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Causó primero la sorpresa entre los sagaces cocheros que estaban al tanto de la salida de la casa de Griboyédov. Fue uno de ellos el que hizo la primera observación, incorporándose en la delantera:

—¡Anda! ¡Mirad eso!

Repentinamente, como por arte de magia, se encendió una luz junto a la reja y fue acercándose a la terraza. Los ocupantes de las mesas empezaron a incorporarse y vieron aproximarse, junto con la lucecita, un fantasma blanco hacia el restaurante. Cuando llegó a la verja se quedaron todos como estatuas de sal, con trozos de esturión pinchados con el tenedor y los ojos desorbitados. El conserje, que acababa de salir del guardarropa del restaurante al patio para fumar, apagó el cigarro y echó a andar hacia el fantasma con la intención, seguramente, de cerrarle el paso al restaurante, pero, sin saber por qué, no lo hizo y se quedó parado con una estúpida sonrisa en los labios.

Y el fantasma, después de traspasar la puerta de la reja, puso los pies en la terraza sin que nadie se lo impidiera. Y todos pudieron ver que no se trataba de ningún fantasma, sino de Iván Nikoláyevich Desamparado, el conocido poeta.

Iba descalzo, con unos calzoncillos blancos a rayas y, sujeto por un imperdible a su camisa, llevaba un icono de papel con la imagen de un santo desconocido. En la mano llevaba encendida una vela de boda. Mostraba arañazos recientes en el carrillo derecho. Sería difícil describir la densidad del silencio que se hizo en la terraza. A un camarero se le derramó la cerveza de la jarra que llevaba inclinada.

El poeta levantó la vela sobre su cabeza y dijo con voz fuerte:

—¡Hola, amigos! — Miró por debajo de la mesa más próxima y exclamó con angustia—: ¡Tampoco está aquí!

Una voz de bajo dijo categóricamente:

—¡Otro! Delirium tremens.

Y otra voz de mujer asustada:

—¿Pero cómo le habrán dejado las milicias pasar con esa pinta?

Iván Nikoláyevich la oyó y respondió:

— Por poco me detienen dos veces, en la calle Skátertni y aquí, en la Brónnaya. Pero salté una verja y ya veis, me he arañado el carrillo. — Entonces Iván Nikoláyevich levantó la vela y gritó—: ¡Hermanos en la literatura! — su voz ronca se fortaleció e hizo más enérgica—. ¡Escuchadme todos! ¡Está aquí! ¡Hay que darle caza antes de que nos haga un daño irreparable!

—¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Quién está aquí? —volaron las voces de todo el restaurante.

— El consejero — dijo Iván—, y este consejero acaba de matar a Misha Berlioz en «Los Estanques».

Entonces, de los salones del interior salió gente en masa y una multitud se precipitó sobre la lucecita de Iván.

— Con permiso, explíquese, por favor — dijo una voz suave y amable al oído de Iván—. Dígame, ¿cómo que le mató? ¿Quién le mató?

— El consejero extranjero, profesor y espía — respondió Iván volviendo la cabeza.

—¿Cómo se llama? — le preguntaron al oído.

—¿Que cómo se llama? — gritó Iván con pesadumbre—. ¡Si yo supiera su apellido! No me dio tiempo a leerlo en su tarjeta. Me acuerdo nada más de la primera letra, es una «V». ¿Pero qué apellido empieza por «V»? — se preguntó Iván a sí mismo, apretándose la frente con la mano, y empezó a murmurar—: Ve, va, vo… ¿Vashner? ¿Vagner? ¿Vainer? ¿Vegner? ¿Vinter? — a Iván se le movía el pelo del esfuerzo.

—¿Vulf? — gritó una mujer con pena.

Iván se enfadó.

—¡Imbécil! — gritó buscando a la mujer con la mirada—.

¿Qué tiene que ver Vulf? Vulf no tiene la culpa de nada… Vo, va… No, así no saco nada en limpio. Bueno, ciudadanos. Hay que llamar inmediatamente a las milicias, que manden cinco motocicletas y ametralladoras para cazar al profesor. Ah, y no olvidar que va con otros dos: uno alto con chaqueta a cuadros y con unos impertinentes rotos y un gato negro, grandísimo. Mientras, yo buscaré aquí, en Griboyédov, porque presiento que se encuentra aquí.

Iván sentía una gran desazón; se abrió paso a empujones entre los que le rodeaban, y apretando la vela, manchándose con la cera que goteaba, se dedicó a mirar debajo de las mesas.

Alguien dijo: «¡Un médico!», y ante Iván apareció un rostro de aspecto cariñoso, rollizo, afeitado y bien alimentado, con gafas de concha.

