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Pero cuando empieza esta velada, cuando todavía no hemos encontrado a Francois y a los demás, cuando todavía no nos hemos reunido con ellos para ir juntos a otra boite, aún no sé que Sigrid cobrará tal importancia en el relato que tendré que hacer de esta velada. En realidad, todavía no he llegado a preguntarme a quién podré relatar esta velada. Tengo a Sigrid en mis brazos y pienso en la felicidad. Pienso que nunca, todavía, que nunca hasta ahora, he hecho lo que fuere, o he decidido lo que sea, en función de la felicidad o la infelicidad que pudiera proporcionarme. Esa simple idea me daría ganas de reír, el que me preguntaran si había pensado en la felicidad que tal acto, decidido por mí mismo, me podría proporcionar, como si en alguna parte hubiera una reserva de felicidad, una especie de depósito de felicidad, contra el que pudieran extenderse cheques, tal vez, como si la felicidad no fuera algo que llega por añadidura, incluso en medio del mayor desamparo, de la más terrible indigencia, después de haber hecho lo que precisamente había que hacer.

Y tal vez la felicidad no sea más que este sentimiento que me embargó después de huir del espectáculo de las mujeres de Weimar, apelotonadas delante del bloque 50, lacrimosas, al hundir el rostro en la hierba de la primavera, en la opuesta ladera del Ettersberg, entre los árboles de la primavera. Sólo había el silencio y los árboles, hasta el infinito. Los rumores del silencio y del viento entre los árboles, una marea de silencio y de rumores. Y luego, en medio de mi angustia, me invadió aquel sentimiento, mezclado a mi angustia, pero distinto, como el canto de un pájaro mezclado con el silencio, de que sin duda yo había hecho lo que se debía hacer con mis veinte años, y de que tal vez me quedaran todavía una o dos veces veinte años más para seguir haciendo lo que se debía hacer.

También al salir de esta casa alemana me tumbé en ¡a hierba y miré largo rato el paisaje del Ettersberg.

Esta casa se levantaba a la entrada del pueblo, algo aislada.

Me fijé en ella cuando subíamos otra vez hacia el campo, Haroux, Diego, Pierre y yo. Era una casa de aspecto acomodado. Pero lo que me llamó la atención, dejándome clavado en el suelo, fue que, situada como estaba, desde sus ventanas debían de tener una vista perfecta del conjunto del campo. Miré las ventanas, miré al campo, y me dije que era necesario que yo entrara en esta casa, que tenía que conocer a la gente que había vivido aquí a lo largo de todos estos años.

– iEh! -grité a los otros-, yo me quedo aquí.

– ¿Cómo que te quedas ahí? -preguntó Pierre dándose la vuelta.

Los otros dos también se han vuelto y me miran.

– Me quedo aquí -digo-, voy a visitar esta casa.

Los tres miran la casa y me miran, a la vez.

– ¿Qué te pasa ahora? -pregunta Haroux.

– No me pasa nada -digo.

– ¿Has visto alguna chica en la ventana? -pregunta Pierre, guasón.

Me encojo de hombros.

– Entonces -dice Haroux-, si no quieres violar a una chica, ¿qué buscas en esta casa?

Enciendo un cigarrillo y miro hacia la casa, miro hacia el campo. Diego sigue mi mirada y sonríe de soslayo, como acostumbra.

– Bueno, Manuel y ¿qué? [27] -pregunta.

– ¿Has visto?

– He visto -dice-, ¿y qué le vas a hacer?

– ¡Eh!, oíd, vosotros -grita Haroux-, ¿no podéis hablar como todo el mundo, para que nos enteremos?

– No seas patriotero -dice Diego-, no todo el mundo habla francés, ¿oyes?

– Pero nosotros estamos aquí -dice Haroux-, y quisiéramos comprender.

– Oye, oye -dice Diego-, ¿sabes cuántos millones de personas hablan español?

– Oye, tío -dice Haroux-, ¿me vas a dar ahora lecciones?

Diego se ríe.

– No -dice-, es sólo para poner las cosas en su punto. No todo el mundo habla francés.

– Y entonces -pregunta Fierre-, ¿por qué quiere Gérard visitar esta casa?

Diego se encoge de hombros.

– Pregúntaselo -dice.

Entonces, Fierre me pregunta.

– Exactamente, ¿por qué quieres visitar esta casa?

– ¿Habéis visto cómo está situada? -les digo.

Miran la casa, y se vuelven después hacia el campo.

– ¡Dios! -grita Haroux-, no se puede pedir más, estaban en primera fila.

Pierre menea la cabeza y no dice nada. Me mira.

– Pero ¿de qué te sirve? -pregunta Haroux.

No lo sé. En realidad, no sé en absoluto de qué me puede servir.

– Bueno -digo-, voy a echar un vistazo.

– Si eso te divierte -dice Haroux, encogiéndose de hombros.

– No -digo-, no me divierte en absoluto.

Diego me mira y sonríe otra vez.

– Bueno -dice-, luego nos vemos, Manuel. [28]' Vamos, muchachos, luego nos lo contará.

Hacen un vago ademán y se marchan.

Entonces me acerco a la casa. Empujo la puerta de la valla que rodea ei jardincillo, en la parte delantera de la casa. Está abierta y entro. Al final de una vereda, subo tres escalones y llamo a la puerta de la casa.

Al principio, no acude nadie. Entonces golpeo la puerta a puñetazos, y a patadas en la parte baja. Al cabo de un rato oigo una voz de mujer, detrás de la puerta.

– Aufinachen -grito-, los, auftnachen!

Compruebo que estoy berreando como uno de las SS. Los era la palabra clave en el lenguaje de las SS. Me entran ganas de abandonarlo todo y echar a correr tras los compañeros para alcanzarles. Pero ya es demasiado tarde, pues la puerta se ha entreabierto. Una mujer madura, de cabellos casi grises, está en el umbral de la puerta y me observa con aspecto preocupado. No parece que tenga miedo, su aspecto es solamente preocupado, interrogador.

– Ich bin cdlein -dice. Estoy sola.

– Ich auch. -Yo también estoy solo.

Mira mi uniforme de presidiario y pregunta lo que quiero.

– Ich mochte das Haus besuchen. -Le digo que quisiera visitar su casa, que nada tiene que temer de mí. Simplemente, visitar su casa.

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[27] * Las palabras en cursiva están en castellano en el original. (N. de los T.)

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[28] *En castellano en el original. (N. de los T.)