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Ninguno de los dos dijo lo evidente. Que si las cosas hubieran sido diferentes… pero no lo eran.

– Jefri, yo…

No sabría decir cuál de los dos se movió primero, pero un segundo después estaban abrazados y besándose.

Jefri le encontró la boca con la suya a la vez que la abrazaba y la apretaba contra su cuerpo. Ella se pegó a él sin reservas, entregándose por completo, deseando poder ser parte de él para siempre. Quería sentir su calor, su fuerza. Quería conocerlo por completo.

Por un momento todo era perfecto, pensó ella, echando la cabeza hacia atrás y entreabriendo los labios. Él se apoderó de su boca al instante y la acarició con la lengua.

Juntos ascendieron por una espiral de placer en una danza diseñada para excitar e incitar. Ella se sujetó a sus hombros, para evitar caerse. Él le hundió los dedos en la espalda, como temiendo que fuera a desaparecer.

Si hubiera podido hablar, Billie le habría dicho que no quería irse. Nunca. Que sus brazos serían siempre su hogar. Pero para hablar tenía que interrumpir el beso. Y eso no podía hacerlo.

No supo cuánto rato estuvieron allí, besándose, abrazándose y deseándose. Ella le hundió los dedos en los cabellos, y él le besó la mandíbula y la garganta, en una escalada de deseo que los dejó a los dos jadeando.

Por fin, él se separó y le enmarcó la cara con las manos.

– ¿Por qué me dejas? -preguntó él, con la voz pastosa por la emoción.

Billie no le preguntó cómo sabía que tarde o temprano se iría.

– Tú tienes una vida aquí y yo pertenezco a otro mundo.

– ¿A los cielos? -preguntó él.

– Más o menos.

Jefri le acarició las mejillas con los pulgares, secando las lágrimas que Billie no había notado caer.

– Te quiero, Billie -dijo, en voz baja-. Con toda mi alma y todo mi corazón. Tienes mi corazón en tus manos. Trátalo bien.

Billie esperaba alguna admisión de sus sentimientos por ella, pero nunca aquello. Las lágrimas empezaron a fluir con rapidez.

– Yo también te quiero. Más que a nada en el mundo-sollozó. Después dio un paso atrás y se secó las lágrimas-. Qué tontería.

– ¿Lo que sentimos?

Billie se echó a reír.

– No. Mis lágrimas. Por primera vez en mi vida un hombre me dice que me quiere y sólo se me ocurre llorar.

– Tus lágrimas me conmueven profundamente. No eres una mujer de lágrima fácil.

Eso era cierto.

– Las guardo para ocasiones especiales.

– Como ésta.

– Nunca he tenido una ocasión como ésta.

Jefri se acercó de nuevo a ella y la besó.

– Eres mágica -dijo-. No esperaba conocer a nadie como tú. Ahora no.

Ahora que estaba comprometido.

Torció los labios. Dio un paso atrás y apretó los puños.

– Esto es una locura. Iré a verla y le diré que no puede ser. Tú eres la mujer que quiero en mi vida, no ella.

Las palabras eran una exquisita tortura, pensó ella, mientras el peso del dolor casi la hizo caer de rodillas.

– No puedes -dijo ella, obligándose a decir la verdad mientras le quedaran fuerzas-. Ella te quiere. No vive más que por ti. Sólo habla de tener tus hijos, de envejecer a tu lado y de su deber con tu país.

– No sabe qué es el amor.

– He intentado convencerla de que si quiere puede tener una vida diferente -reconoció Billie -. Una profesión, libertad para viajar, incluso conocer a un hombre que la ame, pero tú eres su mundo y los dos tenemos que respetarlo.

– ¿Y por eso tenemos que ser los tres desgraciados?

Billie no quería pensar en eso.

– El tiempo lo cura todo.

– ¿Crees que con el tiempo llegaré a amarla? Sabiendo lo que siento por ti, ¿crees que algún día podré amarla? No puede haber dos mujeres más diferentes.

– Tienes que intentarlo.

Jefri la abrazó una vez más y la besó.

– Será imposible -susurró después -. ¿Y tú? ¿Buscarás a otro hombre?

