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Pero David había estado ausente de la mayoría de sus años de casada, lo cual, según Joanna, había significado una grave desventaja a la hora de tener descendencia. Él se había comportado, sin embargo, como si una simple mirada suya hubiera bastado para que concibiera trillizos. Como eso no sucedió, el placer que al principio había sentido por su joven esposa se había trocado en impaciencia, y al final en abierta hostilidad y rabia. Joanna había soportado su furia en silencio, asaeteada por el remordimiento de no haber sido capaz de cumplir con su deber de esposa.

Sus ciclos menstruales siempre habían sido regulares. Al principio había dado por hecho que quedarse encinta sólo era una cuestión de tiempo. Pero, al cabo de un tiempo, se dio cuenta de su error. Sus relaciones sexuales con David, que inicialmente no entrañaron más que una tibia decepción, pronto se convirtieron en una penosa obligación y más tarde en algo que temía por su absoluta falta de amor. Sabía que a muchas mujeres les desagradaba la forzada intimidad del aspecto físico del matrimonio, pero ella se obstinó ciegamente en esperar un placer mayor de sus acoplamientos. Un placer que nunca llegó a experimentar. Terminó diciéndose que un hijo sería al menos un consuelo: pero tal parecía que tampoco eso iba a ser.

Su tía, cuyo carácter supersticioso se agravó durante los últimos años de su vida, solía enviarle pociones y ungüentos, además de darle consejos tan sorprendentes como inapropiados viniendo como venían de la esposa de un vicario. La había sermoneado asimismo sobre la sumisión de la esposa en el lecho matrimonial, y Joanna se había esforzado por obedecerla. Pero ni los consejos ni las pociones habían ayudado a producir la tan ansiada progenie. Así hasta que cierta noche, cegado por la rabia y la frustración, David se había acercado a su cama para poseerla una vez más sin ningún cuidado y consideración… para después pegarla y maltratarla físicamente. Fue entonces cuando los remordimientos de Joanna se convirtieron en odio hacia su persona.

Se abrazó con fuerza mientras horribles visiones y repugnantes recuerdos acosaban su mente, ocultándole el azul del cielo o el canto de los pájaros. El dolor desgarrador, los gritos de cólera de David, la fusta abatiéndose una y otra vez sobre su cuerpo desnudo, implacable… Había sabido que David había tenido intención de demostrarle su absoluto poder sobre su persona, amo de su hogar y de su esposa, en cuerpo y espíritu. Se había creído dueño de cada aspecto de su vida, pero se había equivocado. Aquella ferocidad suya había terminado convirtiendo a una dócil cónyuge en una mujer completamente diferente.

Después de aquella paliza, los ciclos menstruales de Joanna habían cesado completamente, hasta el punto de que había llegado a preguntarse si no se habría quedado por fin encinta. Lo había anhelado con desesperación, con cada fibra de su ser. Y, sin embargo, su intuición le había susurrado lo contrario. Intentó ignorar aquella obstinada voz, pero con el tiempo fue creciendo en intensidad. Empezó a creer que el odio que sentía por David era una úlcera que había matado toda posibilidad de engendrar un hijo. Supersticiosa como su tía, llegó a pensar que había sido maldecida y abandonó toda esperanza.

Pero luego, meses después, sus ciclos volvieron, casi como si no hubiera sucedido nada: para entonces, sin embargo, se había sentido vacía, despojada, diferente. Y estéril, tal y como David la había acusado durante la paliza. Los médicos le habían asegurado que no tenía lesión alguna, que se encontraba físicamente bien. Pero ella, en el fondo, lo había sabido. Había estado segura.

Abrió los ojos, y el cielo, de un azul puro, apareció ante ella. Oyó el sonido de las voces que llegaban hasta ella, vio la riqueza de colores que la rodeaba. Aspiró profundamente.

