¡La cultura, señores! Y dentro de ella, la más sublime de las artes. La poesía.
Con discreción y humildad, a ella le he dedicado parte de mis más íntimos desvelos en los últimos tiempos. He sembrado unos campos que tenía en barbecho. Bien sé que todos llevamos dentro una bestia, unos más que otros. Pero el hombre curtido se emociona al escuchar las cuerdas de su alma, como el niño, en el desván, una caja de música.
El orador paladeó un sorbo de agua, visiblemente satisfecho por bordar en público esa imagen de la bestia y el niño en la que tanto había cavilado durante toda la noche. Por otra parte, el público de invitados se mantenía en un silencio de pasmo, intimidado por el fulgor de las miradas de Benito Mallo, pero también no menos intrigado por saber finalmente si por su boca hablaba el sarcasmo o el trastorno.
Todos estos prolegómenos vienen a cuento porque no quería pillaros totalmente por sorpresa. Me ha costado mucho dar este paso, pero he pensado que la ocasión bien merecía el atrevimiento. Y he aquí el resultado. Confío estos mis poemas a vuestra benevolencia, consciente de que el entusiasmo del novato no puede remediar la carencia de oficio.
En primer lugar, un poema por mí compuesto en honor de nuestros mayores y nuestros antepasados.
Benito Mallo pareció dudar por un instante, como afectado por la emoción, pero enseguida recuperó su natural porte de retaco apuesto y comenzó a declamar con brío de vate.
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir…
La broma toca a su fin, pensaron algunos. Y aplaudieron las coplas de Jorge Manrique echándose a reír con una complicidad que no encontró respuesta. Por el contrario, Benito Mallo los fulminó con la mirada y se fueron encogiendo hasta que dio por terminada la copla.
Y ahora, dijo con la voz intimidatoria de un Nerón, una composición que me dio mucho trabajo. Empleé una tarde entera en escribirla, por lo menos, porque el primer cuarteto se me resistía como diamante en bruto.
Un soneto me manda hacer Violante,
en mi vida me he visto en tal aprieto…
Ya no había risas. Ni por Lope de vega. Solamente algunos murmullos que él disolvió con un acerado aviso de ojos. Al cabo, le aplaudieron no de cualquier manera sino con el aire marcial de los conciertos de etiqueta.
Y por último, un poema que le dedico a la juventud. Muy especialmente a mi nieta Marisa que es, en definitiva, quien nos reúne aquí. ¿Qué no daríamos por volver a ser jóvenes? A veces los amonestamos por ser rebeldes, pero eso es lo natural a su edad, el espíritu romántico. Pensando en vosotros, en los más jóvenes, he imaginado un personaje que encarnase la libertad, y me ha salido esta canción de pirata.
Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar sino vuela
un velero bergantín…
Hubo una ovación con vivas a don Benito, poeta. Ya no le importó si eran con tono burlesco. Brindó por el futuro. Bebió de un trago una copa de coñac. Dijo: ¡Y ahora a divertirse! Y se adentró solitario en el pazo para no ser visto en todo el resto del día.
Por la noche, Marisa, aún azorada, le pidió explicaciones. Pero se dio cuenta de que estaba traspuesto. Se había emborrachado en solitario. La botella de licor de hierbas vacía sobre la mesa. Un poso de muérdago dorado en la copa y en la voz.
¿Has visto, niña? ¡El poder!
Cuando llegó la República, él se hizo republicano. Le duró sólo unos meses. Enseguida, su héroe pasó a ser el contrabandista, banquero y conspirador Juan March, entonces conocido como el último pirata del Mediterráneo. Con regocijo, contaba de él una anécdota que le parecía una de las más brillantes expresiones de agudeza que habían conocido los tiempos modernos. Igual que él, don Juan leía y escribía mal, pero era un prodigio haciendo cuentas numéricas. A Primo de Rivera le maravillaba esa habilidad. En una reunión en la que estaban presentes los ministros, se dirigió a March y le dijo: A ver, don Juan, ¿cuánto es siete por siete por siete por siete más siete? Y March respondió en un santiamén, sin tiempo a pensarlo: Dos mil cuatrocientos ocho, mi general. Y el dictador le dijo al titular de Hacienda: ¡Aprenda usted, señor ministro!
