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Madre e hija planearon estos excelentes arreglos, pero cuando Marjorie habló con Livy se sorprendió ante su falta de entusiasmo.

Si no te importa prefiero dejártelo a ti -se excusó-. No está en mi carácter andar con ceremonias. El muchacho puede hablar contigo.

– No tienes por qué estar nervioso -le recordó Marjorie-. Por Dios, Paul tendría que estar nervioso, pero tú no.

– De veras, Marjorie, lo único que quiero es quedarme en el camarote a leer un libro.

– Ésa es una actitud terrible, Livy. Barbara es nuestra hija. El día que nos casamos estuviste de acuerdo en tratarla como si fuera tuya. Ahora ha tomado la decisión más importante de su vida y prefieres ignorarlo. ¿Cómo puedo decírselo? Ponte tu traje, y una corbata y pensemos un poco en esos jóvenes en lugar de vivir exclusivamente pensando en nosotros mismos.

Livy sabía que era mejor no discutir. Cerró su libro y empezó a cambiarse. Acababa de ponerse el traje oscuro cuando alguien golpeó la puerta.

– ¿Estás presentable? -preguntó Marjorie mientras iba a abrir.

– Ésa es una cuestión de opiniones -gruñó Livy-. No me interesa estar presentable.

Marjorie abrió la puerta.

– Oh, disculpe. Estaba esperando a otra persona. Livy, es el inspector Dew.

– ¿No molesto? -preguntó Walter.

– Para nada -replicó Livy, adelantándose-. Íbamos a encontrarnos con alguien, pero podemos concederle unos minutos. Entre.

– No tiene muy buen aspecto, inspector -comentó Marjorie-. Nos enteramos de lo del disparo de anoche. Qué cosa tan terrible. ¿Dónde lo hirieron?

– En el hombro, señora.

– ¿En qué podemos servirle? -preguntó Livy.

– Espero que puedan ayudarme. Es acerca del muchacho que estaba anoche en su mesa.

– ¿Paul? -preguntó Marjorie-, ¿pasa algo?

– No sé. Eso es lo que espero que me digan.

– ¿Qué quiere decir? No le ha pasado nada, ¿no? Mi marido tiene que encontrarse con él dentro de pocos minutos. Paul quiere preguntarnos por nuestra hija…

– Livy la interrumpió.

– Querida, ¿por qué no escuchamos lo que tiene que decirnos el inspector?

Walter carraspeó.

– Es algo confidencial, muy confidencial. ¿Cuánto tiempo hace que conocen al señor Westerfield?

– Lo conocimos en París hace dos semanas -respondió Livy-. Barbara lo conoce mucho mejor. Fueron juntos al colegio.

– El camarote de Barbara está al final del corredor -musitó Marjorie.

– Ya lo sabe, querida.

– Por supuesto.

– Lo que quiero preguntarles -continuó Walter- es si no han notado nada raro en su comportamiento.

– ¿Qué quiere decir con… raro?

– Extraño, peculiar, errático.

– ¿Cree que pueda estar loco?

– ¡Dios mío! -exclamó Marjorie-. ¡Está a punto de comprometerse con mi hija!

– ¿Ah, sí? -Walter se sorprendió-. Entonces debo de estar equivocado. Les pido disculpas -se alejó hacia la puerta.

– Un minuto -pidió Livy-. Si hay algo en contra de este muchacho queremos saberlo.

– Claro que sí -apoyó Marjorie.

– No creo que suceda nada extraño -trató de asegurarles Walter-. Es más, pueden librarlo de toda sospecha si saben dónde estaba anoche después del desfile de disfraces.

– Estaba en el desfile -aclaró Marjorie-. ¿No se acuerda? Paul y Barbara estaban disfrazados de peregrinos.

– Tesoro, ha dicho después del desfile.

– ¿Después? Bueno, fue cuando los dos se fueron por su cuenta y él se le declaró.

– Sólo tenemos la palabra de Barbara -reflexionó Livy.

– ¡Oh, no!

– ¿Qué otra cosa tiene contra el chico? -le preguntó Livy a Walter.

– Nada definido. Puede haber sido una mera coincidencia que estuviera jugando a las cartas con esa señora la noche que la asesinaron.

