Unos minutos después, en la sala de espera, conocí a Andrea. Sentada a solas, bebía una taza de café inmersa en esa atmósfera típicamente estéril que en nada ayuda a relajarse. El olor a desinfectante era omnipresente y sólo había una ventana, cerrada a cal y canto y muy sucia. Aunque era la primera vez que la veía, deduje que, por su evidente estado de gestación, su mirada baja y los temblores que la recorrían, se trataba de la novia de mi sobrino.
– ¿Andrea? -pregunté, inclinándome hacia ella y tocándole suavemente el hombro-. ¿Eres Andrea?
– Sí… -Me miró asustada, como si fuera un médico portador de malas noticias.
– Soy Matthieu Zéla -me presenté-. Hemos hablado antes por teléfono.
– ¡Ah, sí! -Pareció animarse y decepcionarse al mismo tiempo-. Claro, al fin nos conocemos -añadió con una sonrisa forzada-. Lástima que sea en un sitio como éste. ¿Le apetece un café? Si quiere voy a… -Se le quebró la voz y no pudo continuar.
Me senté ante ella. Por su aspecto parecía recién levantada de la cama, y su vestimenta daba pena: téjanos sucios, camiseta arrugada, zapatillas deportivas sin calcetines. Tenía el pelo rubio ceniza, rizado y sucio, y no llevaba maquillaje. Aun así, su rostro poseía una belleza natural muy atractiva.
– No entiendo qué ha podido ocurrirle -dijo negando con la cabeza con tristeza-. Yo ni siquiera estaba con él cuando pasó. Un amigo suyo lo trajo aquí y luego se marchó. Debió de ser uno de esos parásitos que lo rodean para aprovecharse de su lama, entrar en los clubes, beber gratis y ligar con las chicas.
– Hizo una pausa, sinceramente indignada-. No puedo creer que haya tomado una sobredosis. Siempre tiene mucho cuidado. Se supone que sabe lo que hace, joder.
– Cuando te pasas el día colocado es muy difícil tener cuidado -apunté, irritado.
Con el tiempo noto que los jóvenes me sacan de quicio cada vez con mayor facilidad; cuanto más lejos están de la época de mi propia juventud, cuantos más años cumplo, más me exasperan. Hasta hace poco pensaba que la generación anterior a ésta, nacida en la década de los cuarenta, había llegado al colmo de la estupidez, pero para mi sorpresa he comprobado que los de los años setenta, como mi sobrino, son aún peores. Uno diría que no se dan cuenta de los terribles peligros que los acechan. Es como si confiaran en vivir los mismos años que yo.
– No se drogaba siempre -replicó; ya usaba el pasado para referirse a Tommy-. Le gustaba colocarse un poco para divertirse con los amigos, pero nada más. Como todo el mundo, vamos.
– Yo no -dije, y me pregunté a qué se debería esa actitud tan puritana. Ahora era conmigo mismo con quien estaba irritado.
– Ah, sí, menudo santo de mierda estás hecho tú -contraatacó-. Pero no tienes un trabajo estresante como él, de dieciocho horas seguidas, ni te miran allí donde vas, ni tienes que representar un papel todo el día ante millones de personas a las que ni siquiera conoces.
– Lo entiendo. Yo…
– No tienes ni puta idea de lo que…
– Andrea, lo entiendo -repetí con firmeza y alzando la voz-. Perdona. Sé que mi sobrino tiene una vida muy rara, e imagino que no resulta fácil. Santo Dios, estoy harto de oír sus quejas al respecto. Pero ahora deberíamos concentrarnos en su recuperación y en el modo de evitar que esta situación se repita. Siempre y cuando sobreviva, claro. ¿Te ha dicho algo el médico?
– Sí, justo antes de que vinieras. -Pareció más tranquila-. Ha afirmado que las próximas veinticuatro horas serán decisivas, la frase estereotipada que les enseñan en la facultad para encajarla en cualquier situación. En mi opinión, las próximas veinticuatro horas siempre son decisivas, ocurra lo que ocurra. O despertará, en cuyo caso se pondrá bien al cabo de unos días, o sufrirá una lesión cerebral, o bien quedará en coma, tendido en esa cama, Dios sabe cuánto tiempo.
Asentí. En resumen, el médico no había dicho nada que cualquier imbécil con dos dedos de frente no hubiera podido diagnosticar.