— Camarada Desamparado — habló el rostro con voz de aniversario—, tranquilícese. Usted está afligido por la muerte de nuestro querido Mijaíl Alexándrovich… no, simplemente nuestro Misha Berlioz. Ahora los camaradas lo acompañarán hacia su casa y dormirá con tranquilidad.

Iván le interrumpió, enseñando los dientes:

—¿Pero no te das cuenta que hace falta atrapar al profesor? ¡Y me vienes con esas tonterías! ¡Cretino!

— Camarada Desamparado, ¡por favor! — contestó la cara, enrojeciendo, y retrocedió arrepentida de haberse mezclado en aquel asunto.

— Nada de favores, y menos a ti — dijo con odio Iván Nikoláyevich.

Convulso, se le descompuso la cara de repente, cogió la vela con la mano izquierda y le dio una bofetada a la cara que respiraba compasión. Creyeron que había que arrojarse sobre Iván, y así lo hicieron. Se apagó la vela, al poeta se le cayeron las gafas y quedaron aplastadas inmediatamente.

Se oyó un tremendo grito de guerra de Iván, que con el regocijo de todos llegó hasta los bulevares; el poeta intentó defenderse. Ruido de platos que se estrellaban en el suelo y gritos de mujeres.

Mientras los camareros trataban de sujetar a Desamparado con unas toallas, se estaba desarrollando en el guardarropa esta conversación entre el comandante del bergantín y el conserje:

— Pero ¿no viste que estaba en calzoncillos? — preguntaba con una voz muy fría el pirata.

— Pero Archibaldo Archibáldovich — decía el conserje con temor—, ¿cómo iba a impedirle la entrada si es miembro de MASSOLIT?

— Pero ¿no viste que estaba en calzoncillos?

— Usted perdone, Archibaldo Archibáldovich — contestaba el conserje ruborizado—, ¿qué otra cosa podía hacer? Ya comprendo que hay señoras en la terraza y…

— No tiene nada que ver con las señoras. Además, a ellas les da lo mismo — decía el pirata, atravesándole literalmente con la mirada—. ¡Pero a las milicias sí que les importa! En Moscú, una persona puede deambular en paños menores solamente en un caso: si va acompañado por las milicias y en una sola dirección: hacia el cuartel de las milicias. Y tú, como conserje, debes saber que, sin perder un segundo, en el mismo momento que aparece un hombre vestido así, tienes que ponerte a silbar. ¿Me oyes? ¿No oyes lo que está pasando en la terraza?

El aturdido conserje oyó el estrepitoso ruido de platos rotos y los gritos de las mujeres.

—¿Y qué hago contigo ahora? — preguntó el filibustero.

La piel del conserje adquirió un color como de tifus, sus ojos parecían los de un cadáver. Y tuvo la sensación de que una pañoleta de seda roja, de fuego, cubría repentinamente el cabello negro, con raya, de su jefe. Incluso el plastrón y el frac desaparecieron, y sobresalía de un ancho cinturón de cuero el mango de una pistola. El conserje se vio a sí mismo colgado de una verga. Se vio con la lengua fuera, la cabeza inerte, caída sobre un hombro, y hasta llegó a oír las olas rompiendo contra el barco. Se le doblaban las piernas. El filibustero se apiadó de él, se apagó su mirada aguda.

— Escucha, Nikolái, ¡que sea la última vez! Ni regalados nos interesan conserjes como tú. ¡Vete de guardián a una iglesia! — y al decir esto el comandante le ordenó con rápidas y precisas palabras—: Llamas a Panteléi del bar. A un miliciano. El informe, un coche. Y al manicomio. — Y luego añadió—: Silba.

Un cuarto de hora después el asombradísimo público, no sólo el del restaurante, sino también la gente del bulevar y de las ventanas de los edificios que daban al patio del restaurante, veía salir del portal de Griboyédov a Panteléi, el conserje, a un miliciano, un camarero y al poeta Riujin, que llevaban a un joven fajado como un muñeco, que lloraba a lágrima viva y escupía a Riujin precisamente, gritando a todo pulmón: —¡Cerdo! ¡Canalla! Un malhumorado conductor intentaba poner en marcha el motor de su camión. Junto a él, un cochero calentaba al caballo, pegándole en la grupa con unas riendas color violeta, mientras decía a voz en grito: —¡En el mío! ¡Que ya se sabe de memoria el camino al manicomio! La gente que se había arremolinado, murmuraba y comentaba el su ceso. En resumen, un escándalo repugnante, infame, sucio y atrayente, que terminó sólo cuando el camión se alejó llevándose al pobre Iván Nikoláyevich, al miliciano, a Panteléi y a Riujin.