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Condenaron a Steve a seis meses de cárcel, pero la sentencia quedó sobreseída. Concluido el juicio fue a otro colegio y aprobó los exámenes como de costumbre. Al ser menor de edad en el momento de la pelea, su expediente criminal permaneció en secreto, por lo que nada le impidió ingresar en Derecho. Sus padres consideraban que aquello había sido una pesadilla que ya había acabado.

Pero Steve tenía sus dudas. Se daba perfecta cuenta de que sólo la suerte y la resistencia del cuerpo humano le habían salvado de un juicio por asesinato. Tip Hendricks era un ser humano y Steve casi le había matado por una cazadora. Mientras escuchaba la respiración uniforme y tranquila de Ricky, que dormía en el otro lado del cuarto, Steve yacía despierto en el sofá y pensaba: ¿qué soy?

LUNES

5

– ¿Conociste alguna vez a un hombre con el que quisieras casarte? -preguntó Lisa.

Tomaban café instantáneo sentadas a la mesa en el apartamento de Lisa. En el piso, a su alrededor, todo era bonito, a tono con Lisa: grabados de flores, adornos de porcelana y un osito de felpa con corbata de lazo de lunares.

Lisa iba a tomarse el día libre, pero Jeannie iba vestida para trabajar, con falda marinera y blusa blanca de algodón. Era un día importante y la tensión la tenía sobre ascuas. Llegaba al laboratorio, para someterse a una jornada de pruebas, el primero de los sujetos seleccionados. ¿Iba a confirmar su teoría o iba a fallarle en toda regla? Al final de la jornada ¿iba a verse ensalzada o tendría que revisar y evaluar de nuevo sus ideas?

Sin embargo, no deseaba ponerse en camino hacia el trabajo hasta el último momento. Lisa todavía tenía el ánimo demasiado frágil. Jeannie imaginaba que lo mejor que podía hacer era permanecer sentada con ella y charlar de hombres y de sexo como siempre hacían, ayudándola así a volver a la senda de la normalidad.

Le hubiera gustado poder quedarse allí toda la mañana, pero le era del todo imposible. Lamentaba de veras que Lisa no estuviese con ella en el laboratorio, echándole una mano, pero eso no podía ser.

– Sí, conocí a uno -contestó Jeannie a la pregunta-. Hubo un chico con el que desee casarme. Se llamaba Will Temple. Era antropólogo. Todavía lo es.

Jeannie aun podía verle mentalmente: un tiarrón corpulento, de barba rubia, con vaqueros azules y jersey de pescador, que circulaba por los pasillos de la universidad con una bicicleta que tenía un cambio de marchas de diez velocidades.

– Ya lo has citado otras veces -dijo Lisa-. ¿Cómo era?

– Formidable. -Jeannie suspiró-. Me hacía reír, cuidaba de mí cuando caía enferma, se planchaba sus propias camisas y tenía la capacidad sexual de un caballo.

Lisa no sonrió.

– ¿Qué fue mal?

Jeannie estaba en plan audaz, pero aún le dolía aquel recuerdo.

– Me dejó por Georgina Tinkerton Ross. -A guisa de explicación, añadió-: De los Tinkerton Ross de Pittsburgh.

– ¿Qué clase de chica era?

Lo último que Jeannie deseaba era rememorar a Georgina. Sin embargo se trataba de sacar del cerebro de Lisa la violación, de modo que se obligó a dar vida verbal a sus reminiscencias.

– Era perfecta -dijo, y no le hizo mucha gracia el amargo sarcasmo que percibió en su propia voz-. Rubia como el trigo, figura de reloj de arena, gusto impecable en jerseys de cachemir y en zapatos de piel de cocodrilo. Ni pizca de cerebro, pero podrida de dinero.

– ¿Cuándo ocurrió todo eso?

– Will y yo vivimos juntos un año mientras yo hacía el doctorado. -En su recuerdo, aquella había sido la época más feliz de su vida-. Will se trasladó cuando yo estaba escribiendo sobre si la criminalidad está latente en los genes. -«Magníficamente calculado Will. Quisiera poder odiarte más aún»

– Berrington me ofreció entonces un empleo en la Jones Falls y me lancé de cabeza.

