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Después, se quitó el anillo del pulgar y se volvió hacia el laberinto de piedra, creando una turbulencia en el aire silencioso. Mientras la lámpara parpadeaba tras ella, proyectando sombras que ascendían a saltos por la pared rocosa, Alice distinguió, a la sombra de la piedra labrada, dos figuras que hasta entonces no había visto.

Ocultas bajo el contorno del laberinto, se veían claramente la sombra de la figura del anj y el perfil de un cáliz.

Se oyó un chasquido seco, como el que hace una llave al ser insertada en su cerradura. Por un instante, pareció como si nada fuera a suceder. Después, desde el interior del muro, se oyó el ruido de algo desplazándose, piedra contra piedra.

Marie-Cécile retrocedió. Alice vio que en el centro del laberinto había aparecido una pequeña abertura, sólo un poco más grande que los libros. Un compartimento.

Palabras y frases acudieron a su mente: la explicación de Audric y sus propias investigaciones, todo junto y mezclado.

En el centro del laberinto está la luz, en el centro reside el conocimiento. Alice pensó en los peregrinos cristianos que seguían el camino de Jerusalén en la nave de la catedral de Chartres, recorriendo los circuitos decrecientes de la espiral en busca de la iluminación.

Allí, en el laberinto del Grial, la luz -literalmente- estaba en el corazón del mismo.

Alice miró cómo Marie-Cécile cogía la lámpara del altar y la colgaba en la abertura, donde encajaba a la perfección. Inmediatamente, cobró más brillo e inundó la cámara de luz.

Marie-Cécile levantó uno de los papiros de los libros que había sobre el altar, y lo insertó en una ranura que se abría junto al hueco de la roca. Parte de la luz se perdió y la cueva se ensombreció.

La mujer se dio la vuelta y miró fijamente a Audric, rompiendo el encantamiento con sus palabras.

– ¡Usted me había asegurado que vería algo! -gritó.

El anciano levantó hacia ella sus ojos color ámbar. Alice hubiese querido que guardara silencio, pero sabía que no lo haría. Por alguna razón que ella no alcanzaba a comprender, Audric estaba decidido a dejar que la ceremonia siguiera su curso.

– El verdadero conjuro sólo se revela cuando los tres papiros han sido insertados uno sobre otro. Sólo entonces, en el juego de luces y sombras, las palabras que deben ser pronunciadas, y no aquellas que deben callarse, serán reveladas.

Alice estaba temblando. Se daba cuenta de que el frío estaba en su interior, como si el calor de su cuerpo se le estuviera escurriendo, pero no podía controlarse. Marie-Cécile hizo girar los tres pergaminos entre los dedos.

– ¿En qué dirección?

– Desáteme -dijo Audric en su voz baja y serena-. Desáteme y ocupe su puesto en el centro de la cámara. Se lo enseñaré.

La mujer vaciló un momento, pero después le hizo un gesto a François-Baptiste.

– Maman, je ne crois pas que…

– ¡Haz lo que te digo! -replicó ella secamente.

En silencio, François-Baptiste cortó la soga que mantenía a Audric atado al suelo y se apartó.

Marie-Cécile se dio la vuelta y cogió el cuchillo.

– Si intenta algo -dijo señalando a Alice, mientras Audric atravesaba lentamente la cámara-, la mataré. ¿Entendido?

Después hizo un gesto hacia François-Baptiste, que estaba de pie junto a Will.

– O lo hará él -añadió.

– Entendido.

Audric dedicó una breve mirada a Shelagh, tendida inerte en el suelo, y después le habló a Alice en un susurro.

– No me equivoco, ¿verdad? -murmuró, invadido por una repentina duda-. El Grial no vendrá a ella, ¿no?

Aunque Audric la estaba mirando, Alice sintió que la pregunta iba a dirigida a otra persona, alguien con quien él ya había compartido la misma experiencia.

Sin comprender cómo, Alice descubrió que sabía la respuesta. Estaba segura. Sonrió, ofreciéndole la tranquilidad que necesitaba.

– No vendrá -dijo entre dientes.

– ¿A qué espera? -gritó Marie-Cécile.

Audric se adelantó.

– Tiene que coger los tres papiros -dijo- y superponerlos delante de la llama.

– Hágalo usted.

Alice vio cómo el anciano cogía las tres hojas traslúcidas de los papiros, las ordenaba entre sus manos y a continuación las insertaba cuidadosamente en la ranura. Por un instante, la llama que ardía en el nicho de la roca parpadeó y pareció desvanecerse. La cueva se ensombreció, como si las luces se hubieran atenuado. Después, a medida que sus ojos se habituaron a la penumbra, Alice vio que sólo unos pocos jeroglíficos seguían siendo visibles, iluminados por un juego de luces y sombras que seguía los contornos del laberinto. Todas las palabras innecesarias habían quedado ocultas. Di anj djet… Las palabras resonaron con claridad en su mente.

– Di anj djet -recitó en voz alta, junto al resto de la frase, al tiempo que traducía mentalmente las antiguas palabras.

– En los comienzos del tiempo, en tierras de Egipto, el maestro de los secretos concedió las palabras y la escritura.

Marie-Cécile se volvió hacia Alice.

