58.A: Sí, por esa razón, esconde el misterio; que no se te ocurra vender el secreto de tu profesión.
59.C: No olvides que tu secreto es el amor. El amor es la palabra clave.
60.B: No, la palabra clave está escrita en nuestras caras, y escucha.
6LA: ¡Es el amor, es el amor, es el amor, el amor…!
62.B: No temas los plagios porque todo el secreto de que a duras penas leemos y escribimos, todo nuestro secreto, esta oculto en nuestro espejo místico. ¿Conoces la historia de Mevlâna de la competición de pintores? Él la tomó de otros a su vez, pero él… (la conozco, señor mío, le dije).
63.C: Un día, cuando seas viejo, cuando te preguntes si una persona puede ser ella misma, también te preguntarás si has entendido o no este misterio. ¡No lo olvides! (No lo he olvidado.)
64.B: ¡No olvides tampoco los viejos autobuses, ni los libros escritos a vuelapluma, a los pacientes y a los que no comprenden tanto como a los que comprenden!
En algún lugar de la estación, quizá en el interior del restaurante, sonaba una canción que hablaba de manera un tanto hueca del amor, de la amargura y de lo absurdo de la vida; en ese momento se olvidaron de mí y, recordando que cada uno de ellos era una anciana y bigotuda Sherezade, comenzaron a contarse historias de forma amistosa, fraterna, triste. He aquí algunas:
La divertida y amarga historia del desafortunado columnista cuya única pasión en la vida era describir el viaje que hizo Mahoma por los Siete Cielos y que tanto se entristeció cuando supo que, años antes, Dante había hecho algo parecido. La del sultán loco y pervertido que en su infancia perseguía cornejas con su hermana por las huertas. La del escritor que perdió sus sueños cuando su mujer lo abandonó. La del lector que comenzó a creerse que era a un tiempo Albertine y Proust. La del columnista que se vestía como el sultán Mehmet el Conquistador. Etcétera, etcétera.
9. Alguien me sigue
«A veces caía la nieve, a veces la oscuridad.»
Hüsn-ü Alk, JEQUE GALIP
A lo largo de todo ese día Galip recordaría una y otra vez, como quien recuerda el único detalle que le queda de una pesadilla agorera, el viejo sillón que vio esa mañana después de salir de casa de su amigo Saim el archivero mientras bajaba a Karakóy por las antiguas calles de Cihangir y por sus estrechas aceras escalonadas. Alguien había abandonado el sillón en una de las empinadas cuestas de la parte de atrás de Tophane, por donde en tiempos tanto había vagado Celâl siguiendo la pista del tráfico de opio y grifa en Estambul, ante las rejas cerradas de las carpinterías y de los establecimientos de vendedores de papel pintado, suelos de linóleo y cenefas de escayola. El barniz de los brazos y las patas se le había desprendido, el cuero del asiento estaba desgarrado como si le hubieran hecho una herida y por entre el cuero brotaban sin esperanza alguna los oxidados muelles como si fueran las tripas que brotan de un caballo de un escuadrón de caballería al que le han rajado el vientre.
Al llegar a Karakóy, Galip estuvo a punto de pensar que la soledad de la cuesta donde había visto el sillón y el hecho de que la plaza se encontrara vacía (a pesar de que pasaban de las ocho) estaban relacionados con algún desastre cuyas señales todos hubieran interpretado. Era como si a causa de aquella catástrofe que se acercaba hubieran atado unos a otros los transbordadores, que ya debían estar navegando, y los fuelles se encontraran desiertos, como si los vendedores ambulantes, los fotógrafos que hacían fotografías instantáneas y los pedigüeños de rostros quemados por el sol que atestaban el puente de Gálata hubieran decidido pasar sus últimos días descansando. Galip, apoyado en el parapeto del puente y mirando las turbias aguas, recordó primero cómo los niños que en tiempos se congregaban en aquel rincón del puente se sumergían en el agua para sacar las monedas que los turistas cristianos arrojaban al Cuerno de Oro, y luego se preguntó por qué Celâl no habría mencionado esas monedas, que años más tarde tendrían un significado completamente distinto, en el artículo en el que hablaba sobre el día en que las aguas se retiraran del Bósforo.
