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Jean lo miró fijamente y decidió que, en general, lo que estaba viendo le gustaba.

— Hazlo de diez — le dijo.

Jan dejó pasar un tiempo. No había prisa y quería pensarlo. Era, casi, como si temiera llevar adelante aquella investigación y que la fantástica esperanza que le ocupaba ahora la mente se desvaneciese de pronto.

Mientras no estaba seguro, podía soñar al menos.

Además, para hacer sus comprobaciones, tendría que ir a la biblioteca del observatorio. La mujer lo conocía, sabía muy bien cuales eran sus intereses y se sentiría verdaderamente intrigada. Quizá no importaba tanto, pero Jan estaba decidido a que nada quedara librado al azar. Dentro de una semana tendría una oportunidad mucho mejor.

Sus precauciones eran excesivas, lo sabía, pero de este modo la empresa adquiría un sabor de travesura juvenil. Por otra parte Jan temía más el ridículo que cualquier posible amenaza de los superseñores. Si se estaba embarcando en una empresa descabellada, nadie llegaría a saberlo.

Tenía motivos perfectamente justificados para ir a Londres; el viaje estaba preparado desde hacía varias semanas. Aunque demasiado joven, y poco apto para ejercer las funciones de delegado, Jan era uno de los tres estudiantes del grupo que, en nombre de la universidad, asistiría al congreso de la Unión Astronómica Internacional. El congreso coincidía con la temporada de vacaciones y hubiese sido una lástima desperdiciar esa ocasión, pues Jan no visitaba Londres desde la niñez. Sabía que muy pocos de los informes lograrían interesarle, aun en el caso de que pudiese entenderlos.

Como cualquier otro delegado a un congreso científico oiría algunas de las conferencias y se pasaría el resto del tiempo hablando con los colegas más entusiastas o recorriendo la ciudad.

Londres había cambiado enormemente en los últimos cincuenta años. Tenía sólo dos millones de habitantes, y un número cien veces mayor de máquinas. Ya no era un gran puerto, pues todos los países se bastaban ahora a sí mismos y el mundo tenía otra estructura comercial. Algunas regiones disponían de mejores productos, pero estos eran transportados directamente por aire. Las rutas comerciales que habían convergido alguna vez hacia los grandes puertos, y luego hacia los grandes aeródromos, se habían dispersado transformándose en una red intrincada y uniforme que cubría todo el planeta.

Sin embargo, algunas cosas no habían cambiado. La ciudad era aún un centro administrativo, universitario y artístico. En estas cuestiones ninguna de las capitales del continente podía rivalizar con Londres, ni siquiera París, a pesar de que muchos afirmasen lo contrario. Un londinense del siglo anterior hubiera podido orientarse fácilmente en la ciudad, por lo menos en el centro. Las grandes y horribles estaciones de ferrocarril habían desaparecido. Pero, el Parlamento era el mismo; la mirada solitaria de Nelson estaba todavía clavada en Whitehall; la cúpula de San Pablo se alzaba todavía sobre Ludgate Hill, aunque ahora otros edificios más altos desafiaban su preeminencia.

Y la guardia desfilaba todavía ante el palacio de Buckingham.

Todas estas cosas, pensaba Jan, podían esperar. Estaba de vacaciones y se alojaba, con sus dos compañeros, en uno de los albergues universitarios. El carácter de Bloomsbury tampoco había cambiado en este último siglo: era todavía una isla de hoteles y casas de huéspedes, no apretujadas como antes, pero que aún formaban unas largas e idénticas hileras de ladrillos manchados de hollín.

Jan no encontró su oportunidad hasta el segundo día de sesiones. Las comunicaciones más importantes eran leídas en el Centro de la Ciencia, no lejos del Concert Hall, que tanto había ayudado a que Londres se convirtiese en la metrópoli musical del mundo. Jan quería escuchar la primera de las conferencias del día. De acuerdo con los rumores, destruiría por completo la teoría entonces vigente sobre la formación de los planetas.

