– ¿Y qué pasa con los votos que ha hecho Korahna como protectora?
– Eso no constituye ningún impedimento para él -siguió la Guardiana-. Sospecha que quizá no es más que una imprudencia juvenil; pero, si no es así, es algo que puede aprovechar en beneficio propio. Un sucesor al trono criado como un protector obtendría un rápido apoyo por parte de los oprimidos súbditos del Rey Espectro. Y tal heredero recibiría, también, el respaldo de la Alianza del Velo.
– Sí, ya lo comprendo -asintió Ryana-. El vizconde Torian es realmente ambicioso. Inteligente, también.
– Y totalmente sin escrúpulos -añadió la Guardiana-. Torian no siente simpatía ni por protectores ni por profanadores. Seguiría cualquier camino que le ofreciera mayores ventajas. A Torian sólo le importa Torian.
– Pobre Korahna -se apiadó la joven-. Aunque se ha criado entre grandes lujos, sigo sintiendo pena por ella. Parece que ni las princesas son inmunes a las maquinaciones de hombres ambiciosos.
Mientras se encaminaban hacia un grupo de palmeras donde pasarían la noche, Sorak volvió a tomar el control.
– Korahna no tiene intención de convertirse en un peón de la partida de Torian. Es perspicaz, y conoce cuáles son sus intenciones.
– ¿Qué hará?
– Escapar -contestó Sorak-. De hecho, planea hacerlo esta noche.
– Pero ¿cómo? -inquirió Ryana-. ¿Adónde iría, aquí en medio del desierto?
– Con nosotros, a través de las Planicies Pedregosas.
– ¿Qué? -exclamó Ryana incrédula.
– Torian jamás sospecharía que una princesa criada entre algodones planeara escapar al desierto -explicó Sorak-. No hay más que dos guardas a la entrada de su tienda. La joven planea abrirse paso por la parte trasera y reunirse con nosotros esta noche.
– ¿Qué le hace pensar que la llevaremos con nosotros?
– Somos protectores como ella -dijo Sorak-. No puede creer que vayamos a negarnos, especialmente después de haber visto cuál es la situación. E, incluso aunque nos negáramos, ella podría acusarnos de intentar secuestrarla.
– En ese caso debemos partir al instante -indicó Ryana, recogiendo sus cosas.
– No -repuso Sorak-. Esperaremos y la llevaremos con nosotros.
Ryana lo miró atónita.
– ¿Te has vuelto loco? ¡Los mercenarios de Ankhor irían tras nosotros inmediatamente!
– Pero nos buscarían en la ruta meridional, hacia Altaruk. Después de molestarse tanto en contarnos los peligros a los que nos enfrentaríamos si intentáramos cruzar las Planicies Pedregosas, jamás se les ocurriría que hemos seguido ese camino, en especial con la princesa.
– ¡Esto es una locura! -protestó Ryana-. Esa mimada flor de palacio no sobreviviría a una travesía por las planicies. No hará más que retrasarnos, y sin duda agobiarnos con sus quejas a cada paso que dé.
– Pensaba que sentías lástima por ella.
– Quizá, pero estaría mucho mejor con Torian que con nosotros en un viaje por ese territorio. ¿De qué nos servirá llevarla con nosotros? ¿O es que te ha encandilado su belleza?
– Los celos no son propios de ti, Ryana -observó Sorak-. Si yo pudiera prendarme de alguna mujer, esa mujer serías tú. Pero sabes que eso jamás podrá ser, por mucho que yo lo desee. No es la belleza de Korahna lo que deseo, sino sus conexiones con la Alianza del Velo en Nibenay. Ella podría facilitarnos en gran medida nuestra tarea.
– Así que en lugar de ser un peón de Torian, lo sería nuestro.
– Eso, también, resulta injusto -repuso Sorak-. Ella ansía regresar a casa, a sus amigos de la Alianza, los únicos amigos que ha conocido nunca. Ellos pueden protegerla y proporcionarle un hogar. Nosotros la conduciremos hasta ellos. A cambio, pediremos tan sólo ser presentados. Es un intercambio justo, y nadie resultará utilizado.
Ryana aspiró profundamente y exhaló luego el aire con un sonoro suspiro.
