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S.T. se quedó muy sorprendido. Normalmente habrían hecho falta bastantes engatusamientos y promesas para que Marc aceptara separarse de una botella de Hermitage, y más aún tratándose de coñac, dado el abultado estado de la cuenta de S.T. Dio un sorbo a la bebida mientras reflexionaba sobre ello y ladeaba un poco la cabeza para observar con discreción a los viajeros, pero entonces descubrió que el interés era recíproco. El hombre sentado a la mesa apoyaba un codo con actitud indolente en la butaca y lo miraba con abierta insolencia. Llevaba una levita gris con un grueso lazo de encaje en el cuello, y pantalones y chaleco de color amarillo caléndula a juego. Como arma portaba una espada más ligera y apropiada que la desfasada pero efectiva colichemarde de S.T.

Los oscuros ojos del extraño recorrieron a S.T. de arriba abajo como si fuese un caballo que estuviese siendo subastado, y la expresión aburrida de su boca se curvó ligeramente hacia arriba cuando este le devolvió la mirada. Sin decir nada volvió a dirigir la vista hacia el balcón y, tras pasarse la mano por su atractivo pelo castaño, apoyó la mejilla sobre la palma de la misma.

– Ven a beber, Latour -dijo con aire lánguido a su compañero-, y dame esperanzas de que no pasaremos la noche atrapados en este lugar.

– No puedo prometer nada -contestó el otro enderezándose y haciendo una ligera inclinación de cabeza-. Parece claro que en este execrable agujero de pueblo solo viven payasos y monos.

– No, no -dijo el primero con suavidad pero gran ironía-, no pueden ser tan obtusos como este ayuda de cámara mío, que tuvo la desafortunada idea de cruzar el puente.

El hombre del balcón vaciló un instante, tras lo cual volvió a hacer otra reverencia, esa vez más pronunciada.

– Mas oui, monsieur le comte. Es como vos decís, por supuesto.

– Entra y bebe, Latour -repitió su señor en una sedosa voz baja-. Y muestra algo de respeto. Puede resultarme divertido verte tirado sobre la barandilla del balcón cuando estamos a solas, pero ahora hay otro caballero presente.

Latour obedeció y dejó el bastón con sumo cuidado en un rincón. Se situó tras la butaca del conde y cogió la copa de coñac que este le ofrecía, pero no bebió. S.T. pensó que se trataba de una pareja bastante extraña, y supuso que habría hecho mejor quedándose abajo en la taberna, donde podría haberse enterado de más cosas. Los gritos y conversaciones subían de la calle y resonaban en el tranquilo salón. S.T. suspiró al tiempo que contemplaba su copa. Con todo ese tumulto no tendría ocasión de interrogar a Marc.

Tomó otro sorbo de coñac. Al menos no parecía haber señal alguna de que Nemo hubiera sido capturado, ni evidencia aparente de que la peste se hubiese extendido por el pueblo. Ese carruaje parecía ser el acontecimiento más importante que había tenido lugar en La Paire desde las cruzadas. Miró hacia la mesa y vio que el joven noble lo estaba observando de nuevo.

– Me aburro, Latour -dijo el conde lentamente-. Me aburro mucho. He de hacer algo.

El sirviente se movió intranquilo.

– ¿Os pido una habitación, milord?

– No. Tal vez dentro de un rato. No sé si debería ser tan atrevido, pero… -dijo con una ligera sonrisa-, me gustaría saber si este caballero sería tan amable de jugar una mano de piquet para pasar el rato.

S.T. dio un sorbo a su bebida y estudió al sujeto que tenía ante él con ojo profesional. No parecía un jugador experimentado, sino más bien un acomodado aristócrata hastiado. S.T. sabía que no debía fiarse de las apariencias pero, por otro lado, no le gustaba dejar escapar la oportunidad de desplumar a alguien cuando esta se presentaba.

– No -dijo-. No me apetece devanarme tanto los sesos, monsieur; además no llevo mi bolsa encima.

El conde se sentó más recto.

