— Soy la Resurrección y la Vida — dijo Maribeth Chambers con voz sensual y apasionada.
Le llamó con la punta de tres dedos. Le hizo un guiño íntimo. Canturreó dulces obscenidades.
— ¡Vuelve aquí, guapo! Verás cómo te haré pasar un buen rato…
Maribeth rió. Se retorció. Levantó los hombros y sacudió sus pechos como si fueran campanas doblando.
Su piel se volvió verde oscuro y sus ojos se deslizaron por la cara. Su labio inferior se estiró, como una pala. Sus caderas empezaron a derretirse. Unos dibujos ígneos danzaron en la pantalla. Rawlings oyó unos acordes profundos y vibrantes que provenían de un órgano invisible. Escuchó el susurro del cerebro que le guiaba y pasó frente a la pantalla sin sufrir daños.
4
La pantalla mostraba dibujos abstractos: una geometría de poder, rígidas líneas que avanzaban y figuras inmóviles. Charles Boardman se detuvo un momento, para admirarlas. Luego, siguió adelante.
5
Un bosque de cuchillos que giraban, cerca del borde interno de la zona H.
6
El calor se volvió extrañamente intenso. Había que caminar de puntillas sobre el pavimento. Eso era inquietante, porque ninguno de los que habían pasado por allí lo había experimentado. ¿Acaso el camino variaba? La ciudad, ¿podría crear variantes? ¿Cuánto subiría la temperatura? ¿Dónde terminaría la zona cálida? Luego, ¿haría frío? ¿Llegarían vivos a la zona E? ¿Estaría Richard Muller haciendo esto para detenerles?
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«Quizá ha reconocido a Boardman y está tratando de matarle. Es una posibilidad. Muller tiene todas las razones para odiar a Boardman y no ha tenido la oportunidad de ser sometido a un ajuste social Quizá debería moverme más velozmente y dejar más espacio entre Boardman y yo. Me parece que hace más calor. Pero, por otra parte, él me acusaría de cobarde. Y desleal.
»Maribeth Chambers nunca hubiera hecho esas cosas.
»¿Las monjas siguen afeitándose la cabeza?»
8
A Boardman le pareció que la pantalla distorsionadora de la zona G era quizá lo peor de todo. Los peligros no le atemorizaban; Marshall era el único que no había podido sobrevivir a la pantalla. Lo que le inspiraba temor era entrar en un lugar donde los datos de sus sentidos no corresponderían al universo real. Boardman dependía de sus sentidos; ya iba por su tercer juego de retinas. No se puede hacer una buena evaluación del universo si no se tiene la seguridad de verlo con claridad.
Ahora estaba dentro del campo de la pantalla de distorsión.
Las líneas paralelas se juntaban. Las figuras triangulares pintadas en las paredes húmedas y temblorosas tenían todos los ángulos obtusos. Un río corría de lado a través del valle. Las estrellas estaban muy cerca y las lunas giraban unas alrededor de otras.
«Lo que debemos hacer ahora es cerrar los ojos, para no ser engañados. »
«Pie izquierdo. Pie derecho. Pie izquierdo. Pie derecho. Muévase ligeramente hacia la izquierda…, deslice su pie. Más. Más. Un poco más. Retroceda hacia la derecha. Así. Eche a andar de nuevo. »
La fruta prohibida lo tentaba. Toda su vida se había esforzado por ver con claridad. El atractivo de la distorsión era irresistible. Boardman se detuvo apoyándose con firmeza en los dos pies. «Si quieres salir vivo de esto — se dijo —, mantendrás los ojos cerrados. Si abres los ojos te confundirás y morirás. No tienes derecho a morir como un tonto, después de que tantos hombres lucharon tan duramente para enseñarte la forma de sobrevivir. »
Boardman se mantuvo inmóvil. La voz silenciosa del ordenador intentó aguijonearlo, sonando como una avispa.
