– Sin duda estará cansado…, por su dolor y por el viaje. -Pio sonrió con amabilidad-. Y por un interrogatorio que no se esperaba. Necesario, desde nuestro punto de vista, pero no muy hospitalario. Me gustaría explicarle qué ha ocurrido y qué está ocurriendo… Sólo nosotros dos, señor Addison…, en un lugar tranquilo en la esquina. ¿Le gusta la comida china?
Harry no apartó la mirada. El poli bueno y el poli malo, justo como en Estados Unidos. Y en ese momento Pio era el bueno, el amigo que estaba de su lado. Ésta era la razón por la que Roscani había dirigido el interrogatorio. No obstante, resultaba evidente que todavía no habían terminado con él y que ésta era su manera de continuar investigándolo. En conclusión, no tenía alternativa.
– Sí -respondió al fin-. Me gusta la comida china.
SEIS
Harry aún recordaba la tarjeta, el árbol decorado en el patio, las caras sonrientes, todos con gorros de Papá Noel. Guardaba una copia en algún lugar de casa, en un cajón; sus colores antes brillantes palidecían poco a poco adquiriendo tonos pastel. Fue la última vez que estuvieron todos juntos. Sus padres tenían treinta y tantos años de edad. Él contaba once, Danny, ocho y Madeline, casi seis. Los cumplió el primero de enero y murió dos semanas después.
Era una tarde de domingo, luminosa, despejada y muy fría. Danny, Madeline y él jugaban en un estanque congelado cerca de su casa. Unos chicos mayores jugaban a hockey a escasa distancia. Un grupo patinó en dirección a ellos, detrás del disco.
Harry aún oía el agudo crujido del hielo. Sonaba como el disparo de una pistola. Vio que los jugadores de hockey se detenían de golpe. Y, luego, el hielo se rompió bajo los pies de Madeline. No emitió sonido alguno; sencillamente se hundió. Harry gritó a Danny que corriera en busca de auxilio, se quitó el abrigo y se lanzó al agua detrás de ella, pero no vio más que una negrura helada.
Ya casi había oscurecido y el cielo detrás de los árboles desnudos era una veta roja cuando los buceadores del cuerpo de bomberos la sacaron a la superficie.
Harry, Danny y sus padres esperaron junto a un sacerdote en la nieve mientras los bomberos cruzaban la placa de hielo.
El jefe de la cuadrilla, un hombre alto con bigote, había recibido el cuerpo de manos de los buceadores, lo había envuelto en una manta, y en ese momento lo sostenía en sus brazos a la cabeza del grupo.
A lo largo de la orilla, a una distancia prudencial, los jugadores de hockey, sus padres y hermanos, los vecinos y los extraños observaban en silencio.
Harry empezó a avanzar, pero su padre lo sujetó con firmeza por los hombros y lo detuvo. Cuando llegó a la orilla, el jefe de los bomberos se paró y el cura dio la extremaunción sobre la manta, sin abrirla. Cuando hubo terminado, el jefe de los bomberos, seguido por los buceadores, que aún llevaban puestas las botellas de oxígeno y los trajes isotérmicos, se dirigieron hacia una ambulancia blanca que los aguardaba. Subieron a Madeline, y el vehículo se puso en marcha internándose en la oscuridad.
Harry siguió con la mirada los puntos rojos de las luces traseras hasta que desaparecieron. Después se volvió. Danny estaba allí, a sus ocho años de edad, temblando de frío, con la vista clavada en él.
– Madeline está muerta -dijo, como si intentara entenderlo.
– Sí… -susurró Harry.
Era el domingo 15 de enero de 1973. Estaban en Bath, Maine.
Pio tenía razón: Yu Yuan, el restaurante chino de Via delle Quattro Fontane, al final de la calle, era un lugar tranquilo. Al menos lo era donde él y Harry se habían sentado, a una mesa lacada, apartada de la puerta de entrada de linternas rojas y de la aglomeración de clientes del mediodía, con una tetera y una botella grande de agua mineral entre ambos.
– ¿Sabe qué es el Semtex, señor Addison?
– Un explosivo.