– Este maldito lugar… -De pronto se levantó y comenzó a andar por la habitación-. No lo soporto. Qué alboroto están montando ahí abajo esos idiotas, y todo para nada. Infórmales de que deseo marcharme, Latour. Ve y diles que no tolero este confinamiento.

El sirviente hizo una reverencia y, mientras salía de la habitación, su amo sacó una cartera y la vació sobre la mesa.

– Mirad, señor -dijo dirigiéndose a S.T.-. Ahí hay veinte luises de oro. Podéis contarlos si queréis. Los apuesto contra nada por el mero hecho de jugar, si tenéis la bondad. Una partida, os lo suplico, no me neguéis un poco de diversión.

S.T. se rascó la oreja mientras comenzaba a preguntarse si aquel tipo estaría en sus cabales. El conde cogió su sombrero de plumas de la mesa e hizo una profunda inclinación.

– Os lo suplico. No me interesa ganar, es mi salud mental la que me preocupa. Tengo una mente muy activa. Estoy intentando portarme bien, os lo aseguro, pero si no tengo ninguna diversión, no sé de lo que puedo ser capaz.

Definitivamente no estaba en sus cabales. S.T. se encogió de hombros y sonrió. Veinte luises de oro le irían muy bien. El conde dio una palmada, encantado.

– Excelente, excelente, así que queréis jugar. Venid y sentaos. Permitidme que me presente. Soy… eh… de Mazan. Aldonse François de Mazan.

S.T. se inclinó, ignorando cortésmente la vacilación del otro al decir su nombre.

– Me llamo S.T. Maitland. A vuestro servicio, monsieur de Mazan.

– Ah, tenéis apellido inglés -dijo el conde, que lo miró durante un instante con peculiar avidez-. Me encantan los ingleses.

S.T. se sentó a la mesa.

– En ese caso, lamento decir que soy de Florencia. Mi padre era inglés, pero nunca lo conocí.

– ¡Ah, Florencia! La hermosa Italia, de la que acabo de llegar. Habláis francés muy bien.

– Gracias. Se me dan bien las lenguas. ¿Tenéis cartas, monsieur?

El conde no tenía, lo cual era una prueba de que no se trataba de algún taimado embaucador. S.T. llamó al timbre y, al poco, comenzaron a jugar con la baraja nueva que Marc les llevó. El tabernero se marchó a toda prisa del salón sin tan siquiera quedarse a ver la primera partida. Monsieur de Mazan era un jugador bastante aceptable; aunque S.T. perdió a propósito las dos primeras mangas para que el interés del conde fuera en aumento, no tuvo que esforzarse demasiado. Mientras el noble repartía la tercera mano, S.T. decidió que era el momento de comenzar a ganar los luises de oro. En cuanto se aplicó a la tarea, empezaron a llegar con bastante facilidad; cambiaban de lado sobre la mesa para ir a reposar junto a él con su apagado y prometedor brillo metálico.

Cuando los veinte estuvieron apilados en el lado de S.T., el conde se ofreció galantemente a abandonar la mesa pero, con la misma galantería, S.T. insistió en arriesgar sus ganancias. Su vieja pasión, el placer de jugar, estaba comenzando a despertarse en él.

– Bendito seáis -dijo el conde-. Me estáis salvando la vida. Tomad, otras quinientas libras contra vuestros luises de oro. -Observó a S.T. mientras este repartía las cartas y añadió-: ¿Así que decís que nunca habéis estado en Inglaterra?

– Nunca -mintió S.T. con cordialidad.

– Es una pena. Me gustaría oír más cosas de esas tierras. Varios amigos ingleses han visitado mi château recientemente. La señorita Lydia Sterne, hija del distinguido señor Laurence Sterne. ¿Habéis leído su Tristram Shandy? Es tan gracioso… Adoro a los ingleses. Y también el señor John Wilkes, que me habló de su Club del fuego del infierno. -El conde sonrió con picardía-. Esa fraternidad es de lo más interesante.