Antes de abrir la cubierta, Par-Salian musitó las palabras prescritas que sólo los de su rango conocían; de no hacerlo, el volumen se habría desvanecido entre sus manos. Al llegar al correcto recogió el prisma en el lugar donde lo depositara Ladonna y lo sostuvo sobre el pergamino, a la vez que repetía los mismos versículos de áspera rima que pronunciara la nigromante.
Brotó el arco iris, derramando su luz sobre la página. Una orden del anciano hizo que los rayos luminosos se desviaran hacia un muro desnudo situado al otro lado de la sala.
—Mirad, en esa pared va a dibujarse la descripción escrita del encantamiento —dijo a sus acompañantes con acento iracundo.
Ladonna y Justarius se apresuraron a obedecer y, de ese modo, leyeron las frases a medida que las proyectaba el objeto de cristal. Ninguno de ellos logró distinguir los componentes ni la fórmula, que aparecían ante sus ojos en borrosos caracteres fruto del arte del gran maestro o, acaso, de las condiciones impuestas por el hechizo mismo. Por lo demás, el texto era perfectamente inteligible.
»La capacidad de retroceder en el tiempo está al alcance de los elfos, humanos y ogros, por tratarse de razas que los dioses crearon en los inicios de la Historia y que, por consiguiente, viajan al ritmo de su devenir. No están autorizados a usar este encantamiento los enanos, los gnomos ni los kenders, seres que nacieron de manera accidental, escapando a las previsiones de las divinidades (consúltese el párrafo dedicado a la Piedra Gris de Gargath, apéndice G). La introducción de una de tales criaturas en una era pasada podría tener graves repercusiones en el presente, aunque se ignoran sus dimensiones. (Una nota, escrita a mano por Par-Salian con trazo inseguro, sumaba el término draconianos a las razas sobre las que pesaba la prohibición).
»Existen peligros, sin embargo, que el mago debe tener en cuenta antes de proceder a la realización del prodigio. Si muere durante su periplo en el tiempo, el futuro no resultará afectado, pues su fallecimiento redundará en la estricta actualidad. Su muerte no alterará, de hecho, ni el pasado, ni el presente ni el porvenir salvo en aquellas circunstancias ya prescritas de antemano y, por ende, carentes de interés. Tal es el motivo de que no malgastemos nuestras energías en la formulación de hechizos protectores.
»El mago no podrá cambiar de ninguna manera los sucesos ocurridos previamente, una precaución de todo punto imprescindible. Así, este encantamiento sólo resultará útil a los estudiosos tal como, de buen comienzo, fue concebido. (Otra nota, ésta en una caligrafía mucho más antigua que la de Par-Salian, indicaba al margen: No es posible impedir el Cataclismo, lo hemos aprendido a costa de nuestro sufrimiento y a un alto precio. Descanse su alma en el seno de Paladine).
—Ahora comprendo cuál fue su destino —comentó Justarius sorprendido—. Ha sido un secreto celosamente guardado a través de las generaciones.
—Fue absurdo intentarlo siquiera —coreó Par-Salian—, pero se hallaban en una situación desesperada.
—Al igual que nosotros —intervino Ladonna con cierta amargura—. ¿Hay más información?
—Sí, en la página siguiente —respondió el gran maestro.
«Si el mago no desea viajar personalmente, sino que se dispone a enviar a otro (siempre atento a las salvedades raciales ya descritas), debe equipar a quien realice el periplo con un ingenio susceptible de activarse a voluntad de tal suerte que, en cualquier momento, éste pueda regresar a su tiempo».
A continuación se exponían las características y métodos de construcción de los artefactos mencionados…
—Eso es todo cuanto nos incumbe —concluyó Par-Salian y, con un simple gesto de la mano, absorbió el abanico luminoso entre sus finos dedos hasta que hubo desaparecido por completo—. El resto no contiene más que detalles técnicos relativos a estos aparatos. Poseo uno antiguo, se lo entregaré a Caramon.
Puso un énfasis inconsciente en el nombre del humano, si bien los otros dos sabios no dejaron de advertirlo. Ladonna esbozó una sonrisa impregnada de ironía y se acarició el negro ropaje, mientras Justarius se limitaba a menear la cabeza. Par-Salian, por su parte, pensó, de pronto, en las implicaciones y se hundió en su butaca con la pesadumbre dibujada en la faz.
