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– Entonces los bárbaros sabrían que Tempi no vale por muchos. -Ligera diversión.

– Si hubieran ganado ellos, ¿la pelea de hoy no sería del Lethani?

– No. Si te caes y te rompes una pierna en el desfiladero, todavía es un desfiladero. Si yo fallo siguiendo el Lethani, todavía es el Lethani. -Serio-. Por eso estamos hablando ahora. Hoy. Con tu puñal. Eso no era del Lethani. No era una cosa correcta.

– Temía que te hicieran daño.

– El Lethani no echa raíces en el miedo -dijo como si recitara.

– ¿Dejar que te hirieran sería del Lethani?

Encogió los hombros.

– Quizá.

– ¿Sería del Lethani dejar que te… -énfasis extremo- hirieran?

– Quizá no. Pero no me hirieron. Ser el primero con el puñal no es del Lethani. Si ganas y eres el primero con el puñal, no ganas. -Inmensa desaprobación.

No entendí aquella última afirmación.

– No entiendo -dije.

– El Lethani es acción correcta. Camino correcto. Momento correcto. -De pronto el rostro de Tempi se iluminó-. El viejo comerciante -dijo con visible entusiasmo-. En las historias con los paquetes. ¿Cómo se llama?

– ¿El calderero?

– Sí. El calderero. ¿Cómo debes tratar a esos hombres?

Lo había entendido, pero quería saber qué pensaba el Adem.

– ¿Cómo?

Tempi me miró y apretó los dedos: irritación.

– Debes ser amable y ayudarlos. Y hablar bien. Siempre educado. Siempre.

Asentí con la cabeza.

– Y si te ofrecen algo, debes plantearte comprarlo.

Tempi hizo un gesto triunfante.

– ¡Sí! Puedes hacer muchas cosas cuando te encuentras a un calderero. Pero solo una cosa correcta. -Se tranquilizó un poco. Cautela-. Pero el Lethani no es solo hacer. Primero saber, luego hacer. Eso sí es el Lethani.

Reflexioné un momento sobre eso.

– Entonces, ¿ser educado es del Lethani?

– No educado. No amable. No bueno. No deber. El Lethani no es nada de eso. Cada momento. Cada elección. Todos diferentes. -Me lanzó una mirada penetrante-. ¿Entiendes?

– No.

Felicidad. Aprobación. Tempi se levantó y asintió con la cabeza. -Es bueno saber que no sabes. Es bueno decirlo. Eso también es del Lethani.

Capítulo 88

Escucha

Cuando llegamos al campamento, Tempi y yo encontramos un ambiente asombrosamente jovial. Dedan y Hespe se sonreían y Marten había conseguido cazar un pavo salvaje para la cena.

Así que comimos y bromeamos. Y después de lavar los platos, Hespe contó su historia sobre el chico enamorado de la luna, empezando de nuevo por el principio. Dedan permaneció milagrosamente callado, y yo me atreví a pensar que nuestro grupito por fin, por fin empezaba a convertirse en un equipo.

A Jax no le costó mucho seguir a la luna porque en aquella época la luna estaba siempre llena. Colgaba en el cielo, redonda como una taza, reluciente como una vela, inalterable.

Jax caminó días y días hasta que le salieron ampollas en los pies. Caminó meses y meses soportando el peso de sus fardos. Caminó años y años y se hizo alto y delgado, duro y hambriento.

Cuando necesitaba comida, la cambiaba por algún artículo que encontraba en los fardos del calderero. Lo mismo cuando se le gastaba la suela de los zapatos. Jax hacía las cosas a su manera, y se volvió listo y astuto.

Y entretanto, Jax pensaba en la luna. Cuando creía que ya no podía dar ni un paso más, se ponía los anteojos y la contemplaba, redonda, en el cielo. Y cuando la veía, notaba un lento estremecimiento en el pecho. Y con el tiempo empezó a pensar que estaba enamorado.

Llegó el día en que el camino que seguía Jax atravesó Tinué, como hacen todos los caminos. Siguió recorriendo el gran camino de piedra hacia el este, hacia las montañas. El camino ascendía y ascendía. Jax se comió el último pan y el último queso que le quedaba. Se bebió hasta la última gota de agua y la última gota de vino. Caminó varios días sin comer ni beber, y la luna seguía creciendo en el cielo nocturno.