– También estaba jugando mi hija Barbara -hipó Marjorie al borde de las lágrimas-, ¿No cree que tenga nada que ver con eso?

– Tranquila, querida -exclamó Livy-. Escuche, inspector, yo estaba en el salón de fumar el sábado por la noche. Hablé con Paul. Estaba esperando que le sirvieran un café para llevárselo a esa señora y Barbara estaba en la mesa mostrándose muy amable con ella. ¿Es ése el comportamiento de dos jóvenes que planean un crimen como ése? Creo que usted está cometiendo un error. Sin querer ofenderlo, por supuesto -puso una mano tranquilizadora en el hombro de Walter.

Walter lanzó un quejido.

– Diablos, lo había olvidado -se excusó Livy, sacando la mano-. Lo siento, inspector. ¿Quiere sentarse?

– No, está bien así. Ya me iba.

Marjorie atravesó el cuarto con el rostro temblando de emoción.

– No puede irse así. Todavía no nos ha dicho por qué cree que Paul es raro.

– Olvídalo, Marjorie -exclamó Livy.

– ¿Cómo puedo olvidarlo cuando estoy a punto de dar en matrimonio a mi única hija a un loco? -sollozó Marjorie.

– ¿Ahora me culpas a mí? -chilló Livy con la voz aguda por la incredulidad.

– No te importa nada de Barbara -declaró Marjorie mientras su ansiedad se convertía en furia-. Ni siquiera te importo, yo. Eres un egoísta, Livy Cordell y tendría que haberlo visto hace años. Todo lo que haces es hablar de los viejos tiempos y hacer chistes estúpidos a costa mía. Bien, ya he tenido suficiente de ti.

– ¿Te parece que yo soy feliz? -repuso Livy.

– Tengo que irme -tartamudeó Walter.

– No, no se irá -aseguró Marjorie agarrándolo del brazo sano-. Quiero saber la verdad, inspector. He estado cuatro años casada con un sinvergüenza y no pienso dejar que mi hija cometa el mismo error.

– ¿Me has llamado sinvergüenza? -preguntó Livy.

– ¿Preferirías que te llamara delincuente de pacotilla que no duda en embaucar a una mujer inocente para vivir el resto de su vida de su fortuna personal?

– Si eso es lo que piensas de nuestro matrimonio, puedes olvidarlo.

– Lo haré… no te preocupes por eso -farfulló Marjorie. Le había hecho bien decir esas cosas. Había triunfado sobre su desesperación. Se volvió hacia Walter y estuvo a punto de introducirle el dedo en el ojo-. Y ahora usted. Quiero saber la verdad, inspector. ¿Qué evidencia tiene de que Paul Westerfield está loco?

– Ninguna -respondió Walter, dirigiéndose otra vez hacia la puerta-. Era sólo una sospecha. Quería probarla en alguien que conociera al muchacho.

– ¿Qué dice?

– Será mejor que se vaya, inspector -pidió Livy. Abrió la puerta y lo empujó fuera.

Cuando estuvo cerrada, Marjorie encontró las palabras que le habían faltado un momento antes.

– ¿Oíste eso? Sólo era una sospecha. Paul no tiene nada malo. ¿Es lo que dijo?

– Algo así -reconoció Livy.

– ¿Por qué no lo dijo en primer lugar? ¿Qué clase de gente cree que somos?

– Después de lo que dijiste, no necesita creer nada. Ya lo sabe -replicó Livy con tono ácido.

– Tesoro, no quise decir lo que dije. -La voz de Marjorie sonó compungida, los ojos llenos de lágrimas-. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo he podido ser tan hiriente? -abrió los brazos para abrazar a Livy, pero él se mantuvo firme.

– Lávate la cara. Eres un desastre.

– ¿Estás enojado conmigo? Yo no te culpo, Livy.

– Voy a encontrarme con ese muchacho.

– Que Dios nos ayude, sí. Te estará esperando en el salón. ¿No le vas a contar nada?

– Yo no abro la boca de más como algunos que conozco.

Marjorie lloriqueó.

– Creo que me lo merezco. Livy, ¿cómo podemos tomar champagne con esos dos enamorados después de lo que ha pasado? Va a ser horrible. Nos van a mirar pensado que en algunos años se convertirán en esto. ¿No quieres que nos besemos y hagamos las paces antes de reunimos con ellos?