– No puedo enfrentarme a tu lógica -dijo-. Pero no me hace ninguna gracia la idea de arrastrar a una princesa mimada por las Planicies Pedregosas. El viaje ya sería bastante peligroso sin ella.
– Cierto -asintió Sorak-; pero, dejando aparte el hecho de que llevarla con nosotros servirá a nuestras intenciones, sabes tan bien como yo que es lo que hay que hacer. Mimada o no, consentida o no, princesa o no, ella es también una protectora como nosotros, y no podemos hacer oídos sordos a su solicitud de ayuda.
– No, no podemos -admitió la muchacha de mala gana-. Ella también lo sabe. Pero ¿y si la atrapan cuando intenta escapar?
– Entonces no podemos hacer nada. Es ella quien debe intentar conseguir escapar. Después de eso, tendrá muchas oportunidades de poner a prueba su compromiso con su juramento como protectora. Esperaremos hasta una hora antes de amanecer. Si no se ha reunido con nosotros para entonces, nos pondremos en marcha. Túmbate y descansa un poco. La Centinela montará guardia.
No tuvieron que esperar mucho. Las hogueras fueron perdiendo intensidad a medida que la caravana se acomodaba a pasar la noche, y el silencio descendió sobre el oasis. Poco después de medianoche, Sorak despertó a Ryana apretándole suavemente el brazo con la mano. La joven abrió los ojos al instante, y se incorporó a toda velocidad; vio que él se llevaba un dedo a los labios. Al poco rato, oyó el sordo sonido de suaves pisadas que se acercaban. Una figura borrosa y encogida dentro de una capa oscura cruzaba el terreno, examinando la zona con atención.
– Korahna -llamó Sorak en voz baja, cuando ella se acercó más.
La figura se detuvo unos segundos; luego los vio y se dirigió con paso rápido hacia el grupo de palmeras.
– ¿Me esperabais? -inquirió, sorprendida. Una expresión de repentina comprensión recorrió sus encapuchadas facciones-. Claro -siguió, mirando a Ryana-, leíste mis pensamientos.
– No debemos perder tiempo -intervino Sorak, antes de que Ryana pudiera corregirla-. Hemos de marcharnos al momento. Iré en busca del kank. -Se alejó veloz en la oscuridad.
– Os estoy profundamente agradecida por vuestra ayuda -dijo Korahna-. Y puedo comprender el motivo de la prisa. Los mercenarios de Ankhor nos perseguirán cuando sepan que he huido.
Ryana no contestó. Se limitó a contemplar a la princesa, que no había traído nada con ella en lo referente a provisiones, ni siquiera un odre de agua. La daga cubierta de piedras preciosas que llevaba en la cintura era a todas luces más un adorno que un arma ofensiva. Dudaba incluso de que la muchacha supiera cómo utilizarla. La joven llevaba una capa ligera y el mismo vestido sedoso que luciera durante la cena, y se cubría los delicados pies con un simple par de sandalias muy finas. Andando por el desierto, aquellas sandalias no habrían durado ni un día. En las planicies, quedarían hechas pedazos en un instante. No necesitaban aquella carga añadida. Tal vez Sorak tuviera razón y la princesa les fuera de utilidad para entrar en contacto con la Alianza cuando llegaran a Nibenay; pero, contemplándola, Ryana tenía serias dudas de que Korahna sobreviviera al viaje. Resultaría una enorme carga para ellos.
Sorak regresó enseguida con el kank siguiéndolo a poca distancia. Se escuchó un ruido sordo y algo aterrizó sobre el polvo a los pies de Korahna.
– Ponte esto -indicó Sorak.
La princesa miró al suelo y vio un par de gruesos mocasines de piel ante sus pies.
– Esas sandalias endebles no durarían ni una hora en el desierto -explicó el joven-. Le quité éstos a un guarda que vigilaba las bestias de carga. Para cuando lo descubran, atado y amordazado, ya estaremos lejos.
Korahna levantó los ojos hacia Sorak contemplándolo incrédula.
– ¿Esperas que me ponga el calzado de un guarda de caravana? -exclamó con repugnancia-. ¿Después de que sus mugrientos pies lo hayan ensuciado?