Cuando empezaban a fallarle las fuerzas, Jax remontó una cuesta y vio a un anciano sentado junto a la entrada de una cueva. Tenía una larga barba gris y llevaba una larga túnica gris. No tenía pelo en la cabeza ni calzado en los pies. Tenía los ojos abiertos y la boca cerrada.

Al ver a Jax, el rostro del anciano se iluminó. Se levantó y sonrió.

– ¡Hola, hola! -lo saludó con su clara y hermosa voz-. Te encuentras muy lejos de todo. ¿Cómo está el camino de Tinué?

– Largo -contestó Jax-. Y duro y cansado.

El anciano invitó a Jax a que se sentara. Le llevó agua, leche de cabra y fruta. Jax comió con avidez, y luego ofreció al hombre a cambio un par de zapatos que llevaba en un fardo.

– No hace falta, no hace falta -dijo el anciano alegremente, agitando los dedos de los pies-. Pero de todas formas, gracias por ofrecérmelos.

– Como quieras -dijo Jax, encogiéndose de hombros-. Pero ¿qué haces aquí, tan lejos de todo?

– Encontré esta cueva mientras perseguía el viento -contestó el anciano-. Decidí quedarme porque este lugar es perfecto para lo que yo hago.

– Y ¿qué haces? -preguntó Jax.

– Soy el que escucha -respondió el anciano-. Escucho lo que las cosas tengan que decir.

– Ah -dijo Jax con cautela-. Y ¿este es un buen sitio para hacer eso?

– Sí, muy bueno. Excelente -confirmó el anciano-. Para aprender a escuchar como es debido tienes que alejarte mucho de la gente. -Sonrió-. ¿Qué te trae a mi pequeño rincón del cielo?

– Busco a la luna.

– Eso es muy fácil -dijo el anciano apuntando al cielo-. La vemos casi todas las noches, si el tiempo lo permite.

– No. Yo quiero atraparla. Si pudiera estar con ella, creo que sería feliz.

El anciano lo miró con seriedad.

– ¿Quieres atraparla? ¿Cuánto tiempo llevas persiguiéndola?

– He perdido la cuenta de los años y los kilómetros. El anciano cerró los ojos un momento y asintió con la cabeza.

– Sí, puedo oírlo en tu voz. Lo tuyo no es ningún capricho pasajero. -Se inclinó y acercó una oreja al pecho de Jax. Cerró los ojos otro largo rato y se quedó muy quieto-. Oh -dijo en voz baja-, qué triste. Tu corazón está roto y nunca has tenido oportunidad de utilizarlo.

Jax cambió de postura, un tanto turbado.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó Jax-. Si no te molesta que te lo pregunte.

– No, no me molesta que me lo preguntes -repuso el anciano-. Siempre que a ti no te moleste que no te conteste. Si tuvieras mi nombre, tendrías poder sobre mí, ¿no?

– Ah, ¿sí?

– Por supuesto. -El anciano frunció el entrecejo-. Eso es así. Aunque no parece que sepas escuchar, es mejor tener cuidado. Si consiguieras atrapar aunque solo fuera un trocito de mi nombre, tendrías algún poder sobre mí.

Jax se preguntó si aquel hombre podría ayudarlo. Aunque no parecía muy corriente, Jax sabía que la suya tampoco era una misión corriente. Si hubiera estado intentando atrapar una vaca, le habría pedido ayuda a un granjero. Pero para atrapar a la luna, quizá necesitara la ayuda de un anciano extraño.

– Has dicho que tú perseguías el viento -dijo Jax-. ¿Llegaste a atraparlo?

– En algunos aspectos, sí -respondió el anciano-. Y en otros, no. Esa pregunta puede interpretarse de muchas maneras, ¿me explico?

– ¿Podrías ayudarme a atrapar a la luna?

– Quizá pueda darte algún consejo -dijo el anciano de mala gana-. Pero primero deberías reflexionar sobre esto, chico. Cuando quieres algo, tienes que asegurarte de que eso te quiere a ti, porque si no, pasarás muchos apuros persiguiéndolo.

Hespe no miró a Dedan cuando dijo eso. Miró a todos menos a Dedan, y por eso no vio la impotencia y aflicción reflejadas en su rostro.