Se había dicho a sí misma que no le importaba no poder tener hijos. Que no le importaba que fuera para siempre «la viuda de hierba», la esposa abandonada mientras su marido navegaba por el mundo. Se había labrado un lugar propio en la alta sociedad de Londres. Adoraba su hermosa y lujosa existencia, su preciosa y elegante casa. Tenía un trabajo; tenía amistades. Y se había repetido a sí misma que no deseaba nada más.

David había sabido ya en aquel entonces que se había mentido a sí misma y a los demás. Y había puesto al descubierto aquella falsedad, con todo lujo de terribles detalles, en su carta: «Soy consciente de que Joanna detestará las constricciones que le impongo, pero si su deseo de tener una hija es tan fuerte como supongo, no le quedará otra elección que exponerse a sí misma a grandes peligros e incomodidades con tal de acudir en rescate de la criatura».

¡Aquellas palabras tan crueles e insensibles le habían revelado a ella misma la verdadera naturaleza de su desesperación, que no era otra que su secreto y persistente deseo de ser madre! Sintió un doloroso nudo en la garganta. David había desenmascarado la pretensión que la había protegido hasta entonces, desvelando su debilidad y su vulnerabilidad. Se preguntó si Alex Grant habría reparado en la implicación de las palabras de David, si se habría dado cuenta de que su marido la había detestado precisamente por su incapacidad para darle hijos. Se estremecía solamente de imaginar sus burlas.

Ahora ya no podía continuar mintiéndose a sí misma. Ya no podía fingir que la vida que llevaba satisfacía todos sus deseos. La verdad dolía demasiado. Era más dolorosa que cualquier otra cosa que se hubiera permitido sentir antes. Pero también le había regalado una oportunidad. Tenía que salvar a aquella niña, la pequeña Nina Tatiana Ware, sola y abandonada en un monasterio perdido en las soledades del Ártico. El corazón se le aceleraba ante la necesidad que sentía de reclamar a aquella criatura. Aunque tuviera que bajar al infierno, rescataría a Nina y la criaría y educaría como si fuera hija suya. Era como si el carácter generoso de su naturaleza, sistemáticamente frustrado porque nunca había encontrado ni personas ni causas merecedoras de su amor, hubiera estallado de golpe, dejándola estremecida de anhelo y entusiasmo.

– ¡Lady Joanna!

Aquél no era momento para que la interrumpieran. Mascullando una muy poco femenina maldición y enjugándose apresurada las lágrimas, se volvió para descubrir a Alex Grant acercándose por el sendero de grava. Debería haber previsto que no se conformaría con su rechazo. No era de la clase de hombres que se resignaban cuando no se salían con la suya. De repente descubrió que no podía hablar: tenía la garganta seca, rígida. «Si me dice que todo esto es culpa mía porque yo misma empujé a David a los brazos de otra mujer», pensó irritada, «o si vuelve a exigirme otra vez, con esas maneras tan altaneras suyas, que le explique lo que le hice a David para que me odiara tanto, creo que le abofetearé en público».

Pero Alex no dijo nada. Simplemente se sentó en el banco a su lado y paseó la mirada por la franja de césped del parque, hasta los edificios que se alzaban detrás. Reinó un silencio extrañamente cómodo. La brisa agitaba las hojas sobre sus cabezas, refrescando las acaloradas mejillas de Joanna. Los sonidos de la ciudad quedaron ahogados, como alejando de pronto las preocupaciones del mundo.

Joanna se volvió para mirarlo. Su cuerpo estaba relajado: un cuerpo esbelto y fuerte, elegante, vestido con su chaqueta, sus calzas y sus altas botas. Parecía sentirse perfectamente cómodo dentro de su propia piel. Se dio cuenta de que apenas se había fijado en su aspecto mientras estuvo en la oficina del señor Churchward.

Como David, Alex Grant era un hombre muy físico, de una gran fortaleza. Y sin embargo existía una diferencia entre ambos, que Joanna no conseguía identificar del todo. Su intuición le decía que Alex, al contrario que su camarada, jamás haría un mal uso de su poder, de su fuerza.