Los legionarios caminaron unos pasos con las manos alzadas sobre el rostro, deseando proteger unos ojos que estaban cansados y enrojecidos. Por eso tardaron en percatarse de que los conducían a una plaza desnuda, situada a unos centenares de pasos de la cochiquera, y donde se erguían tres postes. Sólo cuando escucharon los rugidos de la muchedumbre que había situada en semicírculo, comenzaron a sospechar cuál iba a ser su destino. Intentaron resistirse, pero fue inútil. Unos bastonazos asestados con energía disiparon las escasas fuerzas de los desdichados. Arrancarles los harapos, atarlos y sujetarlos a los postes apenas significó un esfuerzo para los partos.
– ¿Qué pasa, optio? -preguntó uno de los legionarios a Valerio.
– No molestes -le cortó Grato, que era junto con el optio el único que podía asomar la cabeza por el ventanuco.
El legionario dio unos pasos atrás y musitó:
– Bueno… pero decidnos qué sucede…
Lo que sucedía no pudieron verlo, pero lo escucharon. Oyeron con toda nitidez los alaridos desgarradores de unos hombres a los que los partos desollaban con habilidad y delectación; y las aclamaciones de una muchedumbre ansiosa de ver el sufrimiento de sus enemigos. Los dejaron colgando de los postes para que sus últimas horas de agonía se vieran agitadas por los impactos de los excrementos y las frutas podridas que les lanzaban los partos; por los picotazos crueles y golosos de los tábanos; por las raspaduras ardientes de los rayos del sol.
– No te muevas del ventanuco, optio -dijo Grato al poco de comenzar el tormento.
– No lo haré -respondió en voz baja Valerio, consciente de que el centurión deseaba evitar a sus hombres la contemplación de aquel horror.
Tras aquella manifestación de crueldad, los supervivientes a las órdenes de Grato quedaron reducidos a veintidós exactamente. La siguiente baja fue el legionario más joven. Su muerte no se debió esta vez al deseo de entretener a los habitantes de la población. Simplemente, se había resistido a los deseos de un oficial parto de dormir con él. Tras contemplar la negativa, el bárbaro había insistido y el muchacho había terminado tirándole de la barba y golpeándole en el rostro. Lo despellejaron. Con lentitud. Para causarle el mayor sufrimiento.
Tres hombres más murieron un mes después en las minas a las que los destinaron y donde se encontraron con otros cautivos romanos. Se debió a un desprendimiento que los dejó atrapados. Suplicaron, lloraron, gritaron para que les permitieran rescatarlos, pero el jefe de los partos consideró que no merecía la pena correr riesgos de nuevos accidentes para salvar a tres esclavos que tan poco le habían costado.
Ningún hombre más murió en las minas, pero dos quedaron ciegos a consecuencia del polvillo que se desprendía de las paredes cuando las picaban. Como precaución frente a esa eventualidad, habían recurrido al expediente de taparse la cara con un trozo de tela para protegerse de aquel material que les llenaba el pecho, la boca y los ojos. La medida no garantizaba la supervivencia, pero sí convertía en más lento un proceso innegable de envenenamiento. Sin embargo, por azar, diminutas partículas de material llegaron al rostro de los hombres. Quizá un poco de agua, un poco de limpieza, un poco de higiene hubiera dejado en nada lo sucedido. No fue así y muy pronto la infección se manifestó en forma de lágrimas e hinchazón. Grato, Valerio y el resto de los legionarios intentaron ocultar a sus guardianes lo que sucedía. Sujetaban a sus compañeros cuando tenían que caminar, los colocaban disimuladamente ante el lugar de trabajo, se preocupaban de que no perdieran agua ni comida. Los acabaron descubriendo, pero, esta vez, los partos fueron desusadamente clementes. Se limitaron a degollar a los ciegos.
