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Mustafá vaciló.

– No inmediatamente -reconoció-. Pero al cabo de unos años ya no necesitaba ayuda, y renuncié.

Yashim lo dudaba, pero no dijo nada.

– Puede comprobar los archivos. Dejé de ser jenízaro en mayo de mil ochocientos quince. Hacía falta valor. Usted no lo comprendería.

Yashim hacía todo lo posible.

– ¿No querían dejarle marchar? ¿O quería usted el dinero?

El albanés le lanzó una mirada de desprecio.

– Escuche, yo voy a donde quiero. Lo de hoy es una excepción. Yo no necesitaba el dinero. Me las estaba arreglando bien. -Yashim parpadeó; le creía-. Me resultaba difícil romper con ellos.

Yashim se inclinó hacia delante.

– ¿Cómo lo hizo?

El maestro sopero extendió sus enormes manos y se las miró.

– Aprendí a confiar en mí mismo. Vi con mis propios ojos lo que les había pasado a los jenízaros. Lo que ellos habían permitido que le ocurriera a la tradición real, la única que importaba. Ya no servían al imperio. -Levantó la mirada-. ¿Cree usted que eso es evidente? Yo estaba sólo esperando (muchos, como yo, sólo esperaban) a que la tradición del servicio regresara a nosotros. Al final, decidí que ya no podía esperar más. Vi que estábamos condenados a repetir nuestros errores. Usted piensa que los jenízaros eran perezosos, cobardes, arrogantes. Los motines… las injerencias…

El maestro sopero se acarició la barba y miró entrecerrando los ojos a Yashim, que se había quedado como hipnotizado.

– Mire usted, los hombres que colgábamos del Árbol de los Jenízaros eran una presa demasiado fácil. Cuando nos enfurecíamos, entonces alguien nos proporcionaba nombres, y gritábamos: «¡Mátalo! ¡Mata a éste y al otro!» Nos los arrojaban. Pensábamos que las cosas irían mejor después de eso.

»Ponga usted coriandro en la sopa. Bueno, a algunas personas les gusta, a otras, no; otras ni siquiera lo notan. Olvidemos a las personas a las que no les gusta. Añada algunas judías. Algunas zanahorias. Es lo mismo. A algunos les gusta. A otros, no. Pero, a la mayor parte de las personas, tanto les da. Finalmente, puede usted quitar los callos. Llámelo sopa. Nadie notará la diferencia. Sólo unos pocos. -Se tiró del bigote-. Los jenízaros eran así. Como una receta que ha sido tranquila y completamente alterada. En la ciudad, yo hacía callos y sopa de cebolla con callos y cebolla. Pero en el cuartel, por decirlo así, querían que yo creyera en una especie de sopa de callos y cebolla hecha con judías y grasa. Al final, tuve que irme.

Yashim admiró las agallas del viejo. Había muchas cosas en esta ciudad que se basaban en la apariencia. Hacía falta cierta clase de temperamento para que un hombre se apartara. Pero, bueno, el albanés no se había apartado del todo. Al menos si lo que Yashim sospechaba sobre los vigilantes del gremio era cierto.

– Sus viejos amigos… -sugirió.

– No, no, no tenían ningún ascendiente sobre mí, no es lo que usted podría pensar. Y tampoco me echaban la culpa. Pero me recordaban. Nuestras vidas discurrían por caminos separados. Pero recordaban.

Cogió una pasta con un torpe movimiento del brazo y se la metió en la boca. Yashim lo observó mientras masticaba lentamente. Sus ojos brillaban.

– El quince de junio fue la peor noche de mi vida. Oía los calderos… Todos los oíamos, ¿no? El sultán había esperado dieciocho años. Dieciocho años para que un niño se convirtiera en un hombre, y durante todo ese tiempo albergó una resolución, destruir la fuerza que había destruido a Selim.

«Quizás», pensó Yashim. Pero los motivos de Mahmut eran más complejos que la simple venganza por la muerte de su tío. También quería librarse de los hombres que casi le habían elevado al trono. Cancelar una deuda, así como vengar una muerte. Los jenízaros habían inocentemente esperado gratitud, y creyeron tener carta blanca. Yashim podía recordar el dibujo que fue pegado a la puerta de palacio una noche, mostrando al sultán como un perro conducido por un jenízaro. «Ved cómo usamos nuestros perros -decía el cartel-. Mientras son útiles y se dejan conducir, los tratamos bien; pero cuando dejan de prestar servicio, los mandamos de un puntapié a la calle.»

