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Quizá pasaran años cada vez que me dormía en brazos de Felurian. Quizá al regresar descubriera que había pasado un siglo entero, o ni un solo día.

Hacía todo lo posible para no pensar en eso. Solo un necio se preocupa por lo que no puede controlar.

La otra diferencia del reino de los Fata era mucho más sutil y más difícil de describir…

En la Clínica había estado mucho tiempo con pacientes inconscientes. Lo menciono para aclarar esto: existe una gran diferencia entre estar en una habitación vacía y estar en una habitación donde hay alguien durmiendo. Una persona dormida en una habitación es una presencia. Es consciente de que tú estás allí, aunque solo sea vagamente.

En Fata sucedía algo parecido. Era algo tan extraño e intangible que tardé un tiempo en advertirlo. Entonces, una vez que me fijé, tardé aún más tiempo en detectar dónde estaba la diferencia.

Sentía como si me hubiera trasladado de una habitación vacía a una habitación donde había alguien dormido. Solo que no había allí nadie, claro. Era como si todo cuanto me rodeaba durmiera profundamente: los árboles, las piedras, el arroyo susurrante que desaguaba en la laguna de Felurian. Todas esas cosas parecían más sólidas, más presentes de como yo las recordaba, como si percibieran vagamente mi presencia.

La idea de que llegaría el momento en que me marcharía de Fata vivo y entero era nueva para Felurian, y noté que le preocupaba. A menudo, en medio de una conversación, cambiaba de tema y me hacía prometerle, sí, prometerle que volvería con ella.

Yo la tranquilizaba lo mejor que podía, pero ya no sabía cómo decírselo. Después de repetírselo unas tres docenas de veces, le dije: «Haré todo lo posible para seguir sano y salvo, y así podré volver contigo».

Advertí un cambio en su semblante. Primero reveló ansiedad, luego tristeza; por último, Felurian se quedó pensativa. Al principio temí que hubiera decidido conservarme como una especie de mascota mortal, y empecé a reprenderme no haber huido de Fata cuando todavía podía.

Pero antes de que empezara a preocuparme de verdad, Felurian ladeó la cabeza y cambió de tema, «¿quiere mi dulce llama que le dé un abrigo? ¿una capa?»

«Ya tengo una», contesté señalando mis cosas, esparcidas al fondo del pabellón. Entonces reparé en que la vieja y raída capa del calderero no estaba allí. Vi mi ropa, mis botas y mi macuto, donde todavía llevaba la caja de caudales del maer. Pero mi capa y mi espada habían desaparecido. Era comprensible que no me hubiera percatado de su ausencia, pues desde que despertara junto a Felurian no me había molestado en vestirme.

Felurian me miró lentamente de arriba abajo, muy concentrada. Sus ojos se detuvieron en mi rodilla, mi brazo, mi antebrazo. Entonces me asió por el hombro y me obligó a girarme un poco para examinarme la espalda, y comprendí que estaba mirando mis cicatrices.

Felurian me cogió la mano y siguió el trazado de una línea pálida que discurría por mi antebrazo, «no se te da muy bien protegerte, mi kvothe.»

Me ofendí un poco, sobre todo porque en lo que Felurian acababa de decir había parte de verdad. «Lo hago bastante bien», dije con frialdad. «Teniendo en cuenta los problemas que encuentro.»

Felurian le dio la vuelta a mi mano y me examinó minuciosamente la palma y los dedos, «no eres un luchador», caviló, «y sin embargo tienes muchas mordeduras de hierro, eres un dulce pájaro que no sabe volar, sin arco, sin cuchillo, sin cadena.»

Entonces me cogió un pie y me pasó los dedos por los callos y las cicatrices, recuerdos de mis años en las calles de Tarbean. «eres un caminante. me encuentras en el bosque por la noche, eres un profundo conocedor, y audaz, y joven, y tropiezas con problemas.»

Me miró, atenta, «¿le gustaría a mi dulce poeta tener un shaed?»

«¿Un qué?»

Hizo una pausa, como si escogiera las palabras, «una sombra.»