– Tendré que hacerlo -dijo ella, bajando los ojos-. Quiero tener una familia. Quiero tener hijos.

Jefri le dio la espalda. Billie sintió su dolor como si fuera el suyo propio.

– Lo siento.

– No, tienes razón. Soy un tonto. Quiero tener lo que no puedo y me niego a aceptar nada que no sea eso.

Entonces se volvió hacia ella y se metió una mano en el bolsillo.

– Tengo una cosa para ti. La llevo desde hace tiempo, pero no estaba seguro de que la aceptaras.

Extrajo una pulsera de oro tallada e incrustada con piedras preciosas.

– Pertenece a una colección muy antigua. Ésta es de principios del siglo X.

Billie tomó la deslumbrante pulsera y la giró en la mano.

– No se puede abrir.

Jefri sonrió.

– Ahí está parte de su encanto. Es una versión efe una pulsera de esclavas. El mecanismo para abrir estaba oculto en el diseño. Algunas se hacían para las mujeres del harén. Así si escapaban se sabía que eran propiedad del rey. Otras, como ésta, se hacían para la mujer que poseía el corazón del rey. Ofrecían protección y eran un salvoconducto en todo el país. Quienes ayudaban a su propietaria eran recompensados.

Jefri volvió a meterse la mano en el bolsillo y sacó una diminuta llave que colgaba de una delicada cadena de oro.

– ¿Ves los diamantes que rodean el zafiro?

Billie asintió.

– La llave se mete aquí. Si decides llevar la pulsera, debes saber que aquí siempre tendrás tu hogar. Cuando estés lista, quítatela.

Billie entendió perfectamente el significado de sus palabras. Cuando se enamorara de otro hombre, quitarse la pulsera sería la señal del olvido.

Debería exponerse en un museo -dijo ella.

– Prefiero que la lleves tú.

Jefri abrió la pulsera y se la deslizó en la muñeca. Después la cerró. El frío metal encajó perfectamente en la delicada muñeca de Billie.

Jefri le colgó la cadena al cuello y ella metió la llave debajo de la blusa.

– Ahora sabes que estás protegida -dijo él -. Si te pierdes sólo tienes que pedir ayuda y te traerán hasta mí. Pase lo que pase, estés donde estés, aquí siempre habrá un lugar seguro para ti. Incluso después de mi muerte, mis herederos honrarán la promesa de la pulsera hasta el día de tu último aliento.

Jefri recitó las palabras como si fueran una oración, o un juramento. Billie le tomó la mano en las suyas y se apoyó en él.

– No sé si soy bastante fuerte para hacer esto. Quizá lo que quiero es huir contigo y que nos olvidemos del mundo.

Jefri le rozó los labios con los dedos.

– Sólo tienes que decirlo.

Billie miró la pulsera y después a él y supo que lo decía en serio. Si ella se lo pedía, él lo dejaría todo por ella. ¿Pero a qué precio? ¿A cuántas personas harían daño? No sólo a Tahira. También al resto de su familia. ¿Y cuánto tiempo soportaría él estar separado de ellos?

– Dilo -repitió él.

Billie respiró profundamente, tratando de sacar fuerza de donde sólo había dolor.

– No.

– ¿Está segura? -pregunto él, con una inmensa tristeza.

No lo estaba, pero asintió porque era lo único que podía ser.

– Por favor, llévame al palacio -susurró ella-. Voy a necesitar un baño caliente y un montón de chocolate para superar este día.

Jefri la besó.

– Te querré siempre.

– Y yo también.

Regresaron al palacio en la limusina. Billie se acurrucó junto a él, apoyando la cabeza en su hombro. Cerró los ojos para no ver la ciudad que había llegado a amar, sabiendo que el tiempo que le quedaba en ella era limitado. Sintió el peso de la pulsera en la muñeca y se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que estuviera dispuesta a quitársela.

Se imaginó de anciana, apareciendo en las puertas del palacio y pidiendo refugio. Un joven príncipe aparecería y le hablaría de la muerte de su padre, y de cómo la había amado hasta el final. Después la llevaría a una magnífica habitación donde ella descansaría los últimos días de su vida.