— ¿Quién eres? — preguntó Rupert.
Esta vez las letras se sucedieron sin titubeos. El disco se movió a través de la mesa, como un ser consciente, y con tanta rapidez que George encontraba difícil mantener el contacto. Podía jurar que no contribuía al movimiento. Miró rápidamente a los demás, pero no pudo ver nada sospechoso en sus caras. Parecían tan atentos y expectantes como él.
— Todos — respondió el disco, y volvió a su lugar de descanso.
— Todos — repitió Rupert —. Una respuesta típica. Evasiva, pero estimulante. Significa, quizá, que no hay nadie aquí, salvo una combinación de nuestras mentes. - Calló un momento mientras elegía la próxima pregunta. Luego dijo, dirigiéndose al aire: — ¿Tienes un mensaje para alguno de nosotros?
— No — replicó el disco con rapidez.
Rupert miró alrededor de la mesa.
— Deja el asunto en nuestras manos. A veces habla voluntariamente, pero esta noche tendremos que hacerle preguntas definidas. ¿Alguien quiere comenzar?
— ¿Lloverá mañana? — dijo George en broma.
El disco comenzó a oscilar en la línea del SÍ — NO.
— Es una pregunta tonta — protestó Rupert —. Es posible que llueva en alguna parte, y que no llueva en alguna otra. No hagan preguntas cuyas respuestas puedan ser ambiguas.
George se sintió apropiadamente aplastado. Decidió esperar a que algún otro hiciese la pregunta siguiente.
— ¿Cuál es mi color favorito? — preguntó Maia.
— Azul — fue la respuesta.
— Es exacto.
— Pero eso no prueba nada. Tres de los presentes, por lo menos, ya lo sabían.
— ¿Cuál es el color favorito de Ruth? — preguntó Benny.
— Rojo.
— ¿Es cierto eso, Ruth?
La mujer alzó la vista de su anotador.
— Sí, así es. Pero Benny lo sabe, y está en la mesa.
— Yo no lo sabía — replicó Benny.
— Lo sabías muy bien. Te lo he dicho un millón de veces.
— Recuerdo subconsciente — murmuró Rupert —. Ocurre a menudo. ¿Pero no pueden hacer preguntas más inteligentes, por favor? Todo ha comenzado tan bien, que no quiero que perdamos esta mina.
Curiosamente, la misma trivialidad del fenómeno comenzaba a interesar a George. No se trataba de nada supranormal, era indudable. Como decía Rupert, el disco estaba respondiendo a los movimientos musculares inconscientes. Pero este hecho mismo era asombroso. George nunca hubiese creído que fuera posible obtener respuestas tan rápidas y precisas. En una ocasión trató de influir en el disco para que éste deletreara su nombre. Obtuvo la «G», pero eso fue todo; el texto no tenía sentido. Era virtualmente imposible, decidió, que una persona gobernara la mesa sin la colaboración de los demás.
Al cabo de media hora, Ruth había anotado más de una docena de mensajes, algunos bastante largos. Había ocasionales faltas de ortografía, y rarezas de sintaxis, pero pocas. Cualquiera que fuese la explicación, George — estaba seguro — no contribuía conscientemente a obtener esos resultados. Algunas veces, cuando el disco comenzaba a deletrear una palabra, creía adivinar las letras subsiguientes, y de ahí el significado total del mensaje. Y todos las veces el disco había cambiado de dirección y había deletreado algo totalmente distinto. Muy a menudo — pues no había pausa ninguna que indicase el fin de una palabra y el comienzo de otra — el mensaje parecía ininteligible hasta que Ruth lo leía en voz alta.
La experiencia, en su conjunto, le daba a George la impresión de encontrarse ante una mente independiente y dotada de voluntad. Y sin embargo no había ninguna prueba definitiva. Las réplicas eran tan ambiguas, tan triviales… Qué podía significar esto por ejemplo:
CREEDHOMBRESLANATURALEZAOSACOMPAÑA
Aunque a veces se sucedían profundas y hasta perturbadoras verdades:
RECORDADQUEELHOMBRENOESTASOLONOLEJOSHAYOTRAPATRIA
Pero naturalmente todos lo sabían. Aunque ¿quién podía asegurar que el mensaje se refiriese a los superseñores?
