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En la casa encontró a la señora Cousinet que lo esperaba para servirle la comida. Le preguntó qué quería comer y él optó por un plato de carne y un poco de ensalada con aceite de maíz. Antes de retirarse, la señora Cousinet murmuró:

– Entonces, ¿no se entendió con el matrimonio?

– ¿Qué matrimonio? -preguntó Pedro.

– Los Muraton.

– ¡Ah no! ¡En absoluto!

– Sin embargo, tenían todo el aspecto de conocer su oficio.

– Tal vez demasiado.

En lugar de irse, la señora Cousinet daba vueltas en el escritorio. Su rostro espeso, de nariz redonda, de mentón redondo, de ojos redondos, expresaba una mezcla de atrevimiento y temor. De pronto se arrojó al agua:

– ¿Me permite que le haga una sugerencia, señor Jouanest? Es una idea que se me ha ocurrido de pronto… Usted podría conservar a Miguel para el jardín y tomar una mucama externa para la casa.

– No me parece posible -dijo Pedro-. Además, él quiere irse a Portugal.

– ¡Oh, no señor! El no sabe bien ni dónde está, pobre. ¡Están tan ligado a “ La Buissonnerie ”! Usted ya ha visto cómo se dedica al jardín desde que volvió. Este rincón de tierra es su vida. ¡Irse de aquí sería para él romperse el corazón! Y no hablo de esos chicos que lloran cada noche ante la idea de irse de Francia. Créame, bastaría que usted dijera una palabra y Miguel se quedaría…

– Sí -concedió Pedro-, eso sería evidentemente una solución. Pero usted misma, señora Cousinet, ¿no podría seguir ocupándose de la casa como lo hace ahora?

La señora Cousinet pareció desconcertada y enrojeció de placer:

– ¿Yo? ¡Qué amable es usted al pedírmelo, señor Jouanest! Si con eso usted se arregla, ¿por qué no? Nunca podré reemplazar del todo a la pobre María, por cierto. Sin embargo, con la ayuda de Miguel para los trabajos pesados, podría funcionar…

Ella irradiaba luz, esférica y limpia. Pedro se sentía extrañamente exhausto. No sabía que deseaba, desde el principio, este acomodamiento irregular. Todo volvía a estar en orden. No tenía que preocuparse de nada.

– Vaya a buscar a Miguel -dijo.

Cuando el jardinero se presentó ante él, tuvo que contenerse para no recibirlo con una gran sonrisa de amistad. Fue con un tono sereno que le ofreció quedarse definitivamente en “ La Buissonnerie ”. Miguel lo escuchó, con la frente hacia adelante, la mandíbula pesada, el aire malhumorado, y de pronto, girando sobre los talones, se dirigió hacia la puerta. Ya en el umbral, se dio vuelta. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Volvió sobre sus pasos. Su labio inferior colgaba, completamente húmedo. Resopló, se enjugó el rostro con un pañuelo y balbuceó:

– ¡Hay tantas cosas que hacer aquí! ¿Vio el techo, al costado del patio? Hay que rehacerlo. Y luego, usted sabe, la verja que cierra la propiedad está hundida, deshecha… Ya hace mucho tiempo lo hablé con la señora. Ella quería construir un muro alrededor del lugar… Podría hacerlo yo solo, no le costaría más que el precio de los materiales…

Hablaba con una voz contenida, con furor y humildad, sin agradecimiento, como si ese desenlace no correspondiera a su deseo más profundo.

– ¿Una pared? -dijo Pedro-. Me parece bien, Miguel. Solamente que usted tiene para algunos años con eso.

– Tardaré el tiempo que sea necesario, pero lo terminaré -gruñó Miguel-. Una hermosa pared, muy sólida, que esté por fin en nuestra casa…

La emoción le cortaba el aliento. Los ojos volvieron a humedecérsele. Aspiró profundamente y concluyó:

– Eso es todo.

– Sí, eso es todo -dijo Pedro.

