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– Si vos lo habéis podido soportar…

– He cambiado, Rodrigo. Sé que de joven era un crápula y bien es cierto que no aproveché como vos las buenas lecciones de nuestros profesores en París, pero el tiempo hace cambiar a las personas. Como sabéis, mi padre fue uno de los fundadores de la orden.

– Pero entonces… ¿se puede ingresar estando casado?

– La mayoría de los fundadores tenían mujer e hijos. Sí se puede, Rodrigo. Hay hombres casados que profesan votos temporales. Juran servir al Temple durante un año, dos o tres y mantienen durante ese período el voto de castidad. Aunque hay otros que, teniendo esposa, lo abandonan todo e ingresan en la orden. Eso es lo que hicieron los fundadores.

– ¿Y qué ocurre con la esposa?

Jean sonrió.

– Cuando un hombre casado ingresa en el Temple dona al mismo la mitad de sus posesiones.

– ¿Y la otra mitad?

– Queda a disposición de sus legítimos herederos. Algunos, al decidir ingresar, envían a su esposa a un convento.

– Vaya.

– Es lo que hizo mi padre. Al principio no lo entendí, pero luego, en una peregrinación que hice a Tierra Santa acompañado por él mismo y otros compañeros suyos, vi la luz, Rodrigo. Pero insisto en que éste no es un camino fácil, si buscáis la gloria del combate os equivocáis de parte a parte.

– Lo sé. No busco laureles; quiero luchar de manera anónima, como uno más. Vuestra fama os antecede y es lo que más deseo.

Jean de Rossal miró con satisfacción a su viejo compañero y dijo:

– No sabéis la alegría que me dais. ¡A mis brazos, amigo!

7 de mayo del Año

de Nuestro Señor de 1140

A la atención de su Paternidad

Silvio de Agrigento

Estimado señor, os escribo desde la ciudad de Rodez, en cuya posada pernoctamos para recuperar a las bestias y a nos de la fatiga del camino. Como podéis comprobar, la misión -tal y como vos gustáis de llamar a este encargo- ha comenzado con muy buen pie. Mi buen amigo Jean de Rossal se ha mostrado muy feliz con nuestro reencuentro y mucho más con mi decisión de engrosar las filas del Temple. Me siento culpable al comprobar con qué entusiasmo me presenta a sus confreres, que se deshacen en elogios al saber que serví con el Batallador, ya que mi antiguo señor, mi Rey, simpatizaba de veras con esta militia y ellos saben que los quería bien.

Jean es el comendador de una minúscula encomienda situada a apenas una jornada de París, hacia el sur de la urbe. Allí nos dirigimos. Tengo que cumplir un período de prueba, al igual que mis acompañantes, Giovanno, Toribio y Tomás. No he podido contactar hasta ahora con vos porque siempre hemos pernoctado en encomiendas y hospederías de la orden, pero he aprovechado nuestra estancia en esta posada para sobornar a un mozo para que entregue esta carta al cura del pueblo y que él os la haga llegar.

De momento no me permiten lucir la túnica o la sobreveste blanca que visten los milites templi porque estoy a prueba, aunque me consta -según dice Jean- que a las altas jerarquías de la orden les ha alegrado mucho mi incorporación. La cesión de las propiedades de mi padre -si levantara la cabeza- ha supuesto, como dijisteis vos, un retoque perfecto a mi candidatura, un añadido que, por lo que sé, no les ha desagradado. Los recursos que se necesitan para combatir en Tierra Santa son enormes y cualquier aportación es recibida con alegría por la orden. Es curioso, pero en el camino, en todos los pueblos por los que pasamos, hasta en los villorrios más deprimidos, los campesinos nos salen al paso y nos entregan sus pocas joyas, sus exiguas monedas, la cruz de la abuela, trigo, animales… todo para que luchemos contra el infiel y mantengamos en manos pías el Santo Sepulcro de Nuestro Señor. Jean no rechaza ninguna donación por pobre que sea el donante. Parece como si sirviera a un fin superior que no obedece ni repara en las vidas de los insignificantes hombres y mujeres que habitan este valle de lágrimas. Todos los caballeros, sargentos y armigueros parecen imbuidos por ese ideal, que los hace semejar superiores, soldados místicos, monjes guerreros con una sola misión: combatir al infiel aun a costa de sus propias vidas o las de los demás. Viajamos acompañados por cinco sargentos y quince peones, así como por varios armigueros que se encargan de bregar con las bestias y hacer funciones de escuderos de nos, de Jean y otros dos caballeros templarios de la encomienda de Chevreuse que nos acompañan. Uno, de nombre Robert Saint Claire, viene de las islas Británicas y parece gozar de cierto predicamento pese a su juventud. Al parecer, es de familia influyente. El otro, que rondará la cuarentena, es de origen milanés, se llama Gregorio de Bratava y parece tener malas pulgas.

