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—Ahora veo por qué estabas tan ansioso de conseguir la ayuda de Kael Amion —dijo gravemente.

— ¿La Señora Kael? —Keridil miró sorprendido a Themila—. ¿Estuvo metida en esto?

—No. Ella... —Themila miró a Tarod como pidiéndole permiso y él se lo dio con un ligero ademán—. Ella.., no quiso aconsejarle.

— ¡Por los dioses! ¡Esto es inaudito!

—Sí, Keridil, lo es. —La expresión de Themila le dio a entender que se había mostrado impertinente—. Sin embargo, toda vidente tiene derecho a mantener la reserva, si lo considera oportuno... y es lo que hizo Kael. Lo que debe preocuparnos es la opinión que tiene del asunto el propio Tarod.

Éste encogió los hombros, en ademán de impotencia.

—Yo no tengo opinión..., o al menos no lo bastante formada para que valga la pena expresarla. Pero apreciaría mucho la vuestra..., la de los dos.

Si Keridil no captó el matiz de desesperación en su voz, éste no pasó inadvertido a Themila, cuyos ojos adoptaron una expresión compasiva.

—Yo no puedo darte una respuesta clara, Tarod. Esto escapa a mi competencia; soy historiadora, no vidente. Pero me gustaría hacerte una pregunta...

—Hazla —dijo Tarod, perplejo por su vacilación.

— Muy bien. Es simplemente ésta: en todos los años que han pasado desde que llegaste al Castillo y empezaste tu adiestramiento con nosotros, ¿te ha defraudado el Círculo?

Vio reflejarse la respuesta en los ojos verdes de Tarod, sin que éste pudiera hacer nada por ocultarla, y no le dio tiempo a inventar una negativa:

—Durante los primeros tiempos de tu estancia aquí — prosiguió—, llegué a conocerte más de lo que te imaginas. Vi un niño que anhelaba ser parte de algo que creía grande, espléndido y arcano.

Y he visto cómo te convertías en un hombre que sigue teniendo el mis mo afán, pero que se ha encontrado con que sus héroes no son más que hombres, tan inseguros y vacilantes como él. ¿Soy injusta contigo, hijo mío?

Keridil contuvo el aliento para no protestar contra una franqueza tan brutal, pero los ojos de Tarod se animaron.

—No, Themila. Eres muy perspicaz.

— Entonces contesta sinceramente mi pregunta.

Keridil no pudo contenerse más.

—Themila, ¡esto no tiene nada que ver con la cuestión! — argu-yó—. Los sueños, el incidente de hoy... Themila le interrumpió severamente.

—Sí, Keridil, los sueños. Yo creo, y pienso que Tarod estará de acuerdo conmigo, que los sueños están tratando de decirnos algo que hubiésemos debido comprender hace mucho tiempo. Dime una cosa: ¿Cuántos Iniciados alcanzan el séptimo grado? ¿Cuántos lo consiguen a los diez años de empezar su instrucción en el Circulo? ¿Cuántos tendrían capacidad suficiente para alcanzar un grado todavía mayor, si éste existiese?

Keridil la miró fijamente; después miró a Tarod como si le viese claramente por primera vez. Despacio, se pasó la lengua por los labios, repentinamente secos.

—Sí..., sí, empiezo a comprenderte.

—Yo no pretendo saber lo que hay detrás del.., digamos, desacostumbrado talento de Tarod —siguió diciendo Themila sin amb ages, ahora que había sido aceptada su premisa mayor—. Pero una cosa es cierta: él no tendrá paz en la mente hasta que la haya explorado lo suficiente para saber a donde quiere llevarle. Y en esto debemos ayudarle todo lo que podamos.

—Sí... —Keridil frunció el ceño, todavía no del todo seguro de sí mismo —. Y sin embargo...

—Sin embargo, ¿qué?

La pregunta de Themila era un desafío.

— No lo sé... Tal vez es algo instintivo, pero... tengo la impresión de que hay algo más que esto. Mucho más.

—Miró a Tarod, a la luz menguante de la habitación, y supo, por la expresión de su amigo, que había dado en el blanco—. Desde luego, haré todo lo que pueda para ayudarte, pero... no sé si servirá de algo.

