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Antes, cuando el viejo enseñaba sus conocimientos a los jóvenes -aunque se diferenciaba de los viejos dirigentes que siempre tenían en la boca los típicos «Nuestro Partido esto», «Nuestro país aquello», ya que era, al fin y al cabo, un hombre célebre de pasado revolucionario-, su voz estaba llena de energía, medida y claridad; pero esta vez, decaído de repente, su voz era áfona, sus palabras permanecían atascadas en el fondo de la garganta:

– Soy un integrante de la banda negra -dijo-, no vengas más a verme. Eres joven, no te busques problemas, tú no has vivido las luchas del seno del Partido…

Antes incluso de que hubiera acabado de saludarlo, el viejo entreabrió la puerta y, en un estado de total inquietud, miró afuera y le dijo:

– Ya volveremos a hablar, dejemos que pase este momento y ya volveremos a hablar, ¡no sabes lo que pasó en el movimiento de rectificación de Yan'an!

– ¿Qué pasó en el movimiento de rectificación de Yan'an? -preguntó estúpidamente.

– Ya te hablaré de eso otro día, ¡ahora, vete, rápido, vete!

Esa escena no duró más de un minuto. Un minuto antes, todavía creía que las luchas dentro del Partido sucedían en lugares remotos; no pensaba encontrarse directamente confrontado.

Diez años más tarde, oyó decir que el viejo salió de prisión; él mismo acabó dejando el campo y volvió a Beijing. Volvió a verlo. Estaba en los huesos, había perdido una pierna y se pasaba el día en una mecedora. En los brazos tenía un gato de pelo largo y negro, y apoyaba un bastón contra el asiento.

– Los gatos viven mejor que los hombres.

El viejo esbozó una sonrisa que dejaba al descubierto los pocos dientes que le quedaban. Mientras acariciaba a su gato, sus pupilas redondas, profundamente hundidas en las órbitas, brillaban con una luz extraña, como los ojos del animal. El viejo no le dijo ni una palabra de lo que había sufrido en prisión. Sólo poco antes de su muerte, cuando fue a verlo al hospital, le confesó que de lo que más se arrepentía en la vida era de haber entrado en el Partido.

En aquella época, al salir de casa del viejo, pensó en sus manuscritos. Aunque no tuvieran nada que ver con el Partido, podrían meterle en muchos aprietos. Sin embargo, en aquel momento no se decidió a destruirlos y los llevó en una bolsa a casa de un amigo, el gran Lu, que conoció en el hospital en el que fue a tratarse de una disentería. El gran Lu era un hombre alto que enseñaba geografía en la escuela secundaria. Estaba enamorado de una guapa muchacha y le pidió que le escribiera las cartas de amor en su lugar. Cuando la joven esposa del gran Lu se dio cuenta de la superchería, ella no pudo echarse atrás y él continuó manteniendo con la pareja una relación de amistad.

El gran Lu vivía con sus padres en una antigua casa con un patio cuadrangular en el que no era difícil esconder algo.

A mitad del verano, en agosto, el movimiento de las guardias rojas se intensificó. La mujer del gran Lu le telefoneó un día al trabajo y lo citó en una tienda en la que se podía tomar leche y pasteles al estilo occidental. Pensó que se trataba de otra pelea de la pareja y fue a la cita en bicicleta. Al llegar, vio que habían quitado la antigua insignia de la tienda y en su lugar había otra que decía: «Al servicio de los obreros, campesinos y soldados». En la pared, encima de las mesas, había un eslogan en grandes caracteres irregulares: «¡Fuera los engendros apestosos capitalistas!».

Al principio el movimiento de las guardias rojas tenía el objetivo de destruir las «cuatro antigüedades» [7] y surgió de los estudiantes, parecía un juego de niños. El gran Líder les dirigió una carta abierta afirmándoles «Es justo rebelarse», lo que sirvió para aumentar la violencia. De todos modos, él no se consideraba un engendro apestoso, y entró. Todavía vendían leche en la tienda. Antes de que se sentara, la mujer del gran Lu llegó, lo tomó del brazo, como si fuera su novio, y le dijo:

– Ahora no tengo hambre, acompáñame un rato, me gustaría comprar algunas cosas.