George estaba sintiéndose cansado. Era hora, pensó somnoliento, de que volviesen a casa. Todo esto parecía muy curioso, pero no los llevaba a ninguna parte y ya estaban abusando. Miró alrededor de la mesa. Benny parecía sentirse como él. Maia y Rupert tenían una mirada un poco apagada, y Jean… bueno, se lo tomaba muy en serio. La expresión de Jean lo preocupó. Parecía como si tuviese miedo de terminar, y también como si tuviese miedo de seguir.
Quedaba sólo Jan. George se preguntó qué pensaría de las excentricidades de su cuñado. El joven ingeniero no hacía preguntas, ni mostraba ninguna sorpresa ante las respuestas. Parecía estar estudiando los movimientos del disco como si se tratase de un fenómeno científico.
Rupert salió de su aparente letargo.
— Hagamos otra pregunta — dijo —, después podemos darnos por satisfechos. ¿Qué dices, Jan? No has preguntado nada.
Jan, sorprendentemente, no titubeó, como si tuviese la pregunta ya preparada. Lanzó una mirada hacia la impresionante mole de Rashaverak y luego dijo con una voz clara y tranquila:
— ¿Qué estrella es el sol de los superseñores?
Rupert lanzó un silbido de sorpresa. Maia y Benny no reaccionaron. Jean había cerrado los ojos y parecía dormir. Rashaverak se había inclinado hacia adelante de modo que podía mirar por encima del hombro de Rupert.
Y el disco comenzó a moverse.
Cuando volvió al centro de la mesa, hubo un momento de silencio y al fin Ruth preguntó con una voz perpleja:
— ¿Qué significa NGS 549672?
No obtuvo respuesta, pues en ese momento George dijo ansiosamente:
— Ayúdenme. Me parece que Jean se ha desmayado.
9
— Ese hombre, Boyce — dijo Karellen —. Hábleme de él.
El supervisor no usó, naturalmente, estas mismas palabras, y expresó además unos pensamientos mucho más sutiles. Un hombre hubiese oído una corta explosión de sonidos rápidamente modulados, no muy diferentes de los de un transmisor Morse de alta velocidad. Aunque se habían grabado numerosos ejemplos de ese lenguaje su extrema complejidad había desafiado todos los análisis. Y la velocidad era tal, que nadie hubiese podido, aunque dominase los elementos de esa lengua, sostener una conversación normal con los superseñores.
El supervisor de la Tierra estaba de pie, de espaldas a Rashaverak, mirando a través del abismo multicolor del Gran Cañón. Diez kilómetros más allá, algo velados por la distancia, los pétreos terraplenes reflejaban toda la violencia del sol. Abajo, a centenares de metros del borde rocoso en el que se encontraba Karellen, una rastra de mulas descendía con lentitud hacia las profundidades del valle. Era curioso, pensó Karellen, que los seres humanos aprovechasen aún todas las ocasiones para volver a las costumbres primitivas. Hubiesen podido llegar al fondo del cañón en una fracción de segundo, y con más comodidad. Pero preferían arrastrarse por senderos que parecían muy peligrosos, y que quizá lo eran.
Karellen movió apenas la mano. El gran panorama se desvaneció dejando sólo un sombrío vacío de profundidad indeterminada. La realidad de su empleo y de su posición volvieron a él.
— Rupert Boyce es, en cierto modo, un curioso personaje — respondió Rashaverak — Profesionalmente está a cargo de una importante sección de la reserva africana. Es bastante eficiente, y tiene interés en su trabajo. Como debe vigilar varios kilómetros cuadrados, está usando uno de los quince visores panorámicos que hemos entregado en préstamo; con los resguardos usuales, como es natural. El visor, además, es el único capaz de emitir toda clase de proyecciones. Boyce puede aprovechar muy bien estas facilidades, por eso le hemos permitido emplear el aparato.