– ¿Trabaja en Petrovka? -preguntó un chico muy bajito al que Nastia le sacaba la cabeza.
– Sí, en Petrovka.
– ¿Dónde ha estudiado?
– En la universidad.
– ¿Qué graduación tiene? -seguía indagando el renacuajo.
– Comandante.
Por unos instantes se instaló el silencio. Luego otro estudiante, un rubio corpulento con una cicatriz apenas visible que le cruzaba una ceja, se unió a la conversación.
– ¿Se viste así adrede, para que nadie lo adivine?
La pregunta desconcertó a Nastia. Sabía que, tal como solía vestirse, aparentaba muchos menos años que sus treinta y tres. Aunque ese día, en lugar de los tejanos de rigor, llevaba una falda recta y formal, y había sustituido la camisa de franela y el grueso jersey por un cisne de lana blanco y una chaqueta de cuero, seguía pareciendo una chiquilla, con la cara sin maquillar y la larga melena rubia recogida en una coleta. Nada más lejos de su intención que esforzarse por parecer más joven, se vestía simplemente de manera que le permitiera sentirse más cómoda. Maquillarse le daba pereza y ordenar su cabello largo en un complicado peinado hubiera sido un disparate, ya que siempre andaba luciendo tejanos y bambas. Por otra parte, Nastia no se pondría por nada del mundo otra clase de ropa, más «seria». Primero, porque hacia la noche casi siempre tenía las piernas hinchadas, debido a que, por lo general, llevaba una vida sedentaria y tomaba demasiado café. Segundo, padecía de mala circulación y, como consecuencia, era muy friolera; los tejanos, camisas y jerseys le permitían estar cómoda y calentita, y para Nastia era lo único que contaba. Pero sería cuando menos ridículo ponerse a explicarle todo esto al rubio.
– ¿Que adivine qué? -contestó con otra pregunta.
– Que… que es… -El estudiante rubio pensó un segundo y se echó a reír-. ¡Vaya planchazo, qué idiota soy!
«Bien por el muchacho -aprobó Nastia para sus adentros-. Éste discurre. Es cierto, sería absurdo empeñarse en vestirse de modo que todo el mundo supiera a primera vista cuál es tu oficio. Teniendo en cuenta que en el nuestro convendría aprender a ser un camaleón: hoy tienes treinta y cinco, y mañana, veintisiete. Si en este grupo no hay nadie mejor, pediré que para el período de prácticas nos manden a éste. Por lo menos, es capaz de reconocer sus errores y de echarse atrás a tiempo, que ya es algo.»
Al terminar el descanso, Nastia entró en el aula y notó que el corazón le latía aceleradamente. De año en año, cuando le tocaba escoger al estudiante que iría a pasar las prácticas con ellos, la esperanza de encontrar la perla escondida en medio de un pajar y el temor de pasarla por alto la ponían nerviosa. Echó una ojeada a la lista del grupo y procedió a escuchar respuestas. Eran las de siempre, moderadamente correctas pero las más de las veces superficiales, que no se apartaban del resumen del suceso que Nastia había expuesto a los estudiantes al inicio de la primera hora. Daban la impresión de no haber prestado atención a la clase teórica y de no haber leído el libro de texto. «Ni que estuvieran cumpliendo una condena en el presidio -pensó Nastia, molesta de tanto escuchar respuestas desganadas y aburridas-. Ni que esto fuera un trabajo de esclavos. ¿Acaso alguien les ha forzado a ingresar en la academia? Han venido a estudiar aquí por su propia voluntad, han superado las pruebas de selectividad, han ido cumpliendo con la educación física, han ido aprobando los exámenes. Y ahora, de repente, parece que todos esos estudios no les han servido de nada. Y pensar que dentro de seis meses, ese "retén" se incorporará a la policía de Moscú. El favor que nos hacen…»
– Mescherínov, su respuesta, por favor.
Faltaban ocho minutos para el final de la clase. Nastia ya había decidido que no encontraría a nadie mejor que el rubio de la cicatriz, el de la autocrítica. Iba a escuchar su respuesta y, siempre que demostrara ser capaz de ligar cuatro palabras, daría la elección por consumada. No era nada del otro mundo, desde luego que no, pero se le podría entrenar y enseñar algunas cosas.
