Выбрать главу

Volví a la mesa. Me señaló un lugar para que me sentase, pero permanecí de pie.

Sonrió por primera vez, y sus ojos me resultaron más suaves y más brillantes. No era tan bonita como Josefina, y, sin embargo, era la más bonita de todas.

Pasamos un momento en silencio. A modo de explicación, dijo que en los años transcurridos desde la partida del Nagual habían hecho todo lo posible por cumplir con la tarea que les había encomendado, y que, dada su dedicación, habían terminado por acostumbrarse a ella.

No comprendí con toda claridad a qué se refería, pero, según hablaba, yo percibía más que nunca la presencia de don Juan. No se trataba de que copiase sus maneras, ni la inflexión de su voz. Poseía un control interno que la llevaba a actuar como don Juan. Su semejanza era profunda.

Le conté que había ido en busca de la ayuda de Pablito y Néstor. Le dije que era lento, quizás estúpido, para comprender los caminos de los brujos, pero que era sincero; y que sin embargo todas ellas me habían tratado con malevolencia y falsedad.

Intentó disculparse, pero no la dejé terminar. Recogí mis cosas y gané la puerta delantera. Corrió detrás de mí. No era su propósito impedirme partir, pero hablaba muy rápido, como si necesitase decir todo lo que fuese posible antes de que yo me marchara.

Decía que debía escucharla hasta el final, y que se proponía acompañarme hasta haberme hecho saber todo lo que el Nagual le había encargado que me comunicara.

– Voy a Ciudad de México -dije.

– Iré contigo hasta Los Angeles, de ser necesario.

Comprendí que hablaba en serio.

– De acuerdo -dije, con la intención de probarla-. Sube al coche.

Vaciló un instante, luego se quedó en silencio y miró la casa. Llevó las manos cerradas al nivel del ombligo. Se volvió y miró al valle y repitió el gesto.

Yo sabía qué era lo que hacía. Se despedía de su casa y de aquellas imponentes colinas que la rodeaban.

Don Juan me había enseñado, años atrás, el significado de esos gestos, destacando el hecho de que implicaban un extremo poder: un guerrero rara vez hacía uso de ellos. Yo mismo había tenido muy pocas ocasiones de efectuarlos.

El movimiento de despedida que la Gorda efectuaba era una variante del que me había enseñado don Juan. Éste me había dicho que las manos debían cerrarse como para pronunciar una plegaria, fuese ello hecho con delicadeza o violentamente, llegando incluso a producir un sonido como de palmoteo. Cualquiera que fuese la forma, el propósito del guerrero al cerrar las manos era atrapar el sentimiento que no quería dejar tras sí. Tan pronto como se apretaban los puños, una vez capturado el sentimiento, se los llevaba con gran fuerza al medio del pecho, a la altura del corazón. Allí, se convertía en una daga y el guerrero se la clavaba, sosteniéndola con ambas manos.

Don Juan me había dicho que un guerrero sólo dice adiós de ese modo cuando tiene buenas razones para creer que no regresará.

La despedida de la Gorda me cautivó.

– ¿Te despides? -pregunté con curiosidad.

– Sí -dijo secamente.

– ¿No te llevas las manos al pecho? -quise saber.

– Eso lo hacen los hombres. Las mujeres tienen útero. Guardan sus sentimientos allí.

– ¿No se supone que esa clase de despedidas están reservadas a los casos en que no se regresa?

– Lo más probable es que no regrese -replicó-. Me voy contigo.

Tuve un súbito e injustificado acceso de tristeza; injustificado en el sentido de que no conocía a aquella mujer en lo más mínimo. Sólo abrigaba dudas y sospechas hacia ella. Pero al mirar de cerca sus claros ojos me sentí definitivamente vinculado con ella. Me serené. Mi cólera había dado paso a una melancolía desconocida. Miré a mi alrededor y comprendí que aquellas colinas romas, misteriosas, enormes, me estaban desgarrando.

– Esas colinas están vivas -dijo, leyendo mis pensamientos.

