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Después de echar aquella homilía, le he dicho a mi aprendiz que atendiera la tienda en mi ausencia. Estaba autorizado a recibir pedidos, pero no a vender pergamino de los estantes, puesto que él no está enterado de todos los precios.

También le he dado instrucciones para que observara con atención a todos los clientes que entraran en la tienda. Quería que, a mi regreso, me diera una descripción cumplida del aspecto, lengua y posible condición social de todos los desconocidos a los que hubiera atendido. De ese modo, tendría algo que hacer y podría proporcionarme información necesaria para mi registro.

Martin ha demostrado ser buen observador. Debo confesar que yo no habría considerado nunca la posibilidad de educar sus ojos como complementarios de los míos si él no me hubiera hecho preguntas. Bastantes dolores de cabeza me habían correspondido en suerte. Formar a un aprendiz es de por sí suficiente carga; además, hace tres años Martin apenas sabía leer, ya no digamos escribir. Pasé buena parte de las tardes de doce meses guiándolo a través de las letras, a fin de que las conociera lo suficiente para anotar pedidos y manejarse un poco con el libro de cuentas. También le he enseñado a remojar, raspar, dividir, colgar, cortar y marcar las pieles.

Jamás se me ocurrió pensar que lo emplearía en otros menesteres.

Pero tengo puntos flacos que se hacen evidentes si no estoy constantemente en guardia. Martin los detectó enseguida. Lo mismo le ocurriría a cualquiera que compartiera mi casa conmigo durante gran parte del día; ésa es la razón (entre otras muchas) que explica que quiera pasar las noches solo. Bastaron unos pocos comentarios imprudentes para demostrar mi obsesivo interés en las manos, botas, vestidos, cicatrices, acentos y hábitos. Fue suficiente observar que a los carniceros suelen faltarles más dedos que a los soldados profesionales o que los dedos de los zapateros remendones tienen callos inconfundibles para que mi aprendiz me bombardeara a preguntas. ¿Tenían los talabarteros callos parecidos a los de los zapateros remendones? Y los campesinos que mataban a sus propios animales, ¿tenían cicatrices parecidas a las de los carniceros?

Para contestar a estas preguntas, hube de convertirme una vez más en maestro, y Martin en mi alumno. Es un chico avispado en muchos aspectos. Sabe ver las cosas y tiene un gran deseo de complacer. Tal vez espera ser mi heredero, ya que no tengo hijos. Tal vez siga instrucciones de su padre; quizás éste le haya dicho que debe ganarse mis favores por todos los medios posibles. De ser así, hay que admitir que lo obedece con gran eficiencia. He sido con él más que generoso. He sido, en realidad, indulgente.

Quiera Dios que no tenga que lamentar mi debilidad. Un hombre de mi condición no puede permitirse el más mínimo resquicio en sus defensas. Me niego a creer, con todo, que la solicitud que el chico muestra conmigo sea fingida. Nadie tan joven como él presentaría día tras día una máscara tan perfecta y disimulada.

Fijaos tan sólo en lo que ha ocurrido esta mañana cuando me he despedido. Tenía un aire alicaído y me ha preguntado si volvería pronto. No me ha dicho: «¿Puedo ir con vos?». Tampoco: «¿Adonde vais?».

Ha dicho exactamente lo que yo esperaba que dijese: me ha preguntado si volvería pronto.

– Quizá -le he replicado-. Si termino las gestiones sin tardanza.

La verdad es que no tengo ninguna gestión específica que solventar. He vuelto al Bourg una vez más para observar por mí mismo la casa de Imbert Rubei. Si no estuviera tan ocupado, podría dedicar un día entero a la tarea y disfrazarme de mendigo para observar mejor. Por desgracia, no dispongo de tiempo para hacerlo. Como está acercándose el Domingo de Ramos, apenas he podido hacer más que pasar dos veces, que no tres, por delante de la casa y realizar una compra en el vecindario.

