– Yo no ando necesitada de dinero, lord Grant. Como os dije antes, gano lo suficiente para sufragar mis necesidades y he heredado todavía algo más. Además, el dinero no es sustituto del amor. El mismo amor que vos, de una manera tan singular, fracasáis en dar a aquéllos que dependen de vuestra persona, y el que sin duda la hija de David necesitará en su vida…
– ¡Lord Grant! ¡Lady Joanna! -los interrumpió Churchward-. ¡Por favor! ¡Esto es intolerable!
Se hizo un largo, denso y tormentoso silencio, únicamente roto por los ocasionales murmullos malhumorados del abogado.
– El señor Churchward tiene razón -dijo al fin Joanna, haciendo un visible esfuerzo por recuperar su autocontrol-. Este enfrentamiento personal nuestro en nada ayuda a resolver la situación, lord Grant.
Se miraron fijamente, con tanta hostilidad como impotencia.
– ¿Por qué? -inquirió Alex con tono feroz-. ¿Por qué pudo hacer Ware algo así?
Joanna sacudió la cabeza.
– No tengo la menor idea del motivo por el cual David os endosó a vos semejante responsabilidad -una amarga sonrisa asomó a sus labios-. Sí que entiendo, en cambio, el motivo por el que me hizo esto a mí. Deseaba castigarme por no estar a la altura de lo que consideraba eran mis deberes como esposa. Y la manera fue mandarme al último confín del mundo para rescatar a su hija -le tembló la voz levemente por un momento-. Buscaba para ello explotar mi desesperada necesidad de tener un retoño, diciéndome que podía quedarme con Nina, pero a condición de que fuera a buscarla personalmente, en un viaje que sabía que me horrorizaría y pondría en peligro mi vida… -se interrumpió, volviendo el rostro para que Alex no pudiera leer su expresión. Cuando continuó, su voz había recuperado su tono calmo-. Y, sin embargo, no consigo imaginar qué llevó a David a enredaros a vos en esta venganza. Quizá sabía que inevitablemente llegaríamos a enfrentarnos y que, al vernos obligados a compartir la tutela de la niña, acabaríamos degollándonos mutuamente -lo miró-. Lamento de verdad que David os haya involucrado en todo esto, lord Grant.
Se levantó de la silla. El perro, Max, soltó un gruñido mientras se incorporaba a su vez y se sacudía, levantando una nube de polvo dorado en el cuadrado de luz que entraba por la ventana.
– Si eso es todo, señor Churchward -se dirigió cortés al abogado-, os ruego entonces me disculpéis. Tengo urgentes preparativos que hacer para el viaje.
Alex también se levantó.
– ¡Esperad un momento! No podéis marcharos así de golpe. Tenemos que hablar.
– No deseo hablar con vos en este momento, lord Grant. Sólo conseguiríamos seguir discutiendo. Entiendo que necesitaremos tratar de muchos asuntos, pero os sugiero que solicitéis con antelación una entrevista.
– Habláis como si tuviéramos que organizar una velada o una fiesta de disfraces -le espetó Alex-, en lugar de garantizar el bienestar de una niña indefensa.
Joanna lo ignoró y tendió la mano al abogado:
– Aceptad por favor mis disculpas, señor Churchward, por las difíciles circunstancias en que os ha colocado mi difunto marido. Siempre os estaré agradecida por el servicio que habéis prestado a mi familia, y lamento enormemente haberos arrastrado a esta situación.
– Madame… -Churchward parecía muy afectado- sabéis perfectamente que si existiera alguna manera de poder ayudaros…
– Lo sé -Joanna aspiró profundamente y Alex se dio cuenta de pronto de que le estaba costando mantener la dignidad-. Tened por seguro que me mantendré en contacto, y gracias una vez más por todo.
– Esperad -dijo nuevamente Alex-. Os acompañaré a vuestro carruaje, lady Joanna.
– No necesito vuestra compañía.
– Insisto.
– Y yo os ruego que no lo hagáis -lo miró con expresión feroz, y Alex pudo ver lo cerca que estaba en aquel momento de perder el control-. Sé que si insistís en acompañarme es para hablar conmigo. Pero yo no puedo seguir hablando de esto. Por favor, disculpadme.