Fuera de la tienda, en la calle, ella le comentó en voz baja que las guardias rojas de su instituto habían aterrorizado tanto al gran Lu, que acabó afeitándose la cabeza. Como sus padres tenían su propia casa, aunque no lo consideraban hijo de capitalistas, al menos pertenecía a una familia de pequeños propietarios, y las guardias rojas podían presentarse en su vivienda para registrarla en cualquier momento. Ella le pidió que fuera rápidamente a recuperar la bolsa con sus cosas que había escondido en el depósito de carbón.

Fue Lin la que le salvó la vida. Una mañana, poco después de llegar al trabajo, ella pasó varias veces por el pasillo. Su despacho estaba enfrente; se dio cuenta de que ella le hacía una señal y salió. La siguió hasta el final del pasillo, a un hueco de la escalera. Allí, tras asegurarse de que nadie podía verlos, Lin se paró y le dijo en voz baja que volviera a su casa lo más rápidamente posible y que se preparara, porque las guardias rojas de su entidad iban a registrar la habitación de Lao Tan.

Bajó a toda velocidad, saltó sobre su bicicleta y llegó empapado en sudor al patio. Amontonó todas sus cosas sobre la cama, o en el suelo, y luego examinó a toda prisa los cajones de la mesa de Lao Tan. Descubrió una vieja fotografía de grupo en la que él llevaba un uniforme de estudiante de antes de la Liberación. Todos los estudiantes tenían en sus gorros la insignia del Guomindang, un sol blanco con doce ángulos sobre un fondo azul. Rebujó la fotografía y fue a tirarla al fondo de la fosa del retrete público, fuera del patio. Cuando regresó, el coche de su institución llegaba.

Cuatro guardias rojos entraron en la habitación. Lin estaba entre ellos. Ella sabía que él escribía, pero no había leído sus manuscritos. Lo amaba y le daba igual lo que escribiera. Por supuesto, no había venido por los manuscritos; lo que le preocupaba era que pudieran ver las numerosas fotos que había tomado de ella. No estaba desnuda del todo, pero, aun así, eran muy sugerentes. Las tomó antes y después de hacer el amor con ella en los bosques de las Ocho Grandes Vistas. Una sola de aquellas fotos habría bastado para afirmar que la relación entre ellos no era la normal entre dos colegas o incluso dos camaradas revolucionarios. Lin era la hija menor de un viceministro y estaba casada. Su marido era un militar de una familia de antiguos revolucionarios que trabajaba en un departamento de investigación del ejército. Estudiaba la fabricación de misiles o de armas nuevas. En cambio, a él no le interesaban en absoluto los secretos de la Defen sa Nacional. Sólo amaba perdidamente a aquella bella mujer, y Lin era todavía más activa y efusiva que él.

Lin adoptó voluntariamente una actitud relajada y comentó:

– ¡Es muy pequeña tu habitación, no hay sitio ni para sentarse!

Ella ya había estado allí, por supuesto, un día en el que Lao Tan no estaba. Llevaba un vestido con un generoso escote. El bajó la cremallera en su espalda y pudo abrir el vestido para besar sus senos. Ella no tenía el mismo aspecto que ahora, con su uniforme y las dos pequeñas coletas sujetadas con un elástico para reemplazar su grande y larga trenza, peinado estándar de las mujeres soldado y estilo de las guardias rojas de aquella época.

– ¡Prepáranos un poco de té, estamos muertos de sed!

Lin dejó voluntariamente la puerta abierta y se quedó en el umbral abanicándose con un pequeño pañuelo. Quería que los vecinos, que observaban desde las ventanas, pensaran que no habían ido a registrar su casa, e intentaba que pareciera que simplemente habían venido a hacerle una visita.

Él preparó té para todos. Ellos dijeron «No hace falta, no es necesario», pero eso rompió el ambiente tenso y solemne que se creaba en aquel tipo de sesiones. Además, como todos los protagonistas de esta escena ya se conocían, daba la sensación de que estaban entre iguales, a pesar del brazalete de guardia roja que llevaban en el brazo, testimonio de su origen de clase. El jefe, Danian, un pequeño tipo regordete, a menudo jugaba a ping-pong con él durante la pausa del mediodía; se conocían bien. Su padre era el comisario político de una división del ejército. Llevaba el viejo gorro de su padre, amarilleado de tanto lavarlo, también tenía un cinturón del ejército que ya no se llevaba en aquella época, lo que le daba un aspecto revolucionario heredero de sus ancestros.

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[7] Las antiguas ideas, la antigua cultura, las antiguas costumbres y los antiguos hábitos. (N. de los T)