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— Me alegro de haber podido ayudarle en sus investigaciones. Pero estaría más contento si pudiera salir ahora.

— No puedo controlar los movimientos de los barrotes.

— Dijo que los abriría con un láser.

— Pero ¿por qué tanta prisa en destruir algo? Será mejor que aguardemos un poco. Quizá los barrotes se abrirán nuevamente, por su propia voluntad. Estás perfectamente seguro ahí dentro. Si deseas comer, te traeré alimentos. ¿Tu gente se alarmará si no vuelves cuando anochezca?

— Les enviaré un mensaje — dijo tristemente Rawlings —. Pero espero estar fuera a esa hora.

— No te pongas nervioso — aconsejó Boardman —. Si es necesario, nosotros mismos te sacaremos de ahí. Es importante seguirle la corriente a Muller en todo, hasta que tengas una verdadera amistad con él. Si me oyes, tócate la barbilla con la mano derecha.

Rawlings llevó su mano derecha hasta el mentón.

— Fue un gesto muy valeroso, Ned — dijo Muller —. O muy tonto. A veces no estoy muy seguro de que exista una diferencia. Pero, de todos modos, te estoy muy agradecido. Tenía que saber cómo funcionan estas jaulas.

— Me alegro de haber sido útil. Ya ve que los seres humanos no son tan monstruosos.

— Conscientemente, no. Lo feo es el sedimento que llevan dentro. Permíteme que te lo recuerde. — aproximó a la jaula y cogió los pulidos barrotes, blancos como huesos. Rawlings sintió que la emanación se intensificaba —. Eso es lo que está dentro del cráneo. Por supuesto, yo mismo nunca lo he sentido. Puedo extrapolarlo de las reacciones ajenas. Debe de ser asqueroso.

— Creo que yo podría acostumbrarme — dijo Rawlings, y se sentó, con las piernas cruzadas. ¿Trató de librarse de eso cuando volvió a la Tierra desde Beta Hydri IV?

— Hablé con los cirujanos. No podían ni imaginar qué cambios habían efectuado en mi flujo neural y, por lo tanto, no podían ni pensar cómo arreglar las cosas. Bonito, ¿eh?

— ¿Cuánto tiempo se quedó en la tierra?

— Unos pocos meses. El tiempo suficiente para descubrir que todos los seres humanos que yo conocía se ponían verdes después de estar unos minutos cerca de mí. Empecé a hundirme en la autocompasión y en el autodesprecio, que son más o menos lo mismo. Iba a suicidarme, ¿sabes?, para que el mundo dejara de sufrir.

— No lo creo — dijo Rawlings —. Algunos hombres son incapaces de suicidarse. Y usted es uno de ellos.

— Eso fue lo que descubrí…, y muchas gracias. Como verás, no me suicidé. Probé algunas drogas fantasiosas y luego probé la bebida y luego traté de vivir peligrosamente. Y al final, seguía vivo. Entré y salí de cuatro sanatorios psiquiátricos en un mes. Intenté usar un casco de plomo acolchado para detener las radiaciones; era como intentar coger neutrinos con un cubo. Una vez provoqué el pánico en un prostíbulo de Venus. Todas las chicas salieron corriendo desnudas cuando empezaron los gritos. — Muller escupió —. ¿Sabes?, siempre pude prescindir de la sociedad. Cuando estaba entre la gente me sentía feliz, era cordial tenía éxito. No era un artículo tan bien terminado; risueño como tú, desbordante de bondad y nobleza, pero podía relacionarme con los demás y actuar sin problemas. Luego me iba de viaje por un año y medio y no veía a nadie; eso también me gustaba. Sin embargo, cuando ví que había quedado aislado de la sociedad para siempre, me di cuenta de que, después de todo, la necesitaba. Pero eso ya pasó. Ya superé esa necesidad. Puedo pasar cien años solo y nunca echaré de menos a nadie. Me he adiestrado para ver a la humanidad como la humanidad me ve a mí: como una cosa asquerosa, viscosa, mutilada y agazapada, que es mejor evitar. Podéis iros al diablo. No os debo nada, a ninguno; ni siquiera amor. No tengo obligaciones. Podría dejarte pudriéndote en esa jaula, Ned, y no me sentiría inquieto. Pasaría frente a la jaula dos veces por día y sonreiría a tu calavera. No es que sienta odio; no os odio, ni a ti ni a la galaxia que está llena de gente como tú. Es, simplemente, que os desprecio. No sois nada para mí. Menos que nada. Sois basura. Os conozco, ahora, y vosotros me conocíais a mí.