Como podéis imaginar, no me he puesto la capa escarlata para merodear por los alrededores. He optado por vestir colores apagados y las prendas discretas que suelo usar, ya que no quiero llamar la atención de nadie. Aunque soy bajo, no lo soy tanto como para inspirar lástima o despertar sorpresa. Tampoco tengo la espalda marcadamente estrecha ni las piernas tan delgadas que induzca a nadie a fijarse en ellas. Mi dentadura está en condiciones aceptables sin ser perfecta. A diferencia de los naturales del este del país, donde (según he oído) la gente tiene la piel oscura y el cabello negro, pertenezco a esa clase de hombres que suelen pasar inadvertidos porque no poseen rasgo alguno que se imponga a la mirada. Nadie retiene mi rostro, a menos que yo me proponga despertar el interés de los demás con intención deliberada, aunque incluso en esos casos sólo raras veces causo esta impresión.

A mí me parece bien. No aspiro a que sea de otro modo. Y aunque admiro la belleza, también la temo. Si un hombre o una mujer posee un rostro bello, no tiene sitio donde esconderse, corno no lo tiene tampoco un lisiado, un leproso o un gigante. Si uno tiene una cara hermosa, lo mirarán, lo perseguirán y se apropiarán de él como de un tesoro de oro centelleante.

Bernard Gui me dijo cierta vez que yo tenía unos ojos cautivadores. No supo explicármelo exactamente, aunque creía que tenía mucho que ver con mi manera de mirar en los momentos en que estaba desprevenido. Procuro, por lo general, no fijar la vista. La mirada penetrante tiene el mismo efecto que las muchas preguntas: produce alarma y consternación. Yo, de pequeño, tenía la costumbre de mirar de esa manera, una costumbre que es difícil abandonar, sobre todo si estoy cansado o distraído.

Por eso, siempre que puedo, me pongo capucha. La lleva mucha gente, tiene la misma utilidad que un sombrero y deja los ojos en sombra. Por la misma razón, si tuviera marcas en las manos, me pondría guantes de lana o procuraría que las mangas de mis vestidos fueran largas y anchas.

Es inútil decir que evito estrictamente las joyas, las sandalias, las telas suntuosas, los colores vivos y los cortes extravagantes, a menos que pretenda llamar la atención.

Hoy no era el caso. Hoy quería moverme sin ser visto a través de la Rué Aquitaine, donde vive Imbert Rubei. Todavía no sé exactamente qué espero conseguir. Me había hecho la vaga idea de que abordaría a uno o dos vecinos con la excusa de que busco a Imbert Rubei o a Jacques Bonet y les diría que me había «equivocado». Pero he tenido suerte. Ya en las inmediaciones de la casa de Imbert, he tenido la satisfacción de comprobar que vive nada menos que delante mismo de una hostería. ¡Una hostería!

No habría querido otra cosa. Una hostería es un puesto de vigía perfecto. Por otra parte, uno nunca está de más en un sitio así, a menos que saque un hacha y amenace con ella a los dueños. Un desconocido en una hostería es como un racimo de uvas en una viña: está en el sitio que le corresponde, pero nadie se fija en él.

He rezado una oración de agradecimiento a san Pablo, en cuya parroquia me encontraba en aquel momento y me he metido en la hostería. Al mismo tiempo, he observado la casa de Imbert, un edificio bello y venerable que, por desgracia, estaba bastante descuidado. En realidad, es una casa que va camino de la ruina. La levantó un personaje muy rico, que hizo de ella prácticamente un palacio, pero parece que los ocupantes actuales son demasiado pobres para renovar los postigos que faltan o restaurar los muros de piedra.

Lo he descubierto después de un tiempo en la hostería, que lleva por nombre Media Luna. Debido a haber iniciado sus días como almacén, la entrada de dicha hostería es oscura y el ambiente es mefítico, ya que flota en él un leve aunque persistente tufo a lana grasienta, distinguible a través del intenso olor a vino. Parece, con todo, que el sitio es popular. Pese a que ya era mediodía, eran bastantes los que se encontraban repanchigados en torno a las largas mesas de madera, o por lo menos los suficientes para disimularme entre ellos. Algunos eran viajantes que iban camino de Miner-vois y las tierras de occidente, pero la mayoría eran residentes locales que buscaban compañía y olvido. Este era el grupo que me interesaba. Esperaba encontrar entre ellos a alguien que conociera a Imbert Rubei o que, por lo menos, estuviera al corriente de su historia. Estaba seguro de que un hombre que antes había sido tan rico y que ahora era tan pobre tenía que haber provocado forzosamente comentarios en el barrio.