— Espera — dijo Boardman en voz baja —. Si no me muevo puedo echar un vistazo. Lo importante es eso: no moverse. Si no te mueves no puedes meterte en líos.
El cerebro de la nave le recordó el géiser de llamas que había causado la muerte de Marshall.
Boardman abrió los ojos.
Se cuidó de no moverse. A su alrededor vio la negación de la geometría. Era como el interior de la botella de Klein, mirando hacia afuera. El rechazo se levantó en su interior como una columna vertebral.
«Tienes ochenta años y sabes qué aspecto debe tener el universo. Ahora cierra los ojos, Charles. Cierra los ojos y sigue andando. Estás corriendo riesgos innecesarios. »
Primero buscó a Ned Rawlings. El chico estaba veinte metros más adelante, arrastrándose lentamente frente a la pantalla. ¿Con los ojos cerrados? Miró. Los dos. Ned era un chico obediente. O asustado. «Quiere sobrevivir a esto y prefiere no saber cómo es el universo visto en una pantalla de distorsión. Me hubiera gustado tener un hijo como él. Pero a estas alturas le hubiera modificado. »
Boardman empezó a levantar la pierna derecha, pero se contuvo y volvió a apoyarla. Ante él unas pulsaciones de luz dorada saltaban en el aire tomando ahora la forma de un cisne, ahora la de un árbol. El hombro izquierdo de Ned Rawlings estaba demasiado alto. Su espalda tenía una joroba. Una de sus piernas se movía hacia adelante y la otra hacia atrás. A través de nieblas doradas, Boardman vio el cadáver de Marshall clavado en la pared. En Lemnos, ¿no habría bacterias? Los ojos de Marshall estaban muy abiertos. Mirando esos ojos, Boardman vio su propio reflejo curvado. Sin nariz, sin boca. Cerró los ojos.
El ordenador le dijo que avanzara.
9
Un mar de sangre. Una copa de linfa.
10
Morir sin haber amado…
11
Esta es la entrada de la zona F. Estoy abandonando otro reino de la muerte. ¿Dónde está tú pasaporte? ¿Necesito un visado? No tengo nada que declarar. Nada. Nada. Nada. »
3
Un viento frío que sopla desde el…
7
«Los muchachos que están acampados en F iban a venir a recibirnos y a conducimos hasta allí. Espero que no se molesten. Podemos hacerlo sin necesidad de ellos. Tenemos que sobrepasar la pantalla y luego ya está. »
5
«He soñado tan a menudo con este camino. Y ahora lo odio, aunque es hermoso. No hay más remedio que reconocerlo: es hermoso. Y probablemente parece más hermoso aún justo antes de matarte. »
«Los muslos de Maribeth tienen bultitos en la carne. Antes de cumplir treinta años será una gorda. »
10
«Uno hace toda clase de cosas en una carrera. Podría haberme detenido hace mucho. Nunca he leído a Rousseau. Nunca tuve tiempo para Donne. No sé nada de Kant. Si vivo, los leeré. Hago esta promesa sano de cuerpo y alma, a los ochenta años de edad, yo Ned Rawlings leeré yo Richard Muller lo haré yo yo yo leeré yo Charles Boardman. »
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14
Al otro lado de la entrada, Rawlings se detuvo en seco y preguntó al ordenador si podía ponerse en cuclillas y descansar un poco. El cerebro dijo que sí. Cuidadosamente, Rawlings se agachó, se balanceó un momento sobre los talones y apoyó una rodilla sobre el fresco pavimento de piedra. Miró hacia atrás. Detrás de él, unos bloques de piedra colosales, unidos sin cemento y perfectamente ajustados, formaban un montón de cincuenta metros de altura, franqueando una abertura alta y estrecha por donde pasaba en ese momento Charles Boardman. Boardman parecía sudoroso y aturdido; eso le resultó fascinante a Rawlings. Nunca le había visto perder su aire de complacencia antes. Pero antes nunca habían entrado en el laberinto.