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– No lo olvide. No dude en avisarme si necesita mi ayuda. Como ya le he dicho, soy su más humilde servidor, señorita Colyton.

Se inclinó en una rígida reverencia y salió.

Em le observó marcharse, luego volvió a hundirse en la silla.

Había sido sincera al decirle que sus hermanos y ella todavía no habían tomado ninguna decisión sobre el tesoro. De hecho, Em seguía intentando asimilar su magnitud. Había esperado una bolsita llena de monedas de oro, quizás un puñado de piedras preciosas, pero la cantidad y calidad de lo que habían, encontrado hacía que viera el tesoro familiar bajo una luz muy diferente. Ahora tenía la gran responsabilidad de obrar de manera adecuada, tanto por sus hermanos como por las generaciones futuras. Decidir qué hacer con aquella riqueza ya no resultaba tan fácil como antes.

La veta de prudencia que acompañaba a su impulsividad Colyton la instaba a seguir al pie de la letra el excelente consejo de Phyllida. Debía tomarse tiempo para reflexionar y tomar las decisiones correctas.

En cualquier caso, Em no iba a confiar en Coombe, eso seguro. Ni siquiera le confiaría un puñado de monedas. Sin embargo, Lucifer era otra cuestión. Em jamás había confiado en nadie -la vida le había enseñado a ser precavida desde muy joven-, pero sí lo hacía en su instinto, que no había tardado demasiado en aceptar a Lucifer con la misma naturalidad que había aceptado a Jonas. Ambos eran hombres honrados.

De hecho, al igual que Phyllida, Lucifer tenía algo -algo inexplicable-que había hecho que ella y sus hermanos comenzaran a considerarle como parte de la familia. Em había decidido aceptar su oferta de valorar el tesoro, y luego hablaría con sus hermanos y también con Jonas, Joshua, Phyllida y Lucifer, para decidir qué hacer con él.

Resultaba extraño poder compartir con otros adultos, además de Issy y Henry, sus dudas y deliberaciones. Resultaba extraño poder contar con las opiniones y consejos de otras personas.

Curvó los labios en una sonrisa espontánea. Mientras cogía un lápiz y volvía a centrarse en las cuentas, reconoció para sí misma que poder contar con gente así a su alrededor hacía que se sintiera bien.

El día siguiente, Em estuvo muy ocupada, más ocupada que nunca. Los vecinos que vivían en las granjas más alejadas del pueblo se acercaron a la posada para oír de primera mano la historia del tesoro. Si bien éste estaba guardado bajo llave y nadie podía verlo, había mucha gente en el salón, tanto hombres como mujeres, que lo habían visto el día anterior y que estaban encantados de describir tan magnífica riqueza a los vecinos menos afortunados.

– Es inevitable -dijo Jonas cuando mucho más tarde esa noche, con la posada vacía y en silencio, la siguió escaleras arriba-. Estamos en el campo, las noticias se extienden como la pólvora. Sin embargo, es necesario que tales noticias incluyan también la ubicación actual del tesoro y el hecho de que las celdas de la posada son inexpugnables.

– Supongo que así será. -Al llegar al último escalón, Em se giró hacia la puerta de sus aposentos, la abrió y se echó hacia atrás al tiempo que soltaba un jadeo.

– ¿Qué ocurre? -Jonas se acercó a ella inmediatamente y le puso las manos protectoramente sobre los hombros mientras miraba por encima de su cabeza.

A la devastación que había en el interior.

La sorpresa los dejó paralizados durante un minuto mientras recorrían con la mirada los muebles volcados, los cojines arrojados por todas partes, los cajones abiertos del tocador con su contenido desparramado en el suelo, del que habían arrancado las alfombras.

– ¿Qué demonios…? -Con la cara muy seria, Jonas apartó a Em suavemente a un lado y entró en la sala. No parecía haber nada roto, no era una destrucción fortuita.

Miró alrededor de la estancia y luego se acercó a la puerta del dormitorio. La abrió con un leve empujón; dentro, se repetía la misma escena de la sala; habían arrancado las mantas de la cama, le habían dado la vuelta al colchón, habían abierto las puertas del armario y sacado todos los cajones, que habían vaciado en el suelo. Incluso las cortinas habían sido descorridas.