—Así que el guerrero utilizará ese objeto en solitario —constató el representante de la Neutralidad—. Me has revelado por qué mandamos a Crysania, sé que ha de emprender un viaje sin retorno. Pero ¿Y Caramon?
—Él será mi redención. —El viejo mago hablaba sin alzar la vista, puestos los ojos en aquellas trémulas manos que reposaban sobre el esotérico libro—. Su cometido en esta empresa es salvar un alma, tal como yo mismo le puntualicé: lo que ignora es que no será la de su hermano.
Levantó ahora la mirada, una mirada de consternación que fijó primero en Justarius y, acto seguido, en Ladonna. Ambos hicieron ademán de asentir.
—La verdad podría destruirle —justificó el mago de la Túnica Roja.
—Poco es lo que resta por destruir —lo corrigió la dama, rígida cual un témpano de hielo. Se puso en pie y su colega la imitó, algo vacilante hasta que consiguió equilibrarse sobre su lisiado miembro—. Mientras te desembaraces de la mujer —se dirigía a Par-Salian—, poco me importa lo que hagas con ese hombretón. Si crees que limpiará la sangre de tu atavío, ayúdale, no te detengas. En el fondo todo este asunto se me antoja divertido, pues pone de manifiesto que a medida que envejecemos nos hermanamos. No somos tan distintos ¿verdad, amigo mío?
—Las diferencias existen, Ladonna —replicó el aludido con una mueca que delataba su agotamiento—. Son los contornos los que pierden precisión, las líneas exteriores las que se tornan borrosas. ¿Significan tus palabras que el sector que encabezas respaldará mi decisión?
—No tenemos otra alternativa —se resignó ella sin demostrar sus emociones—. Si fracasas…
—Goza con mi caída —la invitó Par-Salian.
—Lo haré —repuso la dama—, más aún a sabiendas de que será el último espectáculo que pueda disfrutar en esta vida. Adiós, gran maestro.
—Adiós, Ladonna.
—Una mujer inteligente —comentó Justarius cuando la puerta se hubo cerrado tras ella.
—Una rival digna de ti —apuntó el anciano, recobrando su erguida postura tras el escritorio—. Me gustará veros batallar para ocupar este puesto.
—Espero que tengas oportunidad de hacerlo —contestó su oponente con la mano en el picaporte—. ¿Cuándo formularás el hechizo?
—Mañana a primera hora. —La voz del dignatario resonó gris en la alcoba—. Los preparativos requieren días de arduo trabajo, pero ya lo tengo todo a punto.
—¿No necesitas ayuda?
—Ni siquiera recurriría a la de un aprendiz, es demasiado extenuante. Sin embargo, hay algo que podrías hacer: disolver el cónclave en mi nombre.
—Descuida, cumpliré tu encargo. ¿Tienes instrucciones para el kender y la enana gully?
—Devuelve a la mujer a su casa, con algunas bagatelas que sean de su agrado. En cuanto al kender, mándale donde mejor te parezca salvo a las lunas, por supuesto. No le ofrezcas nada —añadió sonriente—, estoy seguro de que habrá recopilado suficientes tesoros antes de partir. Registra discretamente sus bolsas pero, a menos que halles algo importante, deja que conserve lo que haya encontrado.
—¿Y Dalamar?
—Sin duda el elfo oscuro ya no está en la Torre, le horroriza la idea de hacer esperar a su Shalafi. —Los arrugados dedos del maestro tamborilearon sobre la mesa y su ceño, salpicado de hondos surcos, se frunció en señal de frustración—. ¡Es extraño el embrujo que irradia Raistlin! Nunca te has tropezado con él, ¿verdad? No, claro. Recuerdo que yo mismo sentí su atractivo influjo sin comprender de dónde provenía.
—Quizá yo pueda explicarlo —aventuró Justarius—. Todos hemos sufrido la burla ajena en un momento de nuestras vidas, todos hemos envidiado al hermano. Hemos experimentado el dolor, hemos conocido instantes de fragilidad y hemos anhelado, al igual que él, aplastar a nuestros enemigos. Si lo compadecemos, lo odiamos y lo tememos al mismo tiempo, es porque anida algo de él en nuestras entrañas, algo que no nos confesamos sino en lo más oscuro de la noche.