– Al menos reconozco su eficacia, aunque sea demasiado tarde para poder hacer algo. ¿Preferirías que me hubiera marchado sin intentarlo?
– Preferiría que fueras sincero con ella, que le digas la verdad.
– No debí haberte contado los problemas de la empresa.
– No, no debiste. Aunque estás jugando con su futuro, no con el mío -puntualizó, y porque sabía que él estaba haciendo lo que creía correcto, dejó pasar el tema-. Pero no me hagas caso. Por lo demás, ¿qué sé yo? Estoy segura de que haces lo que crees que es mejor para todos. Bueno, pasando a otra cosa, parece que has conseguido algo, ¿no es verdad? Por eso has vuelto antes. ¡Cuéntame!
– ¿Antes de que se lo diga a Blanche? ¿Sería correcto? -preguntó, con una sonrisa.
– Probablemente, no -admitió, irritada al descubrir que también sonreía.
– ¿Blanche te contó lo que he estado haciendo? -preguntó Sebastian.
– Mencionó que habías ido a investigar un poco. Supongo que es lo básico cuando se emprende una nueva aventura.
– La investigación me ha abierto los ojos en cuanto a nuestro potencial. Por ejemplo, he descubierto que nuestro comprador más importante surte casi a ochocientas tiendas.
– Eso implica la producción de un tremendo montón de tarjetas.
– Pero no sólo tarjetas. Podríamos sacar al mercado cuadernos, libretas, agendas de direcciones, incluso bolsas de regalos o frascos de esencias con diseños como éste -dijo con entusiasmo al tiempo que indicaba las ilustraciones botánicas.
– Si ésa es tu gran idea, debo decirte que Blanche ya está en ello. Incluso tenemos un nombre para la colección: «Botanicals», ¿qué te parece? Es un nombre sencillo, de fácil memorización.
– Adjudicado- aprobó Sebastian al tiempo que le tomaba la mano y se la apretaba con firmeza, como si formaran un equipo.
Matty tuvo que hacer un gran esfuerzo para no caer en la trampa. Ellos no formaban un equipo. En Coronet Cards cada cual trabajaba para conseguir sus propios fines.
– Bueno, trabajo hecho. Blanche se puede encargar del resto.
– Ese trabajo está hecho. ¿Pero, qué pasa con los niños de tres a seis años? -preguntó Sebastian cuando Matty retiró la mano con suavidad-. ¿Habéis llegado a algo?
– Nada todavía, pero lo estoy pensando. Bueno, será mejor que vuelva a mi tablero de dibujo -dijo al tiempo que dirigía la silla hacia la puerta.
– Fui a tu casa antes de venir a la oficina.
– ¿Sí? ¿Por qué? -preguntó al tiempo que giraba hacia él, lo que hacía pensar que para ella era tan difícil marcharse como para él dejarla partir.
– Porque quería hablar contigo. Pero una mujer medio loca me dijo a través del portero automático «Matty no está aquí» -dijo dijo con un fuerte acento.
Matty se echó a reír.
– Connie no está loca, sólo es griega. Es el ama de llaves de Fran. Fue abandonada por un hombre que la trataba un poco mejor que a una esclava. Fran la llevó a su casa cuando la encontró desmayada de hambre en el parque. Tiene un corazón de oro y es maravillosa con los niños, y conmigo también. Así que ambas tenemos en común el haber sido rescatadas.
– ¿Fran te llevó a su casa tras el accidente?
– En cuanto terminé la rehabilitación, aunque lo hizo parecer como si yo le estuviera haciendo el favor de obligarla a enfrentarse al sótano de una vez por todas. Así que tras sacar los trastos viejos, se dedicó a ampliarlo y convertirlo en un apartamento con jardín. Y Connie todavía se comporta como si yo no pudiera hacer frente a las tareas domésticas. En cuanto salgo del piso, ya baja ella con la aspiradora en mano. Bueno, ¿así que pensaste que fui yo la que atendió tu llamada? -preguntó. Al ver que Sebastian ni lo confirmaba ni lo negaba, exclamó entre risas-: ¡Sí, lo pensaste!
