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– Prefiero salir de este salón tan coqueto; creo que deberíamos continuar.

Matthew se mostró de acuerdo.

– Vamos, le enseñaré las otras habitaciones. En realidad no son mucho mejores, en lo que respecta a estas cosas. Pero la cocina está libre de todo esto, empecemos por allí.

Fueron a la cocina, a la que se accedía desde el vestíbulo. No era tan enorme, pero contaba con los electrodomésticos más modernos. En los estantes había filas y filas de botellas de vino.

Þóra empezó a dudar de que Matthew conociese mucha «gente normal». Su propia cocina era el yin, si ésta era el yang. Había una gran cocina de gas, un enorme mostrador de acero, un lavaplatos, un fregadero al estilo de los que tienen las cocinas de los barcos, cubetas para enfriar vino y un frigorífico doble, de los más grandes.

– Siempre he querido tener una nevera así.

– ¿Y por qué no se compra un refrigerador de éstos? -preguntó Matthew.

Þóra se giró hacia Matthew, volviéndose de espaldas al refrigerador.

– Por la misma razón por la que no me he comprado otras cosas caras que me apetecen. Porque no tengo para esas cosas. Aunque a usted le resulte difícil imaginarlo, resulta que en algunas casas el dinero no sobra, precisamente.

Matthew se encogió de hombros.

– Un refrigerador no es precisamente un capricho.

Þóra prefirió no responder. Fue hacia el armario y miró el interior. En uno de los estantes inferiores se veía un conjunto de cacerolas de acero con tapaderas de cristal, tan deslumbrantemente limpias que dudó de que se hubieran utilizado alguna vez.

– Parece que Harald no guisaba mucho, a pesar de tener esta cocina tan espléndida -dijo cerrando el armario. Se desperezó.

– Pues no, si le conozco bien, yo diría que se habrá dedicado a comprar comida preparada, o a comer fuera.

– Eso indican los extractos de su tarjeta de crédito. -Miró a su alrededor y no vio nada que pudiera proporcionarles información alguna. Además, la puerta de la nevera estaba vacía: no había imanes ni tampoco, en consecuencia, notas. El frigorífico de su casa se utilizaba como una especie de central de comunicaciones del hogar. Casi ni ecordaba de qué color era: estaba todo cubierto de horarios de clase, tarjetas de invitación y otras cosas parecidas.

– ¿Echamos un vistazo al resto? -preguntó Þóra, que ya se había cansado de la cocina-. Dudo que encontremos aquí nada que pueda servirnos de ayuda.

– A menos que alguien le haya matado para quitarle el refrigerador -dijo Matthew, y añadió con tono de broma-: ¿Dónde estaba usted la noche en la que se perpetró el asesinato?

Þóra se limitó a sonreírle irónica.

– En el extracto de la tarjeta de crédito había varios cargos mienores de una tienda de animales de compañía… ¿Harald tenía alguna mascota?

Matthew sacudió la cabeza, extrañado.

– No, aquí no había animales ni nada que pudiese indicar que los hubiera habido.

– Pues estaba segura de que había estado comprando cosas para su mascota. -Þóra miró en los armarios de la cocina en busca de comida de gatos u otros alimentos para animales. Nada.

– Telefonéeles -propuso Matthew-. A lo mejor ellos lo recuerdan… ¿quién sabe?

Þóra buscó el número de la tienda, telefoneó, habló con el empleado y colgó.

– Qué raro -le dijo a Matthew-. Le recuerdan, aseguran que compró hámsteres varias veces. ¿Está seguro de que no había jaúlas de hámster por aquí?

– Sin ningún género de duda -respondió Matthew

– Qué raro -dijo Þóra-. El chico con el que he hablado me ha contado también que Harald había intentado comprarles un cuervo.

– ¿Un cuervo? -exclamó Matthew escandalizado-. ¿Para qué?

– El chico no tenía ni idea. No venden cuervos, de modo que el asunto no fue a más. Pero le había parecido extraño y por eso se acordaba de Harald.