– Estás temblando -señalé tras un silencio, y la cogí de la mano-. Tienes frío. ¿Por qué no te pones un jersey? El niño…
Me interrumpí, sin saber qué decir; no me parecía conveniente que una mujer embarazada de seis meses se expusiera a contraer una neumonía.
– Estoy bien, gracias. Lo único que deseo es que despierte de una vez. Lo quiero, señor Zéla -afirmó, tratándome nuevamente de usted, como si se excusara.
– Llámame Matthieu, por favor.
– Lo quiero y le necesito.
La miré a los ojos y reflexioné. Mi problema con Andrea era que la desconocía por completo. Ignoraba sus cualidades, qué posición ocupaba en el trabajo, de qué familia procedía, cuánto ti i nero ganaba, en qué calle vivía y con quién compartía casa. No sabía nada, por lo que era normal que recelase.
Por otro lado, quizá la estuviese juzgando mal. Tal vez en efecto quisiera a mi sobrino, ¿por qué no? Tal vez conociera ese dolor agudísimo e insoportable que acompaña al amor. Tal vez hubiera sufrido la tortura de adivinar la presencia del ser amado en un mismo edificio, aun cuando no está a tu lado. Tal vez supiera lo que se siente cuando el ser al que más quieres te maltrata, te hiere y crucifica y aun así eres incapaz de sacártelo de la cabeza, por más que lo intentes y por muchos años que pasen. Tal vez previera que con sólo recibir una llamada de ese ser lo dejaría todo y detendría el reloj de su vida. Tal vez sintiera todo eso por Tommy, y yo no era quién para negarle el beneficio de la duda.
– Debe vivir por su hijo -dijo Andrea al cabo de un silencio-. Tiene que recuperarse por el bien del niño. Eso será lo que lo ayudará a seguir, ¿no crees?
Me encogí de hombros; no las tenía todas conmigo. Algo había aprendido de la personalidad de los Thomas y su incapacidad para sobrevivir.
Las puertas del ascensor se abrieron y salí a la planta baja. Me sorprendió ver a tanta gente esperando junto al mostrador de recepción. Los miré. Había ancianos sentados en estado catatónico que se mecían siguiendo un ritmo interior, jóvenes vestidas con ropa barata de aspecto agotado y pelo grasiento que bostezaban y bebían té en vasos de plástico; niños que correteaban, gritaban y berreaban. Me dirigí a la salida y las puertas se abrieron automáticamente. Al poner un pie en la calle inhalé el aire fresco y sentí que recuperaba las energías. Amanecía, pero aún faltaba una hora para que la ciudad despertara por completo, y un viento helado me atravesó mientras me arrebujaba en el abrigo.
Estaba a punto de parar un taxi cuando tuve un instante de revelación y volví al hospital. «No, no puede ser», pensé, negando con la cabeza. Un momento después franqueé las puertas automáticas y dirigí la mirada al grupo de gente que acababa de dejar atrás; el lugar en que lo había visto estaba ahora ocupado por una anciana que respiraba a través de un inhalador. Miré alrededor boquiabierto y tuve la impresión de estar en una película. Ante mí se abría la vista panorámica del vestíbulo: lo barrí con la mirada cuidadosamente hasta detenerme en la máquina expendedora de bebidas. Ahí estaba, de pie, con un dedo suspendido frente a las diferentes opciones antes de decidirse por una. Me acerqué, lo agarré por el cuello de la camisa y tiré para que se volviese. Dio un traspié, alarmado, mientras una moneda de cincuenta peniques caía al suelo. No me había equivocado, era él. Lo miré fijamente al tiempo que negaba con la cabeza con cara de pocos amigos.
– ¿Puede saberse qué demonios estás haciendo aquí? ¿Cómo te has enterado?
La ironía de que en las noticias matinales de mi emisora informaran sobre la sobredosis de mi sobrino y su estado comatoso no se me escapó. Como en las últimas horas apenas había conseguido conciliar el sueño, me recosté en un cómodo sillón en el que habrían cabido dos personas, cerré los ojos y eché alguna que otra cabezada… hasta que me desvelé por completo. Me levanté y me di una larga ducha caliente, enjabonándome con geles de enigmáticas y exóticas fragancias y champúes de fuertes aromas a coco. Media hora después me encontraba en la cocina en albornoz, fresco y lleno de energía. Me preparé un desayuno ligero, un gran zumo de naranja, un kiwi y una tostada; lo tomé lodo frente al televisor, mientras se hacía el café.