– Los hombres son unos canallas.

– Will no es ningún canalla. Es un chico estupendo. Se enamoró de otra, eso es todo. Creo que se equivocó en su elección. No fue como si él y yo estuviésemos casados o algo así. No rompió ninguna promesa. Ni siquiera me fue nunca infiel, salvo un par de veces antes, me dijo. -Jeannie comprendió que estaba repitiendo las propias palabras de autojustificación de Will-. No sé, tal vez era un canalla después de todo.

– Quizá deberíamos volver a la época victoriana, cuando un hombre que besaba a una mujer se consideraba prometido. Al menos, las chicas conocían el terreno que pisaban.

En aquellos momentos, la perspectiva de Lisa respecto a las relaciones con el sexo opuesto estaba un tanto distorsionada, pero Jeannie no lo dijo. Le preguntó, en cambio:

– ¿Qué me dices de ti? ¿Encontraste alguna vez un hombre con el que te hubiera gustado casarte?

– Nunca. Ni uno.

– Tú y yo tenemos mucha categoría. No te preocupes, cuando el señor adecuado aparezca será un hombre maravilloso.

Sonó el interfono de la entrada y ambas se sobresaltaron. Lisa dio un respingo y tropezó con la mesa. Un jarro de porcelana fue a estrellarse contra el suelo y se hizo añicos.

– ¡Maldita sea! -exclamó Lisa.

Aún tenía los nervios de punta.

– Recogeré los trozos -se brindó Jeannie en tono tranquilizador-. Ve a ver quién está en la puerta.

Lisa cogió el telefonillo. Una arruga de preocupación surcó su rostro mientras examinaba la imagen del monitor.

– Está bien, supongo -articuló dubitativa, y apretó el botón que abría la puerta del edificio.

– ¿Quién es?-preguntó Jeannie.

– Una detective de la Unidad de Delitos Sexuales.

Jeannie ya se había temido que enviaran a alguien con la intención de inducir a Lisa a colaborar en la investigación. Estaba firmemente decidida a que no sucediera así. Sólo le faltaba a Lisa que la acosaran con preguntas indiscretas.

– ¿Por qué no le has dicho que se fuera a tomar viento?

– Tal vez porque es negra.

– ¿Te estás quedando conmigo?

Lisa denegó con la cabeza.

Muy listos, pensó Jeannie mientras recogía en el hueco de la mano los trozos de porcelana. Los polis sabían que Lisa y ella eran hostiles. De haber enviado un detective blanco y varón no hubiera pasado del umbral de la puerta. De modo que encargaron la operación a una mujer de color, sabedores de que las muchachas blancas de clase media le flanquearían el paso y se mostrarían corteses con ella. Bueno, si intentaba pasarse de la raya con Lisa, la echarían de allí sin contemplaciones, lo mismo que si fuera un hombre blanco, pensó Jeannie.

La detective resultó ser una mujer rechoncha, de alrededor de cuarenta años, elegantemente vestida con blusa color crema y multicolor pañuelo de seda. Llevaba una cartera de mano.

– Soy la sargento Michelle Delaware -se presentó-. Los compañeros me llaman Mish.

Jeannie se preguntó que llevaría en la cartera. Normalmente, los detectives llevan armas, no documentos.

– Soy la doctora Jean Ferrami -dijo Jeannie. Siempre sacaba a relucir su título al presentarse a alguien con quien suponía iba a tener trifulca-. Ella es Lisa Hoxton.

– Señora Hoxton -dijo la detective-, quiero manifestarle en primer lugar que lamento mucho lo que le sucedió ayer. A mi unidad llega un caso de violación diario, por término medio, y cada uno de ellos representa una tragedia terrible y un trauma lacerante para la víctima. Sé que se siente usted muy herida y lo comprendo.

Uff, pensó Jeannie, esto es distinto a lo de ayer.

– Trato de superarlo -respondió Lisa, desafiante, aunque la delataron las lágrimas que afluyeron a sus ojos.

– ¿Puedo sentarme?

– Faltaría más.

La detective tomó asiento ante la mesa de la cocina.