– ¡Estás leyendo las palabras! -exclamó, abalanzándose sobre ella y aferrándola por un brazo-. ¿Cómo sabes lo que significan?

– No sé. No lo sé.

Alice intentó soltarse, pero Marie-Cécile le aproximó la punta del cuchillo a la cabeza, tan cerca que Alice pudo distinguir las manchas marrones sobre la hoja desgastada.

– Di anj djet…

Todo pareció ocurrir al mismo tiempo.

Audric se arrojó sobre Marie-Cécile.

– Maman!

Will aprovechó la momentánea distracción de François-Baptiste para doblar una pierna y golpearlo con fuerza en la base de la espalda Cogido por sorpresa, el muchacho soltó un balazo al techo de la cueva, mientras caía. El estruendo fue ensordecedor en el espacio confinado de la cámara. Al instante, Alice oyó que la bala golpeaba en la roca sólida de la montaña y salía rebotada a través del recinto.

La mano de Marie-Cécile voló hacia su propia sien. Alice vio la sangre manando entre sus dedos. La mujer se tambaleó un momento sobre sus pies y cayó desplomada.

– Maman!

François-Baptiste ya corría hacia ella. La pistola cayó y resbaló por el suelo en dirección al altar.

Audric le arrebató el cuchillo a Marie-Cécile y cortó las ataduras de Will con una fuerza sorprendente, antes de dejar el puñal en manos del joven.

– Suelta a Alice.

Sin prestarle atención, Will se precipitó a través de la cámara, hacia el lugar donde François-Baptiste estaba de rodillas, acunando a su madre entre sus brazos.

– Non, maman. Ne te marche pas. Écoute-moi, maman, réveille-toi.

Agarrándolo por las hombreras de su desmesurada cazadora, Will le golpeó la cabeza contra el suelo de piedra. Después corrió hacia Alice y empezó a cortar la soga que la mantenía atada.

– ¿Está muerto?

– No lo sé.

– ¿Qué pasará si…?

Will la besó fugazmente en los labios y, sacudiéndole las manos, la liberó de las cuerdas.

– François-Baptiste estará inconsciente el tiempo suficiente para que podamos largarnos de aquí -dijo.

– Encárgate de Shelagh, Will -le pidió ella, señalándosela con urgencia-. Yo ayudaré a Audric.

Mientras Will levantaba entre sus brazos el cuerpo quebrantado de Shelagh y se dirigía hacia el túnel, Alice corrió hacia Audric.

– ¡Los libros! -exclamó ella en tono apremiante-. Tenemos que sacarlos de aquí antes de que se despierten.

El anciano estaba de pie, contemplando los cuerpos inertes de Marie-Cécile y su hijo.

– ¡De prisa, Audric! -repitió ella-. ¡Tenemos que salir de aquí!

– No debí involucrarte en esto -dijo él en voz baja-. Mis deseos de averiguar lo sucedido y de cumplir una promesa que no mantuve me cegaron y me impidieron tener en cuenta otras cosas. He sido un egoísta. He pensado demasiado en mí mismo. -Audric apoyó una mano sobre uno de los libros-. Antes me preguntaste por qué Alaïs no los había destruido -dijo de pronto-. ¿Sabes por qué? Porque yo me opuse. Entonces ideamos un plan para engañar a Oriane. Por esa causa, volvimos a la cámara. El ciclo de muertes y sacrificios se perpetuó. De no haber sido por eso, quizá…

Rodeando el altar, fue hasta donde Alice estaba intentando sacar los papiros del laberinto.

– Ella no habría querido esto. Demasiadas vidas perdidas.

– Audric -replicó Alice con desesperación-, podemos hablar de eso más tarde. Ahora tenemos que sacarlos de aquí. Es lo que usted lleva esperando tanto tiempo, Audric: la oportunidad de ver la Trilogía reunida otra vez. ¡No podemos dejársela a ellos!

– Aún sigo sin saber -dijo él, con una voz que se convirtió en susurro-. Todavía no sé qué le sucedió a ella al final.

Quedaba poco aceite en la lámpara, pero las sombras retrocedieron cuando Alice sacó poco a poco de la ranura el primer papiro, después el segundo y finalmente el tercero.

– ¡Los tengo! -anunció, volviéndose. Recogió los libros del altar y se los lanzó a Audric.

– ¡Coja los libros! ¡Vamos!

Casi arrastrando a Audric tras de sí, Alice se abrió paso entre las penumbras de la cámara, hacia el túnel. Ya habían llegado al desnivel del suelo donde habían sido hallados los esqueletos, cuando en la oscuridad, a sus espaldas, se oyó un fuerte estallido, seguido del ruido de rocas que se desplazaban y de otras dos explosiones amortiguadas, en rápida sucesión.

Alice se dejó caer al suelo. No había sido el sonido de otro disparo, sino un ruido completamente diferente, un fragor que parecía proceder de las entrañas de la tierra.

La adrenalina entró en juego. Desesperadamente, Alice siguió avanzando a cuatro patas, sosteniendo los papiros entre los dientes y rezando para que Audric estuviera detrás. Los faldones de la túnica se le enredaban entre las piernas y ralentizaban su avance. El brazo le sangraba profusamente y no soportaba ningún peso, pero aun así consiguió llegar hasta el pie de los peldaños.