En 1933, Benito Mallo le había mandado marisco a Juan March a la cárcel, de la que huiría en compañía del mismísimo director del presidio. Tenían el mismo lema en el blasón: Diners o dinars. Dinero o comida. Pensaban que todo se podía comprar con esas armas.
Ahora los perros le mordían en los pulsos, con un cariño salvaje, como de reproche. Marisa saludó con una alegría de ensalmo al jardinero portugués.
¡Eh, Alírio! ¿Cómo estás?
Envuelto en la niebla de una ceniza de hojarasca, el jardinero alzó el brazo en un gesto lento, vegetal. Y después retornó, ensimismado, a alimentar el incensario del bosque. Ella sabía lo que contaba el rumor, la radiofonía secreta de Fronteira. Que Alírio era hijo de un antiguo amo del abuelo, de cuando éste se echó a ganarse la vida por los caminos, y que Benito Mallo no había parado hasta que consiguió poner a alguien de la estirpe a su servicio, no tanto por gratitud sino por un enrevesado desquite con la historia. En las leyes no escritas de Fronteira no había peor estigma que el haber sido criado de los del otro lado del río. Fuese como fuese, en aquel universo amurallado Alirio parecía ser el más libre. Vivía aparte de la gente y se movía por la finca como la silueta de un reloj de sol. De niña, Marisa pensaba que las estaciones eran en parte una creación de aquel jardinero tan callado que parecía mudo. Apagaba y encendía colores, como si en el jardín tuviese una mecha invisible bajo tierra que uniese bulbos, árboles y plantas. El amarillo nunca se apagaba. El decreto del invierno extinguía las últimas luces doradas del rosal chino. Pero era entonces, en aquella atmósfera fúnebre, cuando maduraban los limones y surgían las ánimas con miles de candelas entre la fronda de las mimosas. Y al tiempo que florecía en chispas la flor del bravo tojo de los montes y la retama, prendían los ramos de la forsitia. Y después brotaban ya en el suelo las lámparas de los primeros lirios y narcisos. Hasta que en la primavera reventaba el esplendor de la Lluvia de Oro. Era Alírio quien cuidaba de la iluminación con su encendedor.
Cuando Benito Mallo les enseñaba a las visitas distinguidas la magnífica botánica del pazo, entre la que sobresalían cual blasón las variedades de camelias, Alírio los seguía un poco apartado, con las manos entrelazadas tras la espalda, como el custodio de las llaves de aquella catedral. Le apuntaba al señor el nombre de las especies cuando éste se lo preguntaba y le hacía con mucha finura las imprescindibles correcciones.
Alirio, ¿cuántos años tendrá esta buganvilla?
Esta glicinia, señor, debe de tener la edad de la casa.
A Marisa le maravillaba el diagnóstico sentimental con que resumía el estado de los árboles, cosa que sólo hacía en momentos imprevistos, como si escribiese una receta en el aire. ¡Esas hojas pálidas! El limonero tiene melancolía. El rododendro está simpático. El castaño tiene la respiración claudicante. Aquel castaño fue para Marisa un hogar clandestino, el hueco de un camarote en el tronco centenario con su ojo de buey desde el que vigilar el mundo sin ser vista. Ella y el castaño compartían al menos un secreto. El del chófer y la tía Engracia. Ssssh.
Cuando le contó a Da Barca eso que Alirio había dicho del castaño, el novio médico quedó estupefacto. ¡Ese jardinero es un catedrático! ¡Un sabio! Y luego Daniel dijo pensativo: Los árboles son sus ventanas. Te está hablando de él.
Alirio se desvanece ahora entre la bruma de la ceniza.
El abuelo aparece en lo alto de la escalinata para recibirla. Los brazos le cuelgan rígidos de los hombros caídos y las bocamangas de la chaqueta casi le ocultan las manos, sólo visibles las garras contraídas en un bastón. Metálica empuñadura en cabeza de mastín. Sigue vivo el halcón de los ojos, el sello inconfundible de Benito Mallo, pero hay en él ese resentimiento con el que la mente lúcida se enfrenta a la esclerosis. Y por eso desciende la escalinata.