Solo en la oscuridad, procuró no pensar en el padre Danieclass="underline" las acusaciones de la policía, las pruebas descubiertas, la voladura del autocar… Todas esas circunstancias pertenecían al pasado, y no quería obsesionarse con ellas, si bien sabía que tarde o temprano tendría que afrontarlas en persona, pues estaban en juego su futuro y el de la Iglesia.
Echó un vistazo a su reloj, cuyos números digitales brillaban con un verde transparente en la oscuridad.
El teléfono portátil Motorola que descansaba sobre la mesita junto a él permanecía en silencio. Marsciano tamborileó sobre el estrecho brazo de su asiento y luego se pasó los dedos por sus grises cabellos; por último, se inclinó hacia delante y escanció lo que quedaba de la botella de Sassicaia en su vaso. Muy seco, con mucho cuerpo, el magnífico vino tinto era poco conocido fuera de Italia. Poco conocido porque los propios italianos lo mantenían en secreto. Italia estaba llena de secretos. Y cuanto más viejo se hacía uno, mayor parecía el número de secretos y su peligrosidad, sobre todo si se ocupaba un puesto de poder e influencia, como él, a la edad de sesenta años.
El teléfono permanecía en silencio, y Marsciano empezó a temer que algo hubiese salido mal. Sin embargo, debía desechar estas ideas mientras no estuviese seguro.
Bebió un sorbo de vino y desplazó la mirada del teléfono al maletín que se hallaba al lado, sobre la cama. En su interior, guardada en un sobre bajo sus papeles y objetos personales, había una pesadilla: una cinta que le habían hecho llegar a Ginebra el domingo por la tarde, durante la comida. Venía en un paquete con el sello de URGENTE y lo habían enviado por mensajero sin señas del remitente. Sin embargo, en cuanto la escuchó supo de dónde procedía y por qué.
Como presidente de la Administración del Patrimonio de la Santa Sede, el cardenal Marsciano era el hombre a quien correspondían las decisiones financieras fundamentales sobre las millonarias inversiones del Vaticano. Y, como tal, era uno de los pocos que conocía el valor exacto de los bienes de la Santa Sede y cómo estaban invertidos. Era un puesto de gran responsabilidad y, por su propia naturaleza, se prestaba a esos vicios a los que se muestran tan proclives los hombres que ocupan un cargo importante: la corrupción de la mente y el espíritu. Los hombres que caían en semejantes tentaciones por lo general eran avariciosos o arrogantes o ambas cosas. Marsciano no era ni lo uno ni lo otro. La causa de sus sufrimientos era una cruel mezcla de lealtad profunda a la Iglesia, confianza ciega y amor al prójimo, agravada, si cabe, por su posición influyente en el Vaticano.
La cinta -a la luz del asesinato del cardenal Parma y del momento en que se la habían enviado- sólo lo hundiría aún más en la oscuridad. Más que amenazar su seguridad personal, la mera existencia de aquella grabación planteaba otros interrogantes de mayor alcance: ¿Qué más se sabía? ¿En quién podía confiar?
El único sonido que percibía era el de las ruedas en los raíles a medida que el tren se aproximaba a Roma. ¿Por qué no lo llamaban? ¿Qué había ocurrido? Algo había salido mal, ahora estaba seguro.
De pronto sonó el teléfono.
Sorprendido, Marsciano permaneció quieto. Sonó de nuevo. Una vez se hubo recuperado, tomó el móvil.
– Sí -su voz era queda, temerosa. Asintiendo con un leve movimiento de cabeza, escuchó lo que le decían-. Grazie -susurró al fin, y colgó.
OCHO
Jacov Farel era suizo.
También era el jefe del Ufficio Céntrale di Vigilanza, el hombre que tenía a su cargo la policía del Vaticano desde hacía más de veinte años. Había llamado a Harry a las siete y cinco despertándolo de un sueño profundo, y le había dicho que debían hablar cuanto antes.
