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Vásquez propuso otro farolazo y ya fue pidiéndolo:

– ¡Dios pisitos, don Lucho!

Don Lucho, el cantinero, llenó de nuevo las copas. Atendía a los clientes luciendo sus tirantes de seda negra.

– ¡Atravesémonoslo, pues, vos! -dijo Vásquez y, entre dientes, después de escupir, agregó-: ¡A vos seguido se te va el pájaro! ¡Ya sabés que es mi veneno ver las copas llenas, y si no lo sabés, sabélo! ¡Salú!

Rodas, que estaba distraído, se apresuró a brindar. En seguida, al despegarse la copa vacía de los labios, exclamó:

– ¡Papos eran ésos que se mandaron al otro lado al coronel, de volver por el Portal! ¡Cualquier día!

– ¿Y quién está diciendo que van a volver?

– ¿Cómo?

– ¡Mie… entras se averigua, todo lo que vos querás! ¡Ja, ja, ja! ¡Ya me hiciste rirr!

– ¡Con lo que salís vos! Lo que yo digo es que si ya saben quiénes se tiraron al coronel, no vale la pena que estén esperando que esos señores vuelvan por el Portal para capturarlos, o… no hay duda que por la linda cara de los turcos estás cuidando el Portal. ¡Decí! ¡Decí!

– ¡No alegués ignorancias!

– ¡Ni vos me vengás con cantadas a estas horas!

– Lo que la policía secreta hace en el Portal del Señor, no tiene nada que ver con el lío del coronel Parrales, ni te importa…

– … ¡de torta por si al caso!

– ¡De pura torta, y cuchillo que no corta!

– ¡La vieja que te aborta! ¡Ay, juerzas!

– No, en serio, lo que la policía secreta aguarda en el Portal no tiene que ver con el asesinato. De veras, de veras que no. Ni te figurás lo que estamos haciendo allí… Estamos esperando a un hombre con rabia.

– ¡Me zafo!

– ¿Te acordás de aquel mudo que en las calles le gritaban «madre»? Aquel alto, huesudo, de las piernas torcidas, que corría por las calles como loco… ¿Te acordás?… Sí te habés de acordar, ya lo creo. Pues a ése es al que estamos atalayando en el Portal, de donde desapareció hace tres días. Le vamos a dar chorizo…

Y al decir así Vásquez se llevó la mano a la pistola.

– ¡Haceme cosquillas!

– No, hombre, si no es por sacarte franco; es cierto, créelo que es cierto; ha mordido a plebe de gente y los médicos recetaron que se le introdujera en la piel una onza de plomo. ¡Qué tal te sentís!

– Vos lo que querés es hacerme güegüecho, pero todavía no ha nacido quién, viejito, no soy tan zorenco. Lo que la policía espera en el Portal es el regreso de los que le retorcieron el pescuezo al coronel…

– ¡Jolón, no! ¡Qué negro, por la gran zoraida! ¡Al mudo, lo que estás oyendo, al mudo, al mudo que tiene rabia y ha mordido a plebe de gente! ¿Querés que te lo vuelva a repetir?

El Pelele engusanaba la calle de quejidos, a la rastra el cuerpo que le mordía el dolor de los ijares, a veces sobre las manos, embrocado, dándose impulso con la punta de un pie, raspando el vientre por las piedras, a veces sobre el muslo de la pierna buena, que encogía mientras adelantaba el brazo para darse empuje con el codo. La plaza asomó por fin. El aire metía ruido de zopilotes en los árboles del parque magullados por el viento. El Pelele tuvo miedo y quedó largo rato desclavado de su conciencia, con el ansia de las entrañas vivas en la lengua seca, gorda y reseca como pescado muerto en la ceniza, y la entrepierna remojada como tijera húmeda.

Grada por grada subió al Portal del Señor, grada por grada, a estirones de gato moribundo, y se arrinconó en una sombra con la boca abierta, los ojos pastosos y los trapos que llevaba encima tiesos de sangre y tierra. El silencio fundía los pasos de los últimos transeúntes, los golpecitos de las armas de los centinelas y las pisadas de los perros callejeros que, con el hocico a ras del suelo, hurgaban en busca de huesos, los papeles y las hojas de tamales que a orillas del Portal arrastraba el viento.

Don Lucho llenó otra vez las copas dobles que llamaban «dos pisos».