Matty deseó no haberse precipitado en marcharse. Si hubiese sido más valiente estaría junto a él, con la mano en la suya mientras él le explicaba sus ideas respecto a un tipo de tarjetas personalizadas que se imprimirían en el acto. No le era fácil concentrarse, ni siquiera amparada en la seguridad de la distancia que los separaba. El solo hecho de mirarlo le impedía pensar con claridad.
Se preguntaba cómo sería sentir sus cabellos entre los dedos, cómo olería su piel al salir de la ducha, cómo sería sentir sus largos dedos acariciándola.
El esfuerzo por volver a la realidad la hizo estremecerse.
Sebastian dejó de hablar y la miró con preocupación.
– Matty, ¿te encuentras bien?
Ella tragó saliva y luego asintió.
– Lo siento. Es el aire acondicionado -mintió.
– Vaya.
La única molestia con la temperatura radicaba en su interior. Era el calor y no el frío lo que le causaba problemas.
Acostumbrada como estaba a salir completamente ilesa de cualquier coqueteo, siempre se había sentido a salvo, y nunca se le había ocurrido pensar en los riesgos que podría correr cuando abordó a Sebastian aquella noche en la recepción de Fran y Guy, irrumpiendo en su oscuro ensimismamiento.
– Volviendo a la impresión de tarjetas, ¿no será muy costosa la producción? ¿Qué me dices del entrenamiento del personal? -preguntó haciendo un gran esfuerzo por concentrarse.
– Me han dicho que no hará falta más que una fotocopiadora. Podrás comprobarlo por ti misma cuando el prototipo esté preparado.
– ¿Ya has pensado en eso?
– Tengo un cuñado experto en estas materias. Dice que dispone de un equipo informático capaz de realizar el trabajo con un mínimo de adaptación. Todo lo que necesitamos es alguien que se encargue de preparar la programación y ya lo tendremos resuelto. Además, mi cuñado conoce a esa persona -declaró entusiasmado, pero al ver su expresión dudosa, añadió-: No se trata de nueva tecnología, Matty. Tú misma puedes imprimir tarjetas de negocios personalizadas en cualquier gasolinera.
– Sí, pero…
– Esto no es tan diferente. Los diseños son fijos. El comprador sólo tiene que programar cada nombre. Aunque hay un pequeño problema.
– ¿De veras? ¿Sólo uno?
– No sólo necesito tus dibujos, también tendré que pedirte que los adaptes un poco.
– ¿Y si no quiero?
– Bueno, hay otros abecedarios -replicó inexpresivamente, pero sus ojos, del color del mar en un día de sol, le aseguraron que sabía que no se iba a negar-. No me cabe duda de que hay muchos editores que estarían contentos de llevarse mi dinero.
– Es verdad. Tal vez deberías preguntarle a tu asesora qué es lo que sugiere.
– Como asesora de la empresa, ¿qué sugieres, Matty?
– Te aconsejaría que ahorraras tu dinero y utilizaras la opción por la que ya has pagado.
– ¿Estás de acuerdo, entonces? -dijo mientras se acercaba y le tomaba la mano que, esa vez, ella no retiró-. Gracias.
– Agradéceselo a Blanche. Desde ayer guarda un talón para mí. Tengo entendido que tiene fondos.
– Cuentas con mi garantía personal -afirmó al tiempo que le apretaba la mano-. Tienes la mano fría. Tal vez podríamos continuar la conversación en un sitio más abrigado. ¿Tienes hambre?
– Parece que alimentarme se ha convertido en el trabajo de tu vida, ¿no es así? No, no contestes esa pregunta. Sí, tengo hambre. ¿Podrás conseguir una mesa en Giovanni's a esta hora? -preguntó bromeando.
– Te sorprenderías de todo lo que puedo hacer, pero he pensado en algo menos formal. Podríamos aprovechar este día de sol y comer al aire libre.
– ¿Un picnic en el parque? De acuerdo, pero para hacer un picnic se requiere algo de comida.
– ¿Crees que invitaría a una dama con las manos vacías? Quiero que sepas que llegué a tu casa armado de un bocadillo de aguacate, exactamente como lo pediste -declaró antes de indicar la mesa detrás de ella.
Matty miró por encima del hombro y vio una bolsa con el nombre de una elegante pastelería. Debió de haberla dejado allí cuando llegó.