Harry había accedido a encontrarse con él y, cuarenta minutos más tarde, atravesaba Roma en un coche conducido por uno de los hombres de Farel. Cruzaron el Tíber y avanzaron en paralelo al río unas cuantas calles, luego torcieron por la Via della Conciliazione, con su columnata y la inconfundible cúpula de San Pedro en la distancia. Harry estaba convencido de que era allí adonde lo llevaban: al despacho de Farel, en algún lugar del interior del Vaticano. Luego, de pronto, el conductor dobló a la derecha, pasando por el arco de una muralla antigua, y se internó en un barrio de callejuelas y viejos edificios. Dos calles más allá, tomó una curva cerrada y se detuvo frente a una pequeña trattoria, en Borgo Vittorio. Tras salir del coche, el conductor abrió la puerta a Harry y lo escoltó al interior del restaurante.
Al entrar se encontraron con un hombre de traje negro de pie ante la barra. Les daba la espalda, y su mano derecha descansaba junto a una taza de café. Medía casi un metro ochenta, era de complexión fuerte, y se había afeitado al cero el poco pelo que debía de quedarle, de forma que la coronilla le brillaba como si la hubiesen pulido.
– Gracias por venir, señor Addison.
El inglés de Jacov Farel estaba teñido por un acento francés. Su voz era ronca, como si hubiera fumado un pitillo tras otro durante años. Con lentitud, separó la mano de la taza de café y se volvió. Hasta entonces, Harry no había advertido el poder que traslucía su aspecto: la cabeza afeitada, el rostro amplio con la nariz achatada, el cuello grueso como el muslo de un hombre, el ancho pecho ceñido por una camisa blanca. Sus manos, grandes y fuertes, daban la impresión de haber pasado la mayor parte de sus cincuenta y pico años manejando una taladradora. Y también estaban los ojos: hundidos, verdes grisáceos, implacables… De repente buscaron los del conductor. Sin decir una palabra, éste dio un paso atrás y se marchó, cerrando la puerta tras de sí. Farel dirigió la mirada a Harry.
– Mis responsabilidades son distintas de las de la policía italiana. El Vaticano es un Estado, un país dentro de Italia. Por consiguiente, soy responsable de la seguridad de una nación.
Harry miró en torno a sí de forma instintiva. Estaban solos. No había camareros, ni clientes. Sólo Farel y él.
– Cuando asesinaron al cardenal Parma, su sangre me salpicó la camisa y la cara. También salpicó al Papa, manchándole la vestimenta.
– Estoy aquí para ayudar en lo que pueda.
Farel lo estudió con atención.
– Sé que habló con la policía. Sé lo que les dijo, y las transcripciones. Leí el informe que redactó el inspector jefe Pio después de entrevistarse con usted en privado… Lo que me interesa es lo que usted no les dijo.
– ¿Lo que no les dije?
– O lo que no le preguntaron. O lo que usted no mencionó cuando se lo preguntaron, a propósito o porque no lo recordaba o, tal vez, porque no le pareció importante.
La presencia de Farel parecía llenar la habitación. Harry tenía las manos húmedas y le sudaba la nuca. Volvió a echar un vistazo alrededor. Continuaban solos. Eran más de las ocho de la mañana. ¿A qué hora comenzaba a trabajar el personal? ¿A qué hora empezaba a entrar la gente a tomar el desayuno o un café? ¿Acaso habían abierto exclusivamente para Farel?
– Parece sentirse incómodo, señor Addison…
– Tal vez porque estoy cansado de hablar con la policía pese a no haber hecho nada, y ustedes siguen actuando como si fuera culpable de algo… He venido a verlo de buen grado porque creo que mi hermano es inocente, para mostrarle que estoy dispuesto a colaborar en lo que me sea posible.
– Esa no es la única razón, señor Addison…
– ¿Qué quiere decir?