– Están buscando la llave -dijo Em detrás de él.

Él bajó la mirada a su pálida cara y asintió con la cabeza.

– Eso parece.

Alejándose de la puerta, Jonas atravesó con cuidado la habitación. En el cuarto de baño había menos lugares donde buscar una llave, pero también había sido registrado de arriba abajo.

La puerta del fondo, la que conducía a las escaleras de servicio, estaba entreabierta.

Jonas apretó los dientes y se dirigió hacia allí para examinar el pasador.

– No está echado. -Ni siquiera había un cerrojo con el que poder asegurar la puerta. El se giró y encontró a Em examinando las toallas desordenadas-. Si no te importa, mañana le diré a Thompson que le ponga un cerrojo a esta puerta.

Su voz pareció sacar a Em de su aturdimiento, haciendo que se estremeciera. Ella le miró; le llevó un momento asimilar las palabras de Jonas, pero al cabo de un rato asintió con la cabeza. Rodeándose con los brazos, Em volvió a estremecerse.

– Sí, por supuesto. De lo contrario, nunca me atreveré a volver a dormir aquí sola.

Ella no volvería a dormir sola, ni allí ni en ninguna otra parte, pero Jonas contuvo las palabras. No era el momento de presionarla.

De repente, Em levantó la cabeza con los ojos llenos de horror.

– Las gemelas. Issy…

Se acercó deprisa a él. Jonas abrió la puerta y se apartó a un lado para dejarla pasar; luego la siguió por las escaleras de servicio hacia el piso de arriba.

Em se dirigió directamente a la habitación de las gemelas, pero las niñas dormían plácidamente bajo la luz de la luna. Aliviada, Em le indicó a Jonas que retrocediera. Asomó la cabeza por las puertas de Issy y Henry, pero sus hermanos estaban durmiendo a salvo en sus dormitorios, que no mostraban señales de saqueo.

La joven lanzó un gran suspiro y buscó la mirada de Jonas con una sonrisa de alivio. En silencio, regresaron a los aposentos de Em.

Se detuvo al llegar al cuarto de baño, recogió una toalla del suelo y comenzó a doblarla.

– Menos mal que al intruso no se le ocurrió buscar en el piso de arriba.

O puede que supiera que no debía molestarse. Jonas no expresó sus sospechas en voz alta, pero se las guardó para examinarlas más tarde. Señaló la puerta abierta que conducía a la salita.

– Comenzaré por ahí.

Em asintió con la cabeza.

– Recogeré aquí y luego iré a ayudarte.

Jonas la dejó ordenando sus efectos más personales. Regresó a la sala y volvió a colocar los muebles en su lugar. Cuando ella se reunió con él, la dejó colocando los artículos más pequeños que el intruso había sacado de los cajones y entró en el dormitorio. Después de colocar el colchón, Jonas puso los cajones y los demás muebles en su sitio, antes de empezar a hacer la cama.

Cuando Em entró y le vio, sonrió.

– Puedo arreglármelas aquí. Ocúpate del resto -gruñó Jonas, estirando la sábana como había visto hacer a Gladys infinidad de veces.

Con una amplia sonrisa -no creía que a Jonas le gustara que se riera de él, aunque apenas podía evitar sonreír-, Em se volvió para recoger la ropa del suelo y colocarla, en los cajones.

Al terminar de ordenar el cuarto y cerrar el último cajón con un suspiro, vio que Jonas se las había arreglado relativamente bien con la cama. No es que importara demasiado, la desharían casi de inmediato.

Em se acercó a Jonas y le rodeó con los brazos, apoyando la frente en su pecho.

– Alguien quiere robar el tesoro.

Aunque no mencionó ningún nombre, los dos sabían, quién era el principal sospechoso. Jonas le dio un beso en la frente.

– Ya pensaremos en ello mañana. -Le levantó la barbilla con una mano y la miró a los ojos-. Esta noche… -Le sostuvo la mirada, después inclinó la cabeza y la besó.