– Ciclotrimetileno, tetronitrato de pentaeritritol y plástico. Después de estallar deja un residuo de nitrato característico junto con partículas de plástico. También despedaza el metal en trocitos pequeños. Fue la sustancia con la que volaron el autocar de Asís. Los expertos lo han confirmado esta misma mañana, y se anunciará públicamente esta tarde.
La información que Pio estaba dándole era clasificada y Harry lo sabía. Era parte de lo que aquél le había prometido. Sin embargo, poco o nada le decía acerca de sus motivos para sospechar de Danny. Pio se limitaba a hacer lo mismo que Roscani; proporcionarle los datos estrictamente necesarios para continuar la conversación.
– Saben qué ocurrió. ¿Saben quién lo hizo?
– No.
– ¿Era mi hermano el objetivo?
– No lo sabemos. Sólo estamos seguros de que ahora traemos entre manos dos investigaciones distintas: la del asesinato de un cardenal y el atentado contra un autobús.
Un anciano camarero oriental se acercó a la mesa mirando a Harry e intercambió un par de bromas en italiano con Pio. Éste pidió los platos de memoria y el camarero dio una palmada, hizo una rápida reverencia y se marchó. El policía se volvió hacia Harry.
– Hay, o más bien había, cinco cardenales del Vaticano que servían como asesores de confianza del Papa. El cardenal Parma era uno de ellos. El cardenal Marsciano es otro… -Pio llenó su vaso con agua mineral, esperando de Harry una reacción que no se produjo-. ¿Sabía que su hermano era el secretario personal del cardenal Marsciano?
– No…
– Este puesto le daba acceso directo a los asuntos internos de la Santa Sede, entre ellos, el itinerario del Papa; sus compromisos: dónde, cuándo, por cuánto tiempo; por qué puertas entraba y salía de los edificios; las medidas de seguridad: guardias suizos o policía o ambos, cuántos agentes… ¿El padre Daniel nunca mencionó estas cosas…?
– Ya le he dicho que no estábamos muy unidos.
Pio lo estudió.
– ¿Por qué?
Harry no respondió.
– Hacía ocho años que no hablaba con su hermano. ¿Por qué razón?
– No tiene sentido tocar el tema.
– Es una pregunta sencilla.
– Se lo he dicho: algunas cosas se complican a lo largo del tiempo. Viejos asuntos. Problemas de familia. Es un asunto aburrido y que nada tiene que ver con asesinatos.
Por unos momentos Pio permaneció inmóvil, luego tomó su vaso y bebió un sorbo de agua mineral.
– ¿Es ésta su primera visita a Roma, señor Addison?
– Sí.
– ¿Por qué ahora?
– He venido para llevarme su cuerpo a casa… No hay otro motivo. Ya se lo he dicho.
Harry sintió que Pio empezaba a presionar como Roscani lo había hecho con anterioridad, en busca de algo definitivo: una contradicción, un desvío de la mirada, un instante de vacilación; cualquier cosa que sugiriese que se guardaba algo o mentía de manera descarada.
– Ispettore capo!
El camarero llegó sonriendo, como antes, e hizo sitio en la mesa para cuatro bandejas humeantes, parloteando en italiano.
Harry esperó a que terminara y, cuando se hubo marchado, miró a Pio a los ojos.
– Estoy diciéndole la verdad. Desde el principio… ¿Por qué no cumple con su promesa y me cuenta lo que hasta ahora no me ha contado, las razones por las que piensa que mi hermano estaba involucrado en el asesinato del cardenal?
Pio indicó con un gesto a Harry que se sirviera. Éste sacudió la cabeza.
– Muy bien. -Pio extrajo una hoja doblada de su chaqueta y se la entregó a Harry-. La policía de Madrid la encontró cuando registraba el piso de Valera. Léala con atención.
Harry extendió la hoja. Era una fotocopia ampliada de lo que parecía ser una página arrancada de una agenda telefónica. Los nombres y las direcciones estaban escritos a mano en español, con los correspondientes números telefónicos a la derecha. Casi todos parecían ser de Madrid. En la parte inferior de la hoja había un número suelto, y a la derecha la letra R.