. Los jefes de clan te sentarán en un rincón para que juegues a las cunitas y, cuando hables, lo único que oirán todos será el viento. Tenlo en cuenta mientras estás a tiempo.
—La belleza desaparece —continuó Viendre al oído de Elayne—. El paso de los años hará que tus pechos se descuelguen, que tus carnes pierdan firmeza, que tu piel se torne seca y arrugada como el cuero. Hombres que sonreían al ver tu cara te hablarán como si fueses otro hombre. Tal vez tu esposo te vea siempre como la primera vez que puso los ojos en ti, pero ningún otro hombre soñará contigo. ¿Dejarás por ello de ser tú? Tu cuerpo es sólo una envoltura. Tu carne se marchitará, pero tú eres tu corazón y tu mente, y ésos no cambiarán salvo para hacerse más fuertes.
Elayne sacudió la cabeza, pero no en un gesto de negación. En realidad no. Sin embargo, nunca había pensado en envejecer. Sobre todo desde que había ido a la Torre. El paso de los años dejaba una huella muy leve incluso en las Aes Sedai de mucha edad. Mas, ¿y si llegaba a vivir tanto como las Asentadas? Eso significaría renunciar a ser Aes Sedai, por supuesto, pero ¿y si lo hacía? Las Allegadas tardaban mucho tiempo en tener arrugas, pero las tenían. ¿Qué estaría pensando Aviendha? La Aiel estaba allí de rodillas, con aire… huraño.
—¿Qué te parece más infantil en la mujer que quieres como hermana primera? —preguntó Monaelle.
Eso era más fácil, menos peliagudo. Elayne sonrió incluso mientras hablaba. Aviendha le devolvió la sonrisa, desaparecida ya la expresión hosca. Una vez más, los tejidos tomaron sus palabras y las liberaron a la par, las voces con un dejo de risa.
Aviendha no me deja que le enseñe a nadar. Lo he intentado. No le tiene miedo a nada, excepto a meterse en más cantidad de agua de la que cabe en una bañera.
Elayne se zampa golosinas a dos manos, como una niña que ha escapado a la vigilancia de su madre. Si sigue así, se pondrá gorda como un cerdo antes de que se haga mayor.
Elayne dio un respingo. ¿Zamparse? ¿Zamparse? Probaba un poco de vez en cuando, eso era todo. Sólo de vez en cuando. ¿Gorda? ¿Por qué Aviendha la miraba iracunda? Negarse a meterse en el agua donde cubría por encima de la rodilla era realmente infantil.
Monaelle se tapó la boca con la mano para toser levemente, pero a Elayne le pareció que lo que ocultaba era una sonrisa. Algunas de las Sabias que estaban de pie se echaron a reír sin tapujos. ¿Por la tontería de Aviendha o por su… debilidad por las golosinas?
Monaelle recobró su aire solemne mientras arreglaba la falda extendida sobre el suelo, pero cuando habló aún había un atisbo de regocijo en su voz.
—¿Qué es lo que más envidias de la mujer que quieres como hermana primera?
Quizás Elayne habría dado un rodeo a la respuesta a despecho de la exigencia de contestar con sinceridad. La verdad había surgido en su mente tan pronto como le dijeron que pensara en esto, pero había encontrado algo menos importante, menos embarazoso para ambas, que habría colado. Quizá. Pero estaba lo de que sonreía a los hombres y que enseñaba el busto. A lo mejor ella sonreía, ¡pero Aviendha pasaba delante de sirvientes abochornados sin llevar absolutamente nada encima y dando la impresión de que ni siquiera los veía! De modo que se zampaba golosinas, ¿verdad? Y que iba a ponerse gorda, ¿no? Manifestó la amarga verdad mientras los tejidos tomaban sus palabras y la boca de Aviendha se movía en un silencio huraño, hasta que por fin lo que habían dicho se liberó.
Aviendha ha yacido en los brazos del hombre al que amo. Yo nunca lo he hecho; puede que nunca lo haga, ¡y querría llorar cuando lo pienso!