Tarod se movió inquieto en la penumbra.

—Sirva o no sirva, os lo agradezco... a los dos.

—Bueno..., tres mentes piensan más que una. —Sin embargo, Keridil no podría desechar la inquietud que acechaba en el fondo de la suya—. Pensaré en ello, Tarod. Tiene que haber una respuesta: una solución al misterio, o una manera de evitar que éste siga atormentándote.

Se hizo un silencio que se prolongó unos momentos; un silencio opresivo. Por fin, lo rompió Tarod.

—Sí —dijo—. Tiene que haber una respuesta, en alguna parte...

Cuando Keridil y Themila se hubieron marchado, Tarod se sentó en su habitación mientras se extinguían las últimas luces de la tarde. Abajo, en el patio, había llegado una caravana de suministros procedente de la provincia de Chaun, pero el ruido de la descarga y las voces de los conductores que se dirigían al comedor no le distraían de sus pensamientos.

Themila había dado en el blanco con su pregunta sobre si el Círculo le había defraudado, aunque Tarod no había hablado nunca de esto directamente a nadie. Pero, al mismo tiempo, ella estaba equivocada, o al menos así lo creía él, al presumir que su frustración era la de los sueños. En todo caso, Keridil había acertado más cuando había dicho que había muchas más cosas de las que cualquiera de ellos podía siquiera imaginarse. Pero Tarod estaba convencido de que los mayores esfuerzos de sus amigos (estaba seguro de que harían todo lo posible) no servirían ni para empezar a descubrir el enigma. Y mientras ellos reflexionaban, el espectro de la pesadilla seguía cerniéndose sobre él como una espada suspendida y a punto de caer, contra la que no podía hacer nada. Y después de lo que había ocurrido hoy en el Salón de Mármol, sabía que las fuerzas desconocidas redoblarían su ataque...

La botella de vino que ahora tenía siempre sobre la mesita de noche estaba intacta. Alargó instintivamente una mano para tomar un trago, pero la retiró en seguida. Hasta ahora, el vino no le había dado ningún alivio, y no había motivo para que esto cambiase. Estaba cansado; el alimento que Grevard y Themila se habían empeñado en hacerle consumir le había fortalecido, pero las noches siempre intranquilas seguían produciendo en él terribles efectos. Si pudiese dormir sin soñar... Pero esto era imposible. Lo único que podía hacer, lo único que podía esperar hacer, era enfrentarse con la noche haciendo acopio de valor.

El patio había quedado en silencio después de que los últimos suministros fueran llevados al almacén del Castillo. Tarod se tumbó en la cama y, al cerrar sus ojos verdes, trató de no pensar en las negras horas que le esperaban.

CAPÍTULO 6

Fin Tivan Bruall, encargado de las caballerizas del Castillo, reprimió un bostezo mientras recorría las largas hileras de compartimientos a la enfermiza y pálida luz que precede a la aurora. Su inesperado visitante le seguía a un paso de distancia, observando cada animal y sacudiendo la cabeza cada vez que se volvía Fin para indicarle el que creía que podía convenirle.

Aunque estaba molesto porque le habían sacado de la cama a una hora tan intempestiva, Fin era tan incapaz de demostrarlo como de tratar de huir de las caballerizas del Castillo. Como la mayoría de los no Iniciados que servían aquí, respetaba al Círculo, aunque sus exigencias eran a menudo inesperadas o fastidiosas. Y aunque no podía recordar el nombre de su visitante, el hecho de que fuese un Adepto del séptimo grado era suficiente para que cuidase sus modales.

Cerca del final de una hilera, se detuvo frente a un compartimiento donde una yegua alazana de mayor altura que la corriente se movía inquieta y le miraba amenazadora.

— Si quieres un animal veloz y vigoroso, Señor, no encontrarás otro mejor que esta yegua. Su único defecto es que es muy resabiada. Capaz de tirarte de buenas a primeras, y con un genio de mil diablos... —Se encogió de hombros—. Depende de como le dé, ya sabes lo que quiero decir.