— Habla como si perteneciera a otra raza — dijo Rawlings, maravillado.

— No. Pertenezco a la raza humana. Soy el ser más humano que existe, porque soy el único que no puede ocultar su humanidad. ¿La sientes? ¿Recibes su fealdad? Lo que está dentro de mí está también dentro de ti. Ve con los hidranos; te ayudarán a liberarlo y entonces la gente huirá de ti igual que huye de mí. Hablo en nombre de los hombres. Digo la verdad. Soy la calavera que hay detrás de la cara. Soy los intestinos ocultos. Soy la basura que fingimos ignorar, toda la sucia parte animal, la lascivia, los pequeños odios, las envidias, las enfermedades. Y soy el que pretendía ser un dios. Hybris. Me recordaron qué soy, en realidad.

— ¿Por qué decidió venir a Lemnos? — preguntó Rawlings en voz baja.

— Un hombre que se llama Charles Boardman me metió la idea en la cabeza.

Rawlings dio un respingo ante la mención del nombre.

— ¿Le conoces? — preguntó Muller.

— Bueno… sí. Claro. Es… es un hombre muy importante dentro del gobierno.

— Desde luego. ¿Sabes que fue Boardman quien me envió a Beta Hydri IV? No, no me engañó; no tuvo que persuadirme con sus métodos hipócritas. Me conocía muy bien. Simplemente, explotó mi ambición. «Hay un mundo habitado por seres inteligentes, y queremos que un hombre lo visite. Probablemente sea una misión suicida, pero será el primer contacto del hombre con otra especie inteligente; ¿te interesa?» Y, por supuesto, fui. Él sabía que yo no podría resistir semejante oferta. Y luego, volví, en este estado, trató de evitarme durante un tiempo, porque no podía soportarme, o porque no podía soportar sus sentimientos de culpa. Finalmente lo atrapé y le dije: «Mírame, Charles, así soy ahora, ¿adónde puedo ir, qué puedo hacer?» Me acerqué a él. A esta distancia. Su cara cambió de color. Tuvo que tomar píldoras. Podía ver la náusea en sus ojos. Y me recordó el laberinto de Lemnos.

— ¿Por qué?

— Me lo ofreció como un buen escondite. No sé si estaba siendo cruel o bondadoso. Supongo que pensó que moriría intentando entrar; hubiera sido un buen final para un tipo como yo, o por lo menos, un final mejor que un trago de carnífago y disolverse por una tubería. Por supuesto, dije a Boardman que ni pensarlo. Quería disimular mi rastro. Grité y dije que lo último que haría en el mundo sería venir aquí. Luego pasé un mes en los muelles subterráneos de Nueva Orleáns y cuando volví a la superficie alquilé una nave y me vine. Usé el máximo posible de tácticas de desviación, para asegurarme que nadie conocía mi verdadero destino. Boardman tenía razón. Este era el lugar.

— ¿Cómo hizo para entrar en el laberinto? — preguntó Rawlings.

— Pura mala suerte.

— ¿Mala suerte?

— Estaba tratando de morir de forma gloriosa — dijo Muller —. No me importaba sobrevivir. Simplemente entré y me dirigí al centro.

— ¡No puedo creerlo!

— Bueno, es más o menos cierto. El problema, Ned, es que soy de los que sobreviven. Es un don innato; quizá sea algo paranormal. Poseo excelentes reflejos. Tengo una especie de sexto sentido, como un dios. Además, mi instinto de supervivencia está muy bien desarrollado. Y tenía detectores de masa y algunas otras herramientas útiles. De modo que entré en el laberinto y cada vez que veía un cadáver tirado por allí miraba con más atención que de costumbre y me detenía cuando me parecía que mi visualización del lugar empezaba a fallar. Estaba convencido de que moriría en la zona H. Quería morir. Pero quiso la suerte que triunfara donde todos los demás habían fracasado; supongo que fue porque me daba igual. Eso hizo desaparecer las angustias. Me movía como un gato, con todos los músculos en tensión; de algún modo pasé por las partes más duras del laberinto, lamentándolo bastante, y aquí estoy.