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Lo de la mantequilla es un truco que aprendí en el Centro Raquel y Leah. Le llamábamos el Centro Rojo, porque casi todo era rojo. Mi antecesora en esta habitación, mi amiga la de las pecas y la risa contagiosa, también debe de haber hecho esto con la mantequilla. Todas lo hacemos.

Mientras lo hagamos, mientras nos untemos la piel con mantequilla para mantenerla tersa, podremos creer que algún día nos liberaremos de esto, que volveremos a ser tocadas con amor o deseo. Tenemos nuestras ceremonias privadas.

La mantequilla es grasienta, se pondrá rancia y yo oleré a queso pasado; pero al menos es orgánica, como solían decir.

Hemos llegado al punto de tener que recurrir a estas estratagemas.

Una vez enmantequillada, me tiendo en mi cama individual, aplastada como una tostada. No puedo dormir. Envuelta en la semipenumbra, fijo la vista en el ojo de yeso del cielo raso, que también me mira pero que no puede yerme. No corre ni la más leve brisa, las cortinas blancas son como vendas de gasa que cuelgan flojas, brillando bajo el aura que proyecta el reflector que ilumina la casa durante la noche, ¿o es la luna?

Aparto la sábana y me levanto cautelosamente; voy hasta la ventana, descalza para no hacer ruido, igual que un nulo; quiero mirar. El cielo está claro, aunque el brillo de los reflectores no permite verlo bien; pero en él flota la luna, una luna anhelante, el fragmento de una antigua roca, una diosa, un destello. La luna es una piedra y el cielo está lleno de armas mortales, pero de todos modos es hermoso.

Me muero por tener a Luke a mi lado. Deseo que alguien me abrace y pronuncie mi nombre. Quiero ser valorada de un modo en que ahora nadie lo hace, quiero ser algo más que valiosa. Repito mi antiguo nombre, me recuerdo a mí misma lo que hacía antes, y cómo me veían los demás.

Quiero robar algo.

La lamparilla del vestíbulo está encendida y en la amplia estancia brilla una suave luz rosada. Camino por la alfombra apoyando cuidadosamente un pie, luego el otro, intentando no hacer ruido, como si me internara en un bosque a hurtadillas y el corazón me late aceleradamente mientras avanzo en la oscuridad de la casa. No debo estar aquí, esto es totalmente ilegal.

Paso junto al ojo de pescado de la pared del vestíbulo y veo mi figura blanca, el pelo que cae por mi espalda como una cascada, mis ojos brillantes. Me gusta. Hago algo por mi cuenta. En tiempo presente. Estoy presente. Lo que me gustaría robar es un cuchillo de la cocina, pero no estoy preparada para eso.

Llego a la sala de estar; la puerta está entornada, entro y vuelvo a dejarla un poco abierta. La madera cruje, y me pregunto si alguien lo habrá oído. Me detengo y espero a que mis pupilas se dilaten, como las de un gato o un búho. Huelo a perfume viejo y a trapos. Por las rendijas de las cortinas entra el leve resplandor de los reflectores de afuera, donde seguramente dos hombres hacen la ronda, desde arriba, desde detrás de las cortinas, he visto sus figuras recortadas, oscuras. Ahora logro ver los contornos de los objetos como leves destellos: el espejo, los pies de las lámparas, las vasijas, el sofá que se perfila como una nube en el crepúsculo.

¿Qué podría coger? Algo que nadie eche en falta. Una flor mágica de un bosque envuelto en la oscuridad. Un narciso marchito, no del ramo de flores secas. Tendrán que tirar estos narcisos muy pronto, porque empiezan a oler, igual que el humo de Serena y la peste de su tejido.

Avanzo a tientas, encuentro la punta de una mesa y la toco. Se oye un tintineo, debo de haber golpeado algo. Encuentro los narcisos, que tienen los bordes secos y crujientes y los tallos blandos, y corto uno con los dedos. Lo dejaré secar en algún sitio. Debajo del colchón. Lo dejaré allí para que lo encuentre la mujer que venga después.

En la habitación hay alguien más.

Oigo los pasos, tan sigilosos como los míos, y el crujido de la madera. La puerta se cierra a mis espaldas con un leve chasquido, impidiendo el paso de la luz. Me quedo petrificada. Fue un error venir hasta aquí vestida de blanco: soy como la nieve a la luz de la luna, incluso en la oscuridad.

Por fin oigo un susurro:

– No grites. Todo está bien.

Como si yo fuera a gritar; como si todo estuviera bien. Me vuelvo: todo lo que veo es una silueta y el reflejo apagado de una mejilla pálida.

Da un paso en dirección a mí. Es Nick.

– ¿Qué haces aquí?

No respondo. Él tampoco puede estar aquí, conmigo, así que no me entregará. Ni yo a él; de momento, estamos igualados. Me pone la mano en el brazo y me atrae hacia él, su boca contra la mía, ¿qué más podría ocurrir? Sin pronunciar una sola palabra. Los dos sacudiéndonos en la sala de Serena, con las flores secas, sobre la alfombrilla china, su cuerpo delgado tocando el mío. Un hombre totalmente desconocido. Sería lo mismo que gritar, como dispararle a alguien. Deslizo la mano hacia abajo, podría desabotonarlo, y entonces… Pero es demasiado peligroso, él lo sabe, y nos separamos un poco. Demasiada confianza, demasiado riesgo, demasiada precipitación.

