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– Mi peluche -dijo Benjamin-. Es muy bonito. Peluche tiene lazo azul.

Rieron un poco.

– Nuestro padre nos dio una buena educación cristiana -continuó Eva-. Willy y yo hemos pensado educar a Benjamin con ese espíritu, si es que las autoridades dejan que se quede con nosotros. La visión que tenía mi padre de la vida será nuestra pauta a seguir.

Notó que aquello les gustaba. El silencio daba calidez al momento.

– Ya sabéis que debéis acudir a un cursillo de dos fines de semana para prepararos para la adopción, antes de que intervenga el Consejo de adopciones para tomar una decisión de reconocimiento. Y, aunque no sabemos cuál será el resultado, creo que podréis explicar las grandes cuestiones de la vida mejor que la mayoría, así que…

Eva notó que se callaban. Como si de pronto hubieran extraído la calidez de la estancia. Hasta Benjamin dejó de corretear.

– Mira -dijo-. Luz azul. Luz azul brillante.

– Creo que es la Policía -informó Willy-. ¿Habrá habido un accidente?

Eva pensó que sería algo sobre su hermano. Fue lo que pensó hasta que escuchó las voces en el pasillo, y cómo su marido protestaba al principio y después parecía enfadarse.

Después oyó pasos en el salón, y cómo las dos señoras se retiraban educadamente.

– ¿Es él, Mia Larsen? -preguntó una voz de hombre que no reconoció.

Se oyeron unos cuchicheos. No pudo oír qué se decía. Parecía que un hombre explicaba algo a las dos señoras con quienes había estado hablando.

Su marido empezó a levantar la voz desde el pasillo. ¿Por qué no entraba a la sala?

Luego oyó llorar a una mujer joven. Primero a distancia, después más cerca.

– Por Dios, ¿qué ocurre? -preguntó.

Notó que Benjamin se le acercaba. Que la cogía de la mano y ponía una pierna sobre su rodilla. Luego tiró de él hacia arriba.

– ¿Eva Bremer? Somos de la Policía de Odense, y venimos con la madre de Benjamin, que desea llevarlo a casa.

Eva contuvo la respiración. Pidió a Dios que todos desaparecieran. Le pidió que la dejara despertar de aquella pesadilla.

Se acercaron a ella, y entonces oyó a la mujer hablar con Benjamin.

– Hola, Benjamin -lo saludó con voz temblorosa. Una voz que no debería estar allí. Que debería estar lejos-. ¿No conoces a mamá?

– Mamá -dijo Benjamin. Parecía asustado y se acurrucó en el regazo de Eva. Después continuó, aferrado a su cuello-. Mamá. Benjamin miedo.

Se hizo el silencio en la estancia. Por un momento, Eva solo oyó la respiración del chico. La respiración de aquel chico que amaba más que su propia vida.

Después percibió otra respiración. Igual de profunda y angustiada. Escuchó y sintió que sus manos empezaban a temblar tras la espalda de Benjamin.

Oyó aquella respiración y, al final, la suya.

Tres personas respirando hondo. Con miedo y angustia ante los próximos segundos.

Apretó al niño contra sí. Contuvo la respiración para no llorar. Apretó al niño tan fuerte que parecían ser uno.

Luego aflojó su presa. Tomó la manita y la apretó con fuerza. Por un momento luchó contra el llanto, pero después tendió su mano, que aún agarraba la mano del niño. Se quedó callada un breve instante, y después oyó su propia voz, lejana.

– ¿Has dicho que te llamas Mia?

Oyó un «sí» precavido.

– Ven, Mia. Ven aquí con nosotros, que te sintamos.

Agradecimientos

Muchísimas gracias a Hanne Adler-Olsen por su inspiración y estímulo diarios y por su aportación lúcida y perspicaz. Gracias también a Elsebeth Wæhrens, Freddy Milton, Eddie Kiran, Hanne Petersen, Micha Schmalstieg y Karlo Andersen por sus indispensables y minuciosos comentarios, y a Anne C. Andersen por su mirada aguda y su energía chispeante. Gracias a Henrik Gregersen, del periódico local de Frederikssund. Gracias a Gitte y Peter Q. Rannes y al Centro para Escritores y Traductores de Hald, así como a Steve Schein por su enorme hospitalidad cuando más falta hacía. Gracias a Bo Thisted Simonsen, subdirector del Departamento de Genética Forense. Gracias al comisario de policía Leif Christensen por compartir generosamente su experiencia y por sus correcciones relacionadas con la Policía. Gracias al jefe de máquinas Jan Andersen y al subcomisario de Policía René Kongsgart por las horas instructivas concedidas en Jefatura, y al agente de policía Knud V. Nielsen por su afabilidad y hospitalidad en la Asociación Funeraria de la Policía de Copenhague.

Gracias a los fantásticos lectores que habéis visitado mi página web, www.jussiadlerolsen.com y me habéis animado a seguir escribiendo en jussi@dbmail.dk.

Jussi Adler-Olsen

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