Elayne tiene el amor de Rand al’Th… de Rand. El corazón me duele de desear que él me quiera a mí, pero no sé si llegará a amarme nunca.
Elayne miró intensamente el indescifrable rostro de Aviendha. ¿Que tenía celos de ella por causa de Rand? ¿Cuando ese hombre la evitaba como si tuviese la sarna? No tuvo tiempo para pensar nada más.
—Dale una bofetada lo más fuerte que puedas —instruyó Tamela a Aviendha mientras apartaba sus manos de los hombros de la joven.
Viendre apretó ligeramente los de Elayne.
—No te defiendas —advirtió.
¡De eso no habían dicho nada! Aviendha jamás le…
Parpadeando, Elayne se incorporó de las heladas baldosas. Se tocó la mejilla con sumo cuidado e hizo un gesto de dolor. Iba a tener la marca de la palma de la mano en la cara el resto del día. Esa mujer no tenía por qué haber golpeado tan fuerte.
Todas esperaron hasta que volvió a ponerse de rodillas, y entonces Viendre se acercó a su oído.
—Dale una bofetada lo más fuerte que puedas.
Bueno, pues lo que era ella no iba a soltarle un bofetón a Aviendha. Ella no iba a… Una tremenda bofetada tiró a Aviendha al suelo y la hizo deslizarse por las baldosas casi hasta donde se encontraba Monaelle. A Elayne le dolía la palma de la mano casi tanto como la mejilla.
Aviendha se incorporó a medias, sacudió la cabeza, y después volvió a su posición anterior; a gatas.
—Golpéala con la otra mano —dijo Tamela.
Esta vez, Elayne se deslizó sobre las heladas baldosas hasta dar contra las rodillas de Amys; la cabeza le zumbaba, y le ardían ambas mejillas. Y cuando se situó de nuevo de rodillas delante de Aviendha, cuando Viendre le dijo que golpeara, puso toda la fuerza de su cuerpo en la bofetada, hasta el punto de que casi se cayó encima de Aviendha cuando ésta se fue al suelo.
—Ahora podéis marcharos —dijo Monaelle.
Los ojos de Elayne se volvieron rápidamente hacia la Sabia. Aviendha, a medio recobrar la postura de rodillas, se quedó petrificada.
—Si queréis —añadió Monaelle—. Los hombres lo hacen generalmente al llegar a este punto, si no antes. También lo hacen muchas mujeres. Pero, si seguís queriéndoos la una a la otra lo bastante para continuar, entonces abrazaos.
Elayne se echó en los brazos de Aviendha, que a su vez se había lanzado hacia ella, y por poco no se fue de espaldas al suelo. Se estrecharon con fuerza. Elayne sintió que las lágrimas desbordaban sus ojos, y se dio cuenta de que Aviendha también lloraba.
—Lo siento —susurró fervientemente Elayne—. Lo siento mucho, Aviendha.
—Perdóname —contestó en otro susurro la Aiel—. Perdóname.
Monaelle se había puesto de pie y estaba junto a ellas ahora.
—Sentiréis cólera contra la otra en más ocasiones, os diréis palabras muy duras, pero siempre recordaréis que ya os habéis abofeteado. Y sin más motivo que os dijeran que lo hicieseis. Lo pasado, pasado. Perdonad esos golpes por todos los que podríais desear dar. Tenéis toh la una con la otra, un toh que no podéis saldar ni intentaréis saldarlo, porque cualquier mujer siempre está en deuda con su hermana primera. Volveréis a nacer.
La percepción del saidar en el cuarto estaba cambiando, pero Elayne no habría tenido ocasión de ver cómo ni aun en el caso de que se le hubiese ocurrido la idea. La luz menguó como si se hubiesen apagado las lámparas. La sensación del abrazo de Aviendha menguó. El sonido menguó. Lo último que oyó fue la voz de Monaelle.