– Venía a buscarte -me dice, casi me susurra al oído. Me gustaría estirarme y probar su piel; él despierta mis deseos. Sus dedos recorren mi brazo por debajo de la manga del camisón, como si su mano no atendiera a razones. Es tan agradable ser tocada por alguien, sentirte deseada, desear. Tú lo comprenderías, Luke, eres tú el que está aquí, en el cuerpo de otro.

Mierda.

– ¿Por qué? -pregunto. ¿Tan terrible es para él que corre el riesgo de venir a mi habitación durante la noche? Pienso en los ahorcados, los que están colgados en el Muro. Apenas puedo soportarlo. Tengo que irme, subir corriendo la escalera antes de desintegrarme por completo, Ahora me pone la mano en el hombro, una mano que me oprime, pesada como el plomo. ¿Moriría por esto? Soy una cobarde, mi soporto la idea del dolor.

– Él me lo dijo -me explica Nick-. Quiere verte, en su despacho.

– ¿Qué quieres decir? -le digo. Debe de referirse al Comandante ¿Verme? ¿Qué quiere decir verme? ¿No ha tenido bastante?

– Mañana -agrega Nick en tono casi inaudible.

En la oscuridad de la sala, nos apartamos, lentamente, como si una corriente oculta nos uniera y al mismo tiempo nos separara con igual fuerza.

Encuentro la puerta; hago girar el pomo sintiendo el frío de la porcelana en los dedos, y abro. Es todo lo que puedo hacer.

VII LA NOCHE

CAPÍTULO 18

Aún temblando, me tiendo en la cama. Si humedeces el borde de un vaso y pasas un dedo alrededor de aquél, se produce un sonido. Así es como me siento: como ese sonido. Me siento hecha añicos. Quiero estar con alguien.

Tendida en la cama con Luke, su mano sobre mi vientre redondeado. Los tres estamos en la cama, ella pateando y moviéndose en mi interior. Afuera se ha desencadenado una tormenta, por eso ella está despierta, ellos pueden oír, duermen, pueden asustarse incluso en el sosiego de ese interior, como olas que lamieran la orilla que los circunda. Un relámpago bastante cercano hace que los ojos de Luke se vuelvan blancos durante un instante.

No estoy asustada. Estamos completamente despiertos, ahora la lluvia golpea, lo haremos lentamente y con cuidado.

Si pensara que esto jamás volverá a ocurrir, me moriría.

Pero es falso, nadie muere por falta de sexo. Es por falta de amor por lo que morimos. Aquí no hay nadie a quien yo pueda amar, toda la gente a la que yo amo está muerta, o en otra parte. ¿Quién sabe dónde estarán o cuáles serán ahora sus nombres? También podrían no estar en ninguna parte, como debo estarlo yo según ellos. Yo también soy una persona desaparecida.

De vez en cuando vislumbro sus rostros en medio de la oscuridad, parpadeando como imágenes de santos en antiguas catedrales extranjeras, a la luz de las velas vacilantes; unas velas encendidas para rezar de rodillas, con la frente contra la barandilla de madera, esperando una respuesta. Puedo conjurarlos, pero sólo son espejismos, no perduran. ¿Puedo ser censurada por desear un cuerpo verdadero para rodearlo con mis brazos? Sin él también yo soy incorpórea. Puedo oír mis propios latidos contra los muelles del colchón, acariciarme bajo las secas sábanas blancas, en la oscuridad, pero yo también estoy seca, blanca, pétrea, granulosa; es como si deslizara la mano sobre un plato de arroz; como la nieve. En esto hay cierta dosis de muerte, de abandono. Soy como una habitación en la que una vez ocurrieron cosas pero en la que ya no sucede nada, salvo el polen de las hierbas que crecen al otro lado de la ventana, que se esparce por el suelo como el polvo.

Esto es lo que creo.

Creo que Luke está tendido boca abajo en un matorral, una maraña de helechos, las ramas del año anterior debajo de las verdes apenas desarrolladas, tal vez de cicuta, aunque es demasiado pronto para las bayas. Lo que queda de éclass="underline" su pelo, sus huesos, la camisa escocesa de lana de color verde y negro, el cinturón de cuero, las botas. Sé exactamente lo que llevaba puesto. Veo sus ropas mentalmente, brillantes como una litografía o un anuncio a todo color de una revista antigua, pero no me imagino su rostro, no tan claramente. Éste empieza a desvanecerse, probablemente porque nunca era el mismo: su rostro tenía diferentes expresiones, y sus ropas no.

Ruego que el agujero, o los dos o tres -porque hubo más de un disparo- estuvieran muy juntos, ruego que al menos un agujero se haya abierto limpia, rápidamente, atravesando el cráneo hasta el lugar donde se forman las imágenes, para que se haya producido un único destello de oscuridad o dolor, espero que blando, como un ruido sordo, sólo uno y luego el silencio.