Me volví hacia ella y le dije que tanto el lugar como las mujeres me habían afectado muy profundamente; tanto, que no me parecía concebible desde el punta de vista de mi sentido común. No sabía qué había resultado más devastador, si el lugar o las mujeres. Las furiosas embestidas de estas últimas habían sido directas y aterradoras pero la presencia de las colinas constituía un factor constante, de continua aprensión; suscitaba un deseo de huir de allí. Ante ello; la Gorda me dijo que mi juicio acerca de los efectos del lugar era correcto, que era debido a ello que el Nagual las había dejado allí, y que no debía culpar a nadie por lo sucedido, puesto que el propio Nagual había dado a aquellas muchachas la orden de terminar conmigo.

– ¿También a ti te ha dado órdenes semejantes? -pregunté.

– No; a mí no. No soy como ellas -replicó-. Ellas son hermanas. Son lo mismo; exactamente lo mismo. Tanto como son lo mismo Pablito y Néstor y Benigno. Sólo tú y yo podemos llegar a ser exactamente lo mismo. Aún no lo somos porque estás incompleto. Pero algún día seremos lo mismo, exactamente lo mismo.

– Me han dicho que eres la única que sabe dónde se encuentran el Nagual y Genaro -dije.

Me miró con atención durante un momento y sacudió la cabeza afirmativamente.

– Es cierto -dijo-. Sé dónde están. El Nagual me dijo que te llevara si podía.

Le exigí que dejase de andarse por las ramas y me revelara su paradero de inmediato. Mi pedido pareció sumirla en el caos. Se disculpó y me prometió que más tarde, cuando nos hallásemos en camino, me lo expondría todo. Me rogó que no le hiciese más preguntas porque tenía instrucciones precisas en el sentido de no comentar nada hasta el momento indicado.

Lidia y Josefina salieron a la puerta y se quedaron mirándome. Me apresuré a subir al coche. La Gorda me siguió; no pude evitar el observar que entraba en el automóvil como si lo hiciese a un túneclass="underline" casi a gatas. Don Juan solía hacerlo. En cierta ocasión le había dicho, bromeando, tras haberlo visto entrar así un buen número de veces, que resultaba más práctico como yo lo hacía. Su extraño modo de actuar me parecía atribuible a su falta de familiaridad con los coches. Me explicó entonces que el vehículo era una cueva, y que ese era el modo correcto de entrar en las cuevas, si pretendíamos valernos de ellas. Había un espíritu inherente a las cuevas, fuesen éstas naturales o construidas por el hombre, y era necesario acercarse a él con respeto. El gateo era la única forma adecuada de demostrar ese respeto.

Estaba considerando la conveniencia de preguntar o no a la Gorda si don Juan la había instruido acerca de tales detalles, cuando habló por propia iniciativa. Dijo que el Nagual le había dado directivas específicas para el caso de que yo sobreviviera a los ataques de doña Soledad y las tres muchachas. Agregó, en tono despreocupado, que antes de dirigirnos a Ciudad de México, debíamos ir a determinado lugar en las montañas, al que acostumbrábamos acudir don Juan y yo, y que allí me descubriría toda la información que el Nagual nunca me había proporcionado.

Tuve un momento de indecisión, pero luego un algo interior, distinto de la razón, me impulsó hacia las montañas. Viajamos en absoluto silencio. Intenté en varias ocasiones iniciar una conversación, pero en todos los casos me rechazó, sacudiendo con energía la cabeza. Finalmente pareció cansarse de mi insistencia y se vio obligada a comentar que aquello que me debía decir requería, para ser confiado, un lugar de poder, y que teníamos que abstenernos de desperdiciar fuerzas en charlas sin sentido, hasta hallarnos en él.

Tras un largo recorrido en coche y una agotadora caminata desde la carretera, llegamos finalmente a destino. Caía la noche. Estábamos en lo hondo de un cañón. Allí ya estaba oscuro, en tanto el sol seguía brillando por sobre las montañas de encima. Anduvimos hasta llegar a una pequeña cueva, a uno o dos metros del nivel del suelo, en el extremo norte del cañón, que iba de Este a Oeste. Solía pasar mucho tiempo allí con don Juan.

Antes de entrar, la Gorda barrió cuidadosamente el suelo con ramas, tal como lo hacía don Juan, con el objeto de eliminar las garrapatas y otras parásitos adheridos a las rocas. Luego cortó tallos, cubiertos de hojuelas ligeras; reunió un montón de los arbustos de los alrededores y los distribuyó sobre el piso de piedra a modo de colchón.