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El dictador dijo a sus vecinas de mesa, dos señoritas muy bellas y locuaces, que, efectivamente, leía la Biblia por las tardes.

Entre los postres y el café contestó a los discursos, diciendo:

“Señores, el poder de que ustedes me han investido lo considero yo la voluntad del Altísimo, y el sagrado deber de mi conciencia me ordena emplear este poder, sin precedente en la historia, para ensanchar nuestros mercados, para que florezcan opulentos nuestra industria y nuestro comercio, para aplastar los insanos intentos que pueda hacer la plebe con el fin de derrocar el régimen existente…” Y etc., etc…

El discurso produjo grata impresión. Verdad es que, al terminarlo, el dictador añadió, como para su capote, tres enérgicas palabras en un idioma incomprensible, en ruso, por lo visto, que pasaron desapercibidas. Después Garin saludó a todos con una profunda reverencia y salió acompañado del estrépito que armaban trompetas y timbales y de las jubilosas aclamaciones de los presentes. El dictador se marchó a casa.

En el vestíbulo del palacio arrojó al suelo el bastón y el sombrero (pánico entre los lacayos, que se precipitaron a levantarlos), hundió las manos en los bolsillos y, alzando la barbita, subió la escalera, pisando furioso la mullida alfombra. En el despacho lo estaba esperando su secretario particular.

—A las siete de la tarde, en el club “Pacific”, se da en honor del señor jefe del Estado una cena amenizada por una orquesta sinfónica.

—Bien —dijo Garin, y de nuevo añadió tres incomprensibles palabras en ruso—. ¿Qué más?

—A las once, en la sala blanca del hotel “Indiana” hay un baile en honor…

—Dé un golpe de teléfono a un sitio y a otro y diga que se me han indigestado los cangrejos que he comido en el Ayuntamiento.

—Me permito expresar el temor de que su ficticia indisposición pueda reportarle más molestias todavía: inmediatamente se personará aquí toda la ciudad para expresarle su condolencia. Además, no olvidemos a los reporteros. Tratarán de penetrar aunque sea por las chimeneas…

—Tiene razón. Iré. —Garin tocó el timbre—. Prepárenme el baño. Tengan dispuestos un frac, las insignias y las órdenes.

Luego se puso a ir y venir, mejor dicho, a trotar por la habitación, y dijo:

—¿Qué más?

—En la antesala esperan audiencia unas señoras.

—No recibo.

—Esperan desde el mediodía.

—No quiero. Dígales que no.

—Es demasiado difícil convencerlas. Me permito señalarle que son damas de la alta sociedad. Tres famosas escritoras, dos estrellas de cine, una viajera que ha recorrido el mundo en automóvil y una dama célebre por sus obras de beneficencia.

—Está bien… Que pase… una cualquiera… Garin se sentó a la mesa de despacho (a la izquierda tenía un aparato de radio, a la derecha, los teléfonos y ante él, un dictáfono). Se acercó una cuartilla limpia, mojó la pluma y, súbitamente, quedó pensativo…

“Zoya —escribió en ruso con letra grande y de trazo firme—, querida amiga, sólo tú puedes comprender de qué modo he hecho el tonto…”

A su espalda sonó un siseo de advertencia.

Garin se volvió con movimiento brusco. El secretario ya se había desvanecido por la puerta lateral, y en medio del despacho había una dama vestida de color verde lechuga. La mujer aquella, emitió un gritito, estrujándose las manos. Su rostro daba a entender que se hallaba ante el hombre más grande de la historia. Garin la examinó un instante. Se encogió de hombros.

—Desnúdese —ordenó seco, y continuó escribiendo.

A las ocho menos cuarto, Garin se acercó presuroso a la escribanía. Iba de frac, con todas sus estrellas e insignias y con una banda por encima del chaleco. Se oyeron unos pitidos en el receptor, siempre, sintonizado en la onda de la Isla de Oro. Garin se puso los auriculares. La voz de Zoya, clara, pero apagada, como si llegara de otro planeta, repetía en ruso:

—Garin, estamos perdidos… Garin, estamos perdidos… En la isla ha estallado una insurrección. Han capturado el gran hiperboloide. Jansen está conmigo… Si nos da tiempo, escaparemos en el “Arizona”.