Mi amigo Jean parece entusiasmado y feliz con mi presencia. En parte me hace sentir culpable. Os tendré informado.

Vuestro hermano en Cristo,

Rodrigo de Arriaga

El castillo de la Magdalena

La nutrida comitiva llegó a su destino al atardecer; cuando el crepúsculo iluminaba en tonos rojizos el hermoso valle donde se hallaba situado Chevreuse, Jean de Rossal quiso dar un rodeo y en lugar de ascender por el sur a la planicie en que se hallaba el castillo, los caballeros atravesaron el valle pasando por el pueblo. Los lugareños parecían contentos con la llegada del comendador y salían a saludarle, pues, según decía el propio Jean, aquella comunidad había prosperado desde que vivían al abrigo de la encomienda del Temple situada en el Château de la Madeleine. Pese a que parecían amables, Arriaga percibió cierto temor en sus ojos cuando saludaban a De Rossal.

Aquellas tierras parecían fértiles y el castillo, a lo alto, imponente. La primavera arrancaba a la tierra miles de florecillas de colores que adornaban los dos lados del camino. Olía a hierba y a tierra mojada. Pararon a dar gracias en la pequeña iglesia del pueblo dedicada a san Nicolás. Rodrigo Arriaga se sintió sobrecogido cuando, rodilla en tierra, todos oraron ante el icono de una virgen negra en la semipenumbra del pequeño templo.

Pensó en Aurora, ardiendo en el infierno en aquel momento. No era justo, un ser tan angelical como ella, tan puro… había muerto sin recibir los últimos sacramentos y yacía en tierra no consagrada. Pensó en la criatura que albergaba en sus entrañas vagando por el limbo. Él tenía la culpa, la había seducido y arrastrado a la muerte. Maldijo a su señor, Alfonso, y se maldijo a sí mismo.

Pensó en los templarios. No creía que Silvio de Agrigento tuviera razón. No pensaba que ocultaran nada. Bien era cierto que Su Santidad el Papa les había otorgado privilegios sin parangón, pero la cristiandad necesitaba a las órdenes militares para mantener Tierra Santa en manos pías. Los grandes nobles del Occidente cristiano y los más acaudalados monarcas no podían soportar la sangría que suponía mantener tropas de continuo en Palestina. El Temple, sí. Y era lógico que el papado los tuviera en alta estima.

– Vamos, Rodrigo -dijo Jean tomándolo por el brazo. Salieron a la plaza empedrada donde habían dejado los caballos y subieron a sus monturas. Mientras ascendían por el empinado sendero de tierra que llevaba al castillo, Arriaga pudo contemplar el valle en todo su esplendor. Aquel lugar era fértil, sin duda, la multitud de casas de labranza que salpicaban el paisaje aquí y allá demostraban que la encomienda que comandaba Jean debía de ser de las más florecientes. El sol se colaba entre las ramas de las hayas y los olmos centenarios, arrancando pequeños destellos de la hierba mojada. Llegaron al pie de las murallas, en la zona norte del château, la que se asomaba al valle. Allí, una empinada escalera daba acceso a una puerta con un rastrillo metálico, pero como aquella entrada no era idónea para las bestias, rodearon el imponente muro por el lado este, junto a una enorme torre de sección circular. Pasaron bajo el muro noroeste -un lienzo de muralla imponente con dos altas torres cuadrangulares a los lados- y entraron en el recinto por el sur, atravesando un pequeño puente levadizo que los llevó al patio cubierto de hierba. Allí los esperaban cuatro caballeros, varios sargentos y unos cuantos armigueros. En el centro del recinto, cercano a la cara oeste, se levantaba un inmenso donjon de tres alturas que cerraba en un gigantesco tejado de pizarra. Un capellán de la orden se acercó a darles la bendición. Vestía una casulla verde con una capa blanca en la que, junto al hombro, se podía observar una cruz roja patada. Todos se arrodillaron y después de que el cura trazara tres veces la señal de la cruz en el aire, rezaron un padrenuestro. Entonces se levantaron y se acercaron los unos a los otros. No parecían efusivos, aunque era evidente que se alegraban de verse. Rodrigo fue presentado a sus nuevos compañeros y un armiguero lo acompañó para que pudiera dejar sus cosas en el dormitorio. Estaba situado en el segundo piso del donjon, la torre del homenaje. Le sorprendió ver que aquel aposento era comunal y que sólo disponía para sí de un pequeño arcón -sin cerradura- al pie de un incómodo catre. Los siete caballeros que había en aquel momento en la encomienda, incluido Jean de Rossal, compartían dormitorio. Según le dijeron, faltaban otros siete que habían acudido al Temple de París a llevar el importe recaudado con el diezmo en los últimos meses.