La puerta se cerró a su espalda y, durante unos segundos, reinó un silencio sepulcral en el despacho. Alex se dio cuenta de que el abogado lo miraba con expresión inescrutable.
– ¿Queda algún asunto pendiente más, señor Churchward? -le preguntó cortés.
– Ninguno, milord.
– Tal parece que profesáis una gran simpatía por lady Joanna.
El abogado entrecerró los ojos, disgustado, y se limpió los lentes con gesto enérgico.
– Soy perfectamente imparcial en todos mis tratos con mis clientes, lord Grant. Lady Joanna siempre me ha tratado con exquisita cortesía y consideración, y a cambio yo le correspondo con una absoluta lealtad.
– Muy conveniente -murmuró Alex-. ¿Y David Ware? ¿Contaba él también con vuestra lealtad?
Se hizo un brevísimo silencio antes de que Churchward respondiera:
– Siempre serví bien al comodoro Ware.
– Una respuesta de abogado. ¿No os agradaba Ware?
– Es generalmente aceptado que el comodoro Ware era un héroe.
– No es eso lo que os he preguntado.
La puerta de la oficina contigua estaba entreabierta: Alex podía escuchar el rumor de voces y el rasgueo de plumas de los empleados, pero en el santuario del señor Churchward el silencio era absoluto.
– Quizá… deberíais preguntaros vos mismo por qué os interesa tanto mi respuesta, lord Grant. ¿Por qué lo preguntáis? -alzando los ojos, lo miró con expresión desafiante-. Vos fuisteis el mejor amigo del comodoro Ware. Entiendo que vuestra lealtad hacia él es inquebrantable. Que paséis un buen día, lord Grant.
Lo dijo mientras sostenía la puerta a Alex, después de haber dejado su pregunta flotando en el aire.
Cuatro
Joanna subió al carruaje a Max, que saltó al asiento y enseguida se quedó dormido. Pidió luego al cochero que la esperara y echó a andar por las atestadas aceras hacia el parque de Lincoln's Inn. Necesitaba respirar un poco de aire, necesitaba espacio y tiempo para pensar. Apenas era consciente de las multitudes que pasaban a su lado: para ella sólo eran manchas de colores y borrosas nubes de rostros. El murmullo de las voces, los gritos de los vendedores callejeros y los gritos de cocheros y palafreneros le estallaban en los oídos. El sol lucía con demasiada fuerza y le hería los ojos. Los olores de los cuerpos que se le acercaban demasiado, los de las bostas de los caballos, los del césped cortado y de las flores, agrios unos y dulces otros, la avasallaban. Caminó casi a ciegas hasta que encontró un banco a la sombra de un olmo y se sentó, sintiéndose repentinamente cansada.
No le dolía que David le hubiera sido infieclass="underline" demasiadas veces había sucedido antes. Desde el principio de su matrimonio lo había sabido incapaz de mantener sus calzas abrochadas. Y sin embargo, jamás se le había pasado por la cabeza que pudiera engendrar un hijo con otra mujer. Cuando se enteró de la existencia de la hija de David por las palabras del abogado, su primera reacción había sido de sorpresa y de incredulidad, de negativa automática. El mundo entero había basculado en las tinieblas, difuminándose. Luego se había llamado a sí misma ingenua y estúpida por haber supuesto sin más que, sólo porque David no había tenido hijos con ella, otra mujer no hubiera podido dárselos. En aquel preciso momento, todos sus sueños y anhelos de maternidad, que secretamente había acariciado y reprimido a la vez durante años, afloraron de golpe. Se sentía invadida por la ira y la amargura, así como por una tristeza que le robaba el aliento.
«Eres una arpía frígida y estéril…». Todavía recordaba las palabras de aquella última y horrible pelea que había tenido con David, y que terminó con ella yaciendo inconsciente y sangrando en el suelo. Le había encolerizado sobremanera que, después de cinco años de matrimonio, hubiera fracasado en bruñir y rematar su gloria proporcionándole un hijo y heredero, primer eslabón de una estirpe de exploradores que siguieran sus pasos por el globo. Qué no habría dado él por haber visto satisfecho aquel deseo…