Subió a su despacho y comenzó a leer la nueva columna de Celâl. De hecho, no era nueva, sino que se había publicado años antes. Aquello, de la misma forma que era una clara señal de que Celâl llevaba tiempo sin enviar ningún nuevo artículo al periódico, podía ser un indicio secreto de alguna otra cosa. Y en cuanto a la pregunta central del artículo, «¿Le cuesta trabajo ser usted mismo?», y al barbero protagonista de la columna, que era quien la preguntaba, quizá no se refirieran a los significados a los que parecía apuntar el artículo, sino a otros, secretos, asentados en el mundo exterior.
Galip recordaba que tiempo atrás Celâl le había comentado algo al respecto: «La mayor parte de la gente -le dijo Celâl- no se da cuenta de las particularidades esenciales de los objetos simplemente porque las tienen delante de las narices. Sin embargo, ven y notan las secundarias porque están apartadas en un rincón y sólo por eso les llaman la atención. Por ese motivo en mis artículos nunca aparece absolutamente claro lo que quiero mostrarles y aparento encajarlo en un rincón de la columna. Ese rincón en el que oculto el verdadero significado no está demasiado escondido, por supuesto, lo hago como si quisiera engañar a un niño jugando al escondite, pero también porque sé que el niño se creerá rápidamente lo que encuentre allí. Pero lo peor es que arrojan a un lado el periódico sin percibir ni el significado completamente evidente que tienen delante de sus narices en el resto del artículo ni los significados ocultos y casuales que requerirían un poco más de paciencia e inteligencia».
Galip arrojó a un lado el periódico y obedeciendo a un Impulso interior fue al Milliyet a ver a Celâl. Sabía que Celâl bajaba más al periódico los fines de semana, cuando estaba desierto, y esperaba encontrarlo a solas en su despacho. Mientras subía la cuesta pensaba en decirle sólo que Rüya se encontraba ligeramente enferma. Luego le contaría la historia de un cliente sumido en la desesperación porque su mujer le había abandonado. ¿Qué opinaría Celâl de un cuento así? La amada mujer de un ciudadano al que todo le iba bien, honesto, trabajador, con la cabeza en su sitio, comedido, abandonaba repentinamente a su esposo de una manera totalmente contraria a nuestra historia y nuestras tradiciones. ¿Qué podría indicar eso? ¿De qué significado secreto podía ser indicio? ¿Qué signo de qué apocalipsis? Celâl se lo explicaría después de escuchar con atención los detalles de la historia de Galip; cuando Celâl explicaba las cosas, el mundo entero cobraba sentido, las verdades «ocultas» que teníamos delante de las narices se convertían en partes sorprendentes de una historia rica en detalles que ya sabíamos de antes pero que no sabíamos que la supiéramos, y así la vida se hacía más soportable. Mientras observaba las brillantes ramas de los húmedos árboles del jardín del consulado de Irán, Galip pensaba que preferiría vivir en un mundo explicado por Celâl que en el suyo propio.
No pudo encontrar a Celâl en su despacho. La mesa estaba recogida, los ceniceros vacíos y no estaba su taza de té. Galip se instaló en el sillón morado en que se sentaba cada vez que entraba en aquella habitación y comenzó a esperar. Sentía la absoluta convicción de que poco después oiría las carcajadas de Celâl en una de las salas del interior.
Había recordado muchas cosas cuando por fin perdió la convicción. La primera vez que fue al periódico, sin que en casa lo supieran, acompañado de un compañero de clase que luego se enamoraría de Rüya, con la excusa de recoger unas invitaciones para un concurso de la radio que se emitiría en directo (a la vuelta Galip dijo avergonzado «También nos habría llevado a la imprenta, pero no tenía tiempo». «¿Has visto las fotos de mujeres que tenía en la mesa?», le contestó su compañero). Cómo en su primera visita con Rüya Celâl les había llevado a la imprenta («¿Usted también quiere ser periodista, señorita?», le había preguntado el anciano encargado de las máquinas y Rüya le hizo la misma pregunta a Galip en el camino de vuelta) y cómo había soñado en aquel despacho como si fuera un lugar de Las mil y una noches, lleno de papeles y sueños donde se creaban historias y vidas maravillosas que él ni siquiera era capaz de imaginar…