Quizá así fue, pero cuando llegó el intervalo, Jan no lo sabía. Corrió a las oficinas del directorio mirando las puertas.

Algún humorístico funcionario civil había instalado la Real Sociedad Astronómica en el último piso del edificio, decisión que los miembros del consejo apreciaban debidamente, pues tenían así una magnífica vista del Támesis y toda la parte norte de la ciudad. Las oficinas parecían desiertas, pero Jan, llevando en una mano, como un pasaporte, su tarjeta de socio, por si alguien llegaba a detenerlo — encontró fácilmente la biblioteca.

Tardó casi una hora en aprender a manejar los grandes catálogos de millones de entradas. Al acercarse al final de la búsqueda le temblaban ligeramente las manos. Por suerte no había nadie allí.

Puso otra vez el catálogo entre los otros ejemplares, y durante un largo rato se quedó sentado, mirando sin ver el muro de volúmenes. Luego caminó lentamente hasta los tranquilos corredores, pasó ante la oficina del secretario (había alguien allí ahora, empaquetando unos libros) y fue hacia las escaleras. No tomó el ascensor, quería sentirse libre y sin trabas. Había tenido interés en escuchar otra conferencia, pero ya no importaba ahora.

Con los pensamientos todavía alborotados, llegó al paredón y dejó que sus ojos siguieran al Támesis, que fluía tranquilamente hacia el mar. Para alguien educado dentro de la ciencia ortodoxa, era difícil aceptar lo que ahora tenía en las manos. Nunca podría estar seguro de su verdad, pero, sin embargo, la probabilidad era abrumadora. Mientras caminaba lentamente junto al muro del río, puso en orden los hechos.

Uno: nadie en la fiesta de Rupert sabía que iba a hacer esa pregunta. Ni siquiera él mismo; había sido una reacción espontánea ante determinadas circunstancias. Por lo tanto nadie podía haber preparado una respuesta, ni conocerla con anterioridad.

Dos: «NGS 549672» significaba algo probablemente Sólo para un astrónomo. Aunque el Archivo Geográfico Nacional había sido completado hacía ya medio siglo, sólo unos pocos miles de especialistas conocían su existencia. Y ninguno de ellos hubiese podido decir dónde se encontraba ese astro determinado.

Y tres, lo que acababa de saber: la pequeña e insignificante estrella conocida como NGS 549672 estaba precisamente en el lugar indicado, en el centro de la constelación Carina, en el extremo de esa estela brillante que el mismo Jan había visto, hacía sólo unas noches, y que partiendo del sistema solar había atravesado los abismos del espacio.

La coincidencia era imposible. NGS 549672 tenía que ser la morada de los superseñores. Sin embargo, ese hecho significaba violar el respeto que sentía por el método científico. Bueno, que fuese violado. Tenía que aceptar este hecho: de algún modo, la fantástica experiencia de Rupert había señalado una fuente de conocimiento hasta ahora desconocida.

¿Rashaverak? Parecía la explicación más probable. El superseñor no había formado parte del círculo, pero eso no tenía gran importancia. Por otra parte, a Jan no le interesaba el mecanismo de la parafísica, sólo le importaban los resultados.

Muy poco se sabía de NGS 549672; nada la diferenciaba de otras muchas estrellas. Pero el catálogo daba la magnitud, las coordenadas, y el tipo espectral. Jan tendría que llevar a cabo una pequeña investigación y hacer unos cuantos cálculos; entonces podría saber, por lo menos aproximadamente, a qué distancia de la Tierra estaba el mundo de los superseñores.

Una lenta sonrisa — se extendió por el rostro de Jan mientras daba las espaldas al Támesis y se enfrentaba con la blanca y reluciente fachada del Centro de la Ciencia. El conocimiento era poder… y él era el único hombre en la Tierra que conocía el origen de los superseñores. No sabía cómo iba a usar ese poder. Lo guardaría a salvo en su mente, aguardando la hora del destino.