De pronto se sintió tan confundido como Miguel. Sentado detrás de su escritorio, daba vueltas en sus manos una antigua lupa que Susana le había regalado, en otra época, para su aniversario.

– Y en cuanto a las medidas, señor -dijo todavía Miguel-, ¿retomo las que ya decidí antes con la señora?

– ¡Por supuesto! -respondió Pedro. Con la garganta oprimida, continuó jugando con su lupa.

– Ella decía un metro ochenta de alto, en total. En ladrillo. Y arriba, un techo a dos aguas con una torrecita.

– De acuerdo -dijo Pedro.

– Pero no tenga miedo señor: esto no va a impedirme ocuparme del jardín. Todo se hará al mismo tiempo. ¿Qué me queda si no es el trabajo en esta vida?

Esta reflexión llegó a Pedro hasta el fondo. Se la había hecho a sí mismo muchas veces luego de la desaparición de Susana. Miguel y él sufrían la misma enfermedad. Dos viudos ubicados cara a cara. Un pesado silencio cayó sobre ellos. Se miraron. Luego de un largo momento, Miguel inclinó la cabeza y puso la mano en el picaporte de la puerta. Pedro lo detuvo para preguntarle si tenía noticias sobre la indemnización que podría recibir por la muerte accidental de María. Miguel respondió que el conductor responsable del accidente había huido, sin testigos, y no había ningún recurso en la justicia. Por otra parte, como María había muerto fuera de su trabajo, cuando iba a la casa de una amiga, la Ayuda Social se negaba a reintegrarle los gastos.

– Pero eso no tiene ninguna importancia para mí, señor -prosiguió Miguel-. ¿Qué es el dinero comparado con la vida? ¡Hasta me parece que me disgustaría hacerme pagar por mi duelo! ¿Acaso uno puede, al mismo tiempo, llorar y tender la mano para recibir el dinero?

La señora Cousinet golpeó la puerta. El señor estaba servido. Atravesó el salón para dirigirse al comedor. Al pasar, su mirada se deslizó sobre los muebles antiguos, de maderas preciosas, muertos al mismo tiempo que su dueña. De golpe, abandonaba el mundo viviente por un museo. La idea misma de instalarse en esa habitación para tomar el café no le venía al espíritu. En el comedor, se sentó en su lugar habitual, al extremo de la larga mesa, y miró al vacío. Un profundo silencio lleno de hojas rodeaba la casa. Sobre la madera lustrada, a cada lado del plato, se destacaban las manos de Pedro, pálidas y secas, con las uñas cortas. Tragó su carne fría, mientras leía el diario. Sus ojos absorbían confusamente las noticias más alarmantes sin que disminuyera en su corazón el sentimiento de la paz reencontrada.

5

El termómetro marcaba 25°. El sistema de filtración hacía correr una vibración en la superficie del agua. El aire era suave, el cielo sin nubes. Pedro decidió tomar el primer baño de la estación en la piscina caldeada. Aunque fuera domingo, Miguel, a algunos metros de allí, rastrillaba, limpiaba. No podía estar sin trabajar. Sentados juntos sobre una piedra, los hijos lo miraban trabajar con un aburrimiento respetuoso. Durante la vida de María, que era muy religiosa, la familia Álvarez iba a misa todos los domingos. Desde que ella había muerto, Miguel ya no llevaba a sus hijos a la iglesia. Sin duda no había practicado la religión más que para complacer a su esposa. Pedro se desvistió en el vestuario, ubicado cerca de la piscina, se puso su slip y se estremeció, agradablemente sorprendido por la brisa matinal sobre su piel desnuda. La piscina, en su entorno de viejas piedras grises y de césped, tenía una limpidez atrayente. Probó el agua con el dedo del pie. Enseguida, con las piernas juntas, los brazos tendidos, se zambulló. La facilidad de movimientos de su cuerpo en el agua lo enorgulleció. Nadó estilo crawl, controlando la regularidad de sus pataleos, luego se dejó ir en una brazada tranquila, por el solo placer de flotar, sin peso, alerta y rejuvenecido.