Sonreí. «Ya tengo una.» Y entonces la busqué, para asegurarme. Al fin y al cabo, estaba en Fata.

Felurian arrugó el ceño y sacudió la cabeza: no la había entendido. «a otro le daría un escudo, y lo protegería de las agresiones, a otro le regalaría ámbar, o una funda con ribete de glamoría, o le tejería una corona para que los hombres lo miraran con amor.»

Sacudió la cabeza con solemnidad, «pero a ti no. tú eres un caminante nocturno, un seguidor de la luna, debes estar a salvo del hierro, del frío, de la maldad, debes ser silencioso, debes ser ligero, debes moverte sin hacer ruido por la noche, debes ser rápido y valiente.» Movió la cabeza afirmativamente, «eso significa que debo hacerte un shaed.»

Se levantó y empezó a caminar hacia el bosque, «ven», me dijo.

Felurian tenía una manera de pedir las cosas a la que tardabas en acostumbrarte. Me había dado cuenta de que, a menos que me propusiera resistirme, hacía automáticamente cualquier cosa que ella me hubiera pedido.

No es que hablara con autoridad. Su voz era demasiado débil y suave para cargar con el peso de una orden. Felurian no exigía ni te camelaba. Cuando hablaba, lo hacía con naturalidad. Como si fuera incapaz de imaginar un mundo donde tú no quisieras hacer exactamente lo que ella te había pedido.

Así pues, cuando Felurian me dijo que la siguiera, me levanté de un brinco, como una marioneta a la que tiran de los hilos. En nada caminaba a su lado y me adentré en las sombras crepusculares del antiguo bosque, desnudo como vine al mundo.

Estuve a punto de volver atrás para recoger mi ropa, pero decidí seguir un consejo que me había dado mi padre cuando yo era pequeño. «Cada uno se come una parte diferente del cerdo -me había dicho-. Si quieres que te acepten, haz lo mismo.» En diferentes lugares, diferentes decoros.

De modo que la acompañé, desnudo y desprevenido. Felurian andaba a buen paso, y el musgo amortiguaba el sonido de nuestros pies descalzos.

El bosque fue oscureciéndose. Al principio creí que eran solo las ramas de los árboles, que formaban una bóveda sobre nuestras cabezas. Pero entonces me di cuenta de que el cielo crepuscular se oscurecía lentamente. Al final, desapareció el último vestigio de color violáceo, dejando el cielo de un negro aterciopelado y perfecto, salpicado de estrellas desconocidas.

Felurian siguió caminando. A la luz de las estrellas, podía distinguir su piel clara y las siluetas de los árboles que nos rodeaban, pero nada más. Creyéndome muy listo, hice un vínculo simpático de luz y levanté una mano por encima de la cabeza como si fuera una antorcha. Estaba muy orgulloso de aquello, pues el vínculo de movimiento a luz es bastante difícil si no tienes un trozo de metal que utilizar como foco.

La luz aumentó, y tuve una breve visión de los alrededores. Los troncos oscuros de los árboles se alzaban como inmensas columnas hasta más allá de donde alcanzaba la vista. No había ramas bajas, ni maleza, ni hierba. Solo musgo oscuro bajo los pies y la bóveda que formaban las ramas en lo alto. Aquello parecía una catedral vacía e inmensa envuelta en terciopelo negro.

«¡ciar nalias!», me espetó Felurian.

No entendí sus palabras, pero sí su tono; rompí el vínculo y dejé que la oscuridad volviera a rodearnos. Un instante más tarde, Felurian se abalanzó sobre mí y me derribó, pegando su cuerpo desnudo y ágil contra el mío. No era la primera vez que lo hacía, pero en esa ocasión la experiencia no resultó particularmente erótica, pues me golpeé la cabeza contra una raíz que sobresalía del suelo.

Por ese motivo, estaba un poco aturdido y casi cegado cuando la tierra se sacudió ligeramente bajo nosotros. Algo inmenso y casi perfectamente silencioso hizo que el aire se estremeciera sobre nuestras cabezas, hacia un lado de donde estábamos tumbados.