A partir de aquel episodio, Grato, Valerio y los restantes hombres adoptaron la decisión de mantenerse juntos a cualquier precio. Juntos seguirían siendo esclavos o juntos escaparían; juntos morirían de hambre o juntos repartirían la miserable pitanza que les dieran los partos; juntos, en última instancia, se salvarían o se condenarían. Cuando la debilidad, el desánimo, el dolor parecían insoportables, se decían los unos a los otros que no eran bárbaros como aquellos que los explotaban, sino romanos, hijos de un pueblo que había sometido el mundo y que había civilizado a mil naciones. Otros podían doblegarse, pero no ellos. Así, cada día, cada hora, cada instante que pasaba significaba una pequeña victoria en la lucha contra una muerte que nunca se presentaría plácida ni tranquila. Y ¿quién sabía si, al final, lograrían vencer en aquel enfrentamiento y los dioses permitirían que regresaran a Roma? Había que sobrevivir y esa supervivencia otorgaba por sí misma sentido a sus miserables vidas. Fue precisamente aquella decisión, aglutinada por la disciplina y el sacrificio, la que logró que, a diferencia de otras unidades que habían caído prisioneras de los partos, aquel residuo no pereciera. Y, al final, cuando casi se habían acostumbrado a la miseria y al hambre, pareció que los dioses, caprichosos y olvidadizos, habían fijado su vista en ellos. El reino de los partos, en un gesto de buena voluntad, decidió devolver al senado y al pueblo romanos los escasos supervivientes de una derrota histórica. De esa manera, los hombres de Grato regresaron a Roma pensando que habían conseguido aferrar la vida entre sus manos cuando, en realidad, en los cuerpos de algunos de ellos tan sólo se albergaba la muerte.
12 RODE
Estás segura?
Plácida asintió con la cabeza y por el ojo semicerrado, a causa de los efectos de la quemadura, asomó una lágrima brillante y débil.
– Pero… ¿pero no te pusiste el paño con vinagre?
– Sí me lo puse -gimoteó Plácida-. Como siempre.
– ¿Y era un vinagre bueno? -indagó sorprendida Rode-. Quiero decir que no se trataría de posca, de vinagre mezclado con agua.
– Era vinagre del mejor, Rode. Del mejor. Y el paño era muy limpio. Yo misma me ocupé de lavarlo.
– ¿Y te lo colocaste bien? -preguntó cada vez más estupefacta Rode.
– Mujer, lo he hecho cientos de veces -respondió Plácida mientras se quitaba las lágrimas de un manotazo-. No voy a saber cómo se hace a estas alturas…
Rode guardó silencio mientras comenzaba a recomerse los labios. Se resistía a creer lo que le estaba contando su amiga. No podía ser y no podía ser no sólo porque se trataba de una verdadera desgracia, sino también porque esa misma desdicha podía caer sobre ella como el milano que atrapa la presa lanzándose sobre ella en picado.
– ¿Entonces -dijo al fin- no tienes la menor duda de que estás embarazada?
Un sollozo apenas contenido fue la respuesta de Plácida. Rode se acercó a ella y la abrazó.
– ¿Qué va a ser de esa criatura? -balbució Plácida-. Será una esclava como nosotras… como nosotras…
– Quizá sea un varón… -intentó consolarla su amiga-. Aún es pronto para preocuparse.
– Eso sería peor -dijo alzando la voz la meretrix-. Nosotras, a fin de cuentas, siempre podemos arreglarnos, salir adelante, sobrevivir, pero un hombre… los mandan a las guerras, a las minas, a cualquier sitio, y a ellos sí que los pegan sin temor a dejarlos lisiados.
No dejaba de ser peculiar que una mujer con el rostro deformado por una quemadura realizara aquellas observaciones y, sin embargo, Rode tenía que reconocerlo, lo que decía se correspondía, sin ningún género de dudas, con la realidad. Aquella criatura que iba a nacer dentro de unos meses lo haría sometida a la esclavitud. Si se trataba de una mujer, su destino sería convertirse en una meretrix como ellas; si era un varón…
– Quizá no nazca… -dijo Rode intentando infundir un mínimo consuelo en su amiga.
– Quizá, pero si nace… si nace… nace? ¿qué será de él si nace?
13 CORNELIO
La costumbre romana exigía lavarse todos los días las manos y las piernas por razones de trabajo, pero señalaba que el baño completo -a ser posible en agua caliente- debía tener lugar cada nueve días. Sin duda, pensó Cornelio, era más que suficiente, pero tal y como había llegado a su casa después del incidente de la cloaca, no tenía la sensación de que debiera esperar tanto tiempo. Pensaba en quién podía indicarle el lugar más cercano -y adecuado- para quitarse aquella costra de detritus cuando la fortuna vino en su ayuda. Una misiva de un tal Lucio Sexto Calvo le citaba a comer en un baño. Lo normal hubiera sido invitarlo a su domus, pero era posible que Calvo deseara ocultar el encuentro. Sí, bien pensado, en medio del vapor de las termas, el contacto aparecería disfrazado con la capa de lo casual.