La voz se cortó. Garin quedó plantado junto a la mesa, sin quitarse los auriculares. El secretario particular esperaba junto a la puerta, sosteniendo el sombrero de copa y el bastón de Garin. De pronto, el receptor de nuevo dejo oír unas señales. Pero fue otra voz, brusca, masculina, la que dijo en inglés:

“Trabajadores del mundo entero: Conocéis las proporciones y las consecuencias del pánico que cunde en los Estados Unidos…”

Después de escuchar hasta el fin el llamamiento lanzado por Shelgá, Garin se quitó los auriculares. Muy pausado, con una sonrisa torcida en los labios, encendió un cigarro puro. Sacó de los cajones de la mesa un fajo de billetes de cien dólares y un aparato niquelado que parecía un revólver de cañón muy grueso: era el último invento de Garin, un hiperboloide de bolsillo. Arqueando las cejas, el dictador indicó al secretario que se acercara y le dijo:

—Ordene que dispongan inmediatamente mi cabriolé.

Por primera vez desde que estaba al servicio del dictador, el secretario levantó los párpados, y sus ojos rojizos miraron punzantes a Garin.

—Pero, señor dictador…

—¡Silencio! Transmita inmediatamente al jefe de las tropas, al gobernador de la ciudad y a las autoridades civiles que desde las siete queda declarado el estado de guerra. El fusilamiento es la única medida a emplear para reprimir los desórdenes en la ciudad.

El secretario desapareció al instante tras la puerta.

Garin se acercó al triple espejo. Llevaba encima todas sus insignias y estrellas y estaba tan pálido como los muñecos de cera de un panóptico. Se miró largamente y, de pronto, uno de sus ojos hizo un guiño burlón… “Pon pies en polvorosa, Pierre Harry, pon pies en polvorosa sin pérdida de tiempo”, se dijo a sí mismo Garin.

122

Los sucesos de la Isla de Oro comenzaron el veintitrés de junio por la tarde. Durante todo el día estuvo alborotado el océano. Negros nubarrones se arrastraban desde el sudoeste. Zig-zags de fuego resquebrajaban ruidosos el firmamento. El líquido polvo de las salpicaduras se esparcía, como niebla, por toda la isla.

Al atardecer se alejaron los nubarrones, los relámpagos fulguraban lejos, en el mismo horizonte, pero el viento no amainaba y seguía doblando hacia el suelo los árboles, combando los altos postes de los faroles, rompiendo las alambradas, llevándose, como si fueran lonas, los tejados de las barracas y silbando por doquier con tan satánica furia que no había un alma viva que no se hubiera ocultado en las casas. En los atracaderos del puerto crujían los buques, y algunas barcas, rotas las amarras se perdieron en el océano. El “Arizona” se encontraba solo en la pequeña bahía frente al palacio y saltaba en las aguas como el flotador de una caña de pescar.

La población de la isla había disminuido considerablemente en los últimos tiempos. Se habían suspendido los trabajos en la mina. Las grandiosas obras de madame Lamolle no habían comenzado todavía. De los seis mil obreros, quedaban allí unos quinientos. Los demás habían abandonado la isla, cargados de oro. Estaban vacías las barracas de la colonia obrera. El Luna-Park y las casas de trato los habían derribado, y estaban nivelando el terreno para las futuras obras.

La guardia real ya nada tenía que hacer en aquel pacífico pedazo de tierra. Los Blanqui-amarillos ya no iban y venían como perros de presa, por las rocas y a lo largo de las alambradas, haciendo chasquear los cerrojos de sus fusiles de un modo nada ambiguo. Empezaron a emborracharse a diario. Añoraban las grandes ciudades, los restaurantes de lujo, las mujeres de vida alegre. Pedían permiso y amenazaban con sublevarse. Pero Garin había ordenado categóricamente que no se dieran ni permisos ni licencias. El gran hiperboloide estaba permanentemente enfilado hacia el cuartel de la guardia real.