– No me extrañaría que Harald considerase ese pájaro como alguna clase de símbolo de las estupideces esas de la magia -dijo Matthew.

– Quizá -respondió Þóra-. Pero difícilmente podría decirse lo mismo de los hámsteres.

Abandonaron la cocina y entraron al pasillo al que se abrían las demás habitaciones del piso. Matthew abrió el cuarto de baño, y Þóra miró dentro: no parecía albergar ningún secreto. Igual que la cocina, estaba puesto a la última moda y era de estilo refinado, pero por lo demás no había nada especialmente interesante. Entraron en el dormitorio de Harald, que resultó ser mucho más interesante.

– ¿Ha intervenido alguien aquí, o es que él era siempre así de pulcro? -preguntó Þóra, señalando la cama, perfectamente hecha. Ésta era tan anormalmente baja como el sofá del salón.

Matthew se sentó a los pies de la cama. Sus rodillas le llegaban a la barbilla. Acomodó las piernas y las dejó extendidas delante de él.

– Tenía una asistenta que lo ordenó todo el fin de semana que fue asesinado, para gran disgusto de la policía. Naturalmente, en aquellos momentos ella no tenía ni idea del asesinato, como nos pasaba a todos. Se limitó a venir cuando le tocaba y a arreglar las cosas. Hablé con ella, y contaba maravillas de Harald. Aunque, a decir verdad, señaló que pocas mujeres de la empresa para la que trabaja quisieron encargarse de este piso.

– Pues no me lo explico -dijo Þóra con ironía, señalando con un leve movimiento de la mano los cuadros colgados en las paredes. Eran del mismo tipo que los del salón, aunque en éstos eran sobre todo mujeres a las que estaban sometiendo a tortura, o castigos, o ejecutando. La mayor parte estaban desnudas hasta la cintura, otras por completo-. Esto es como cualquier dormitorio de un hombre normal.

– Quizá sólo ha tenido usted relaciones con los hombres equivocados -se apresuró a responder Matthew con una sonrisa.

– Estaba bromeando -respondió Þóra-. Naturalmente que nunca he estado en un dormitorio tan peculiar como éste. -Fue hacia una gran pantalla fijada a la pared, delante de la cama-. Me intriga saber qué cosas se pondría -dijo inclinándose sobre el reproductor de DVD que estaba colocado en una cómoda debajo de la pantalla. Lo encendió, apretó el botón de extracción del disco y el cargador salió vacío.

– Yo saqué el disco -dijo Matthew, que había seguido desde la cama lo que estaba haciendo Þóra.

– ¿Y qué había estado viendo? -preguntó Þóra, volviéndose hacia Matthew.

– El Rey León -respondió Matthew sin el más mínimo gesto y se puso de pie-. Venga, le enseñaré el despacho. Es allí donde tendremos más oportunidades de encontrar algo que pueda ayudarnos.

Þóra se incorporó y le siguió, pero decidió probar suerte y mirar la mesilla de noche de Harald. Abrió el único cajón. Estaba repleto de frascos y tarros de crema que se habían utilizado obviamente para cuidados personales, así como un paquete de preservativos abierto, en el que faltaban varios condones. «Había mujeres a las que no les molestaba la decoración de las paredes», pensó Þóra.

Cerró el cajón y alcanzó a Matthew.

Capítulo 10

Laura Amaming miró el reloj. Eran las tres menos cuarto: tenía tiempo de sobra para acabar sus tareas y llegar puntualmente, a las cuatro. Tras llevar un año viviendo en Islandia, por fin había accedido, el otoño pasado, a matricularse en un curso de islandés para extranjeros. Le horrorizaba llegar tarde. Le venía estupendamente que las clases fueran en el edificio central de la universidad, a un tiro de piedra de Árnagarður, donde trabajaba. Le habría resultado prácticamente imposible asistir a clases si éstas fueran en cualquier otro sitio: no terminaba de trabajar hasta media hora antes de empezar la clase, y no tenía coche para desplazarse de un sitio a otro.