– Lo más probable es que aquí las particularidades psicológicas no tengan nada que ver -habló Mescherínov-. Los testimonios de los testigos difieren entre sí porque se les ha sobornado y dicen lo que les han ordenado.
A Nastia le subieron los colores a la cara. ¿Sería posible? ¿Sería posible que hubiese encontrado su perla, al muchacho que había sabido salirse del estrecho marco del preámbulo teórico y buscar la solución del problema en un plano completamente diferente? ¡Ay, qué suerte! Luchando por controlar su voz, para que no delatase su alegría y ansiedad, le preguntó:
– ¿Para qué cree usted que lo habrán hecho?
– Por ejemplo, para enredar y alargar la investigación. El conductor podía representar un estorbo para alguien, y se ha querido limitar la libertad de sus movimientos por todos los medios. El planteamiento del problema nos dice que la víctima ha fallecido, ¿verdad? Entonces, es casi seguro que el encausado ha firmado un documento que le obliga a no abandonar la ciudad. Unas declaraciones testimoniales tan contradictorias provocarían que la investigación se prolongase hasta el día del juicio final, y esto sería una garantía de que el conductor culpable no saliese de la ciudad. Y mucho menos del país.
«¡Magnífico! Has hecho algo más que resolver el problema número sesenta. Has demostrado que tienes buena imaginación, no hay más que ver esta tremenda historia que te has inventado sobre la marcha. Y encima te acuerdas de las clases de criminología y de que existe el código penal. ¡Muy inteligente!»
– Gracias, Mescherínov, puede sentarse. La clase ha terminado. Faltan dos minutos para el recreo y, a modo de despedida, voy a decirles algo. Los conocimientos de su grupo producen una impresión penosa. Para la graduación faltan seis meses, de los cuales uno estará dedicado a las prácticas y otro a la tesina. Difícilmente podrán mejorar, no les queda apenas tiempo. No dudo de que se prepararán bien para los exámenes del Estado, de que lo aprenderán todo y aprobarán. Pero la pereza mental es un vicio peligroso. Por desgracia, en su mayoría, ustedes incurren en este vicio. Tal vez no todos aspiren a convertirse en buenos inspectores o jueces de instrucción y lo único que pretenden es conseguir el diploma de jurista y las estrellas de teniente. No me refiero a estos estudiantes. Pero los demás deben tener en cuenta que si pensar les da pereza, no conseguirán nunca nada y no podrán resolver los crímenes. Buenos días.
Una vez en el pasillo, Nastia alcanzó a Mescherínov, que se dirigía a la cantina, y le cogió del codo.
– Espere un momento, Mescherínov. ¿Tiene ya el destino para las prácticas?
– Distrito Norte, la comisaría Timiriázev. ¿Por qué?
– ¿Qué le parecería hacer las prácticas en la PCM, en el Departamento de la Lucha Contra los Crímenes Violentos Graves?
Mescherínov se quedó inmóvil, los ojos levemente entornados clavados en Nastia. Daba la impresión de estar reflexionando intensamente, sopesando todos los pros y los contras. Luego asintió brevemente con la cabeza.
– Me parecería muy bien si eso es posible. Pero en el Departamento de Alumnado ya han formalizado todos los destinos.
– Yo me encargaré de esto. Lo único que necesito es su conformidad.
– Estoy de acuerdo. Pero ¿por qué lo hace?
Por segunda vez en dos horas, este chico ponía a Nastia en un aprieto. «Ya veo que no eres un chaval corriente, amigo -pensó turbada-. Cualquier otro en tu lugar no cabría en sí de contento, diría que sí sin pensarlo ni un segundo. Tú, en cambio, tienes que hacer cábalas, echar no sé qué cuentas, plantear preguntas. Creo que serás un buen detective. Ha sido una suerte dar contigo.»
– Nosotros, como todo el mundo, andamos escasos de personal -le contestó a Mescherínov-. Toda ayuda nos parece poca. Y si contamos con un estudiante en prácticas que es un joven espabilado, miel sobre hojuelas; aunque sólo esté con nosotros un mes.
– ¿Me cree espabilado? -preguntó el muchacho sonriendo-. Es agradable oírlo. Después de que nos ha puesto verdes a todos…
Y la comandante de policía Anastasia Kaménskaya sintió vergüenza.