– ¿Cómo es eso de te se pone? -decía Vásquez entre dos escupidas, con la voz más aguda que de costumbre-. ¿No te estoy contando, pues, que estaba yo hoy como a las nueve, más serían, tal vez las nueve y media, antes de venirme a juntar con voz, cortejeándome a la Masacuata, cuando entró a la cantina un tipo a beberse una cerveza? Aquélla se la sirvió volando. El tipo pidió otra y pagó con un billete de cien varas. Aquélla no tenía vuelto y fue a descambiar. Pero yo me hice una brochota grande, pues desde que vi entrar al traído se me puso que… que ahí había gato encerrado, y como si lo hubiera sabido, viejo: una patoja salió de la casa de enfrente y ni bien había salido, el tipo se había puesto las botas tras ella. Y ya no pude volar más vidrio, porque en eso regresó la Masacuata, y yo, ya sabés, me puse a querérmela luchar…

– Y entonces las cien varas…

– No, ya vas a ver. En lucha estábamos con aquélla, cuando el tipo regresó por el vuelto del billete, y como nos encontró abrazados, se hizo de confianza y nos contó que estaba coche por la hija del general Canales y que pensaba robársela hoy en la noche, si era posible. La hija del general Canales era la patoja, que había salido a ponerse de acuerdo con él. No sabés cómo me rogó para que yo le ayudara en el volado, pero yo qué iba a poder, con esta cuidadera del Portal…

– ¡Qué largos!, ¿verdá, vos?

Rodas acompañó esta exclamación con un chisguetazo de saliva. -Y como a ese traído yo me lo he visto parado muchas veces por la Casa Presidencial…

– ¡Me zafo, debe ser familia…!

– No, ¡qué va a ser!, ni por donde pasó el zope. Lo que sí me extraña es la prisota que se cargaba por robarse a la muchacha ésa hoy mismo. Algo sabe de la captura del general y querrá armarse de traída cuando los cuques carguen con el viejo.

– Sin jerónimo de duda, en lo que estás vos…

– ¡Metámonos el ultimátum y nos vamos a la mierda!

Don Lucho llenó las copas y los amigos no tardaron en vaciarlas. Escupían sobre gargajos y chencas de cigarrillos baratos.

– ¿Como cuánto le debemos, don Lucho?

– Son dieciséis con cuatro…

– ¿De cada uno? -intervino Rodas.

– ¡No, cómo va a ser eso; todo junto! -respondió el cantinero, mientras Vásquez le contaba en la mano algunos billetes y cuatro monedas de níquel.

– ¡Hasta la vista, don Lucho!

– ¡Don Luchito, ya nos vemos!

Estas voces se confundieron con la voz del cantinero, que se acercó a despedirles hasta la puerta.

– ¡Ah, la gran flauta, qué frío el que hace…! -exclamó Rodas al salir a la calle, clavándose las manos en las bolsas del pantalón.

Paso a paso llegaron a las tiendas de la cárcel, en la esquina inmediata al Portal del Señor, y a instancias de Vásquez, que se sentía contento y estiraba los brazos como si se despegara de una torta de pereza, se detuvieron allí.

– ¡Éste sí que es el mero despertar del lión que tiene melena de tirabuzones! -decía desperezándose-. ¡Y qué lío el que se debe tener un lión para ser un lión! Y haceme el favor de ponerte alegre, porque ésta es mi noche alegre, ésta es mi noche alegre; soy yo quien te lo digo, ¡ésta es mi noche alegre!

Y a fuerza de repetir así, con la voz aguda, cada vez más aguda, parecía cambiar la noche en pandereta negra con sonajas de oro, estrechar en el viento manos de amigos invisibles y traer al titiritero del Portal con los personajes de sus pantomimas a enzoguillarle la garganta de cosquillas para que se carcajeara. Y reía, reía ensayando a dar pasos de baile con las manos en las bolsas de la chaqueta cuta y cuando tomaba su risa ahogo de queja y ya no era gusto sino sufrimiento, se doblaba por la cintura para defender la boca del estómago. De pronto guardó silencio. La carcajada se le endureció en la boca, como el yeso que emplean los dentistas para tomar el molde de la dentadura. Había visto al Pelele. Sus pasos patearon el silencio del Portal. La vieja fábrica los fue multiplicando por dos, por ocho, por doce. El idiota se quejaba quedito y recio como un perro herido. Un alarido desgarró la noche. Vásquez, a quien el Pelele vio acercarse con la pistola en la mano, lo arrastraba de la pierna quebrada hacia las gradas que caían a la esquina del Palacio Arzobispal. Rodas asistía a la escena, sin movimiento, con el resuello espeso, empapado en sudor. Al primer disparo el Pelele se desplomó por la gradería de piedra. Otro disparo puso fin a la obra. Los turcos se encogieron entre dos detonaciones. Y nadie vio nada, pero en una de las ventanas del Palacio Arzobispal, los ojos de un santo ayudaban a bien morir al infortunado y en el momento en que su cuerpo rodaba por las gradas, su mano con esposa de amatista, le absolvía abriéndole el Reino de Dios.