– Los habitantes de la ciudad estaban asustados. ¡Bum, bum! ¡Bum, bum! Era un sonido espantoso, ¿no? La noche estaba cayendo, y no oíamos ningún otro sonido en las calles a pesar de estar a la escucha. Yo me subí al tejado, deslizándome como un gato. Oh, sí, había una tradición sin duda. Decían que la voz de los jenízaros era la voz del pueblo. Los hombres lo creían. Los calderos estaban retumbando por todo el imperio, como lo habían hecho durante siglos. Sólo se oía el sonido de los calderos golpeando, y el ladrido de los perros parias en las calles.

»Mire, me quedé en el tejado y escuché el sonido y lloré por aquellos locos. Lloré por un sonido. Sabía que nunca lo volvería a oír, aunque viviera mil años.

Se pasó las manos por la cara.

– Más tarde, después de la matanza y la destrucción, algunos vinieron a pedirme un trabajo tranquilo. Uno de ellos había estado viviendo durante días en una madriguera de zorro cuando prendieron fuego a los bosques de Belgrado para limpiarlos. Habían tenido que mantenerse alejados de sus familias y parientes, para la seguridad de éstos. Estaban perdidos. Fueron acusados. Pero habíamos compartido el plato. Les daba dinero y les decía que se largaran, que se fueran de Estambul. Nadie se interesaría más por ellos al cabo de una semana, o unos meses.

»Y lentamente algunos de ellos empezaron a volver. Buscando trabajos discretos… fogoneros, vigilantes, curtidores. Yo conocía a algunos. Debía de haber millares, supongo, desconocidos para mí.

– ¿Millares?

– Conocía a un puñado de ellos, así que les di trabajo. Por las noches. Un trabajo discreto. -Cerró los ojos y movió la cabeza lentamente de un lado a otro-. No puedo comprenderlo. Diez años, y todos ellos hombres buenos, tranquilos. Agradecidos por el empleo.

– ¿Y para qué supone usted que querrían un caldero?

El maestro sopero abrió los ojos y los fijó en Yashim.

– Eso es lo que no comprendo. Era sólo un falso caldero, de todos modos. No era más que una ficción.

Yashim se acordó del oficial muerto, enroscado en el fondo del caldero.

– Siempre era falso, ¿no? -preguntó Yashim-. Eso es lo que usted dijo. Sopa de callos hecha con grasa y judías.

El maestro sopero lo miró con sorpresa y juntó las manos.

Capítulo 19

– ¡Tienes que hacer que vuelva Yashim! -La Valide hizo con el dedo un gesto de advertencia-. Podrían asesinarnos a todos en la cama.

El sultán Mahmut II, Señor de los Horizontes, Amo del mar Negro y del Blanco, levantó las manos y miró al techo. Difícilmente podía concebirse, pensó, que trescientas mujeres sanas y fuertes -y en esta suma incluía a su madre, por supuesto- pudieran ser realmente asesinadas, una a una, en el sanctasanctórum del poder imperial.

Con todo, se permitió jugar con la idea. Conservaría a la deliciosa Fátima a su lado en todo momento y al final, a través de un simple proceso de eliminación, ambos sabrían quién era la asesina. Entonces él y Fátima saltarían por encima de las estranguladas bellezas y acabarían con ella. Él anunciaría que estaba demasiado conmocionado por la experiencia para tomar más esposas; sería injusto para ellas, él era demasiado viejo. Se casaría con Fátima, y ésta le frotaría los pies.

– Valide -dijo cortésmente-, tú sabes tan bien como yo que estas cosas ocurren. Probablemente hay una explicación.

Quería señalar que ésta sería casi con toda seguridad una explicación muy banal, pero comprendió que su madre se sentiría contrariada por la insinuación. Aquél era su reino, compartido por el Kislar Agha, el eunuco negro en jefe, y todo lo que ocurría en él tenía que ser serio.