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Así pues, había que resignarse a ese museo poblado de momias, de figuras de cera con sus inscripciones: «Tres elegantes», «Presidente Faure con su amante», «Viejo guerrero en un pueblo del norte»… Cerré la maleta.

Acodándome en la barandilla del balcón, dejé vagar la mirada por la transparente y dorada tonalidad del atardecer en la estepa.

«A fin de cuentas, ¿de qué les ha servido su belleza?», pensé con súbita clarividencia, diáfana como la luz del crepúsculo que contemplaba. «Sí, ¿de qué les han servido sus hermosos pechos, sus caderas, los vestidos que tan magníficamente ceñían sus cuerpos jóvenes? ¡Ser tan guapas y aparecer sepultadas en una vieja maleta, en una ciudad adormecida y polvorienta, perdida en medio de una llanura infinita! En esta Saranza de la que, en vida, no habían oído ni hablar… Cuanto queda de ellas es esta foto, superviviente de una inimaginable serie de grandes y pequeños azares, conservada únicamente como reverso de una página que evoca el raid automovilístico Pekín-París. Ni siquiera Charlotte conserva el menor recuerdo de las tres figuras femeninas. ¡Yo soy el único en la Tierra que preserva el último hilo que las une con el mundo de los vivos! Mi memoria es su postrer refugio, su última morada antes del olvido definitivo, total. Soy en cierto modo el dios de su universo vacilante, de ese rincón de los Campos Elíseos donde resplandece todavía su belleza…»

Pero, con ser su dios, únicamente podía ofrecerles una existencia de marionetas. Ponía en marcha mis recuerdos y las tres elegantes echaban a andar, el presidente de la República abrazaba a Marguerite Steinheil, el duque de Orleans caía atravesado por pérfidos puñales, el viejo guerrero empuñaba su larga pica y henchía el pecho…

«¿Cómo es que todas esas pasiones, dolores, amores, palabras, dejan tan pocas huellas?», me pregunté con angustia. «¡Qué absurdas son las leyes de un mundo donde la vida de mujeres tan hermosas, tan deseables, depende del revoloteo de una página! En efecto, de no haberse vuelto esa hoja, yo no las hubiera salvado de un olvido que habría sido eterno. ¡Qué enorme disparate es la desaparición de una mujer guapa! Desaparición sin remedio. Eclipse total. Sin sombra. Sin reflejo. Definitivo…»

El sol se apagó al fondo de la estepa. Pero en el aire flotó aún durante largo rato la luminosidad cristalina de las frescas veladas de estío. Tras el bosque se oyó el pitido de la Kukuchka, más sonoro en el aire frío. Las primeras hojas amarillas esmaltaban las frondas. Resonó de nuevo el pitido de la pequeña locomotora, ya lejano y débil.

Y entonces, tomando al recuerdo de las tres elegantes, me asaltó un pensamiento sencillo, un último eco de las tristes reflexiones que, instantes antes, bullían en mi cerebro: «¡Y sin embargo, en la vida de esas mujeres había existido esa mañana de otoño, fresca y límpida, esa avenida sembrada de hojas secas donde se habían detenido un instante, inmovilizándose ante el objetivo! Inmovilizando aquel instante… Sí, en su vida había existido una mañana clara de otoño…».

Esa breve frase obró el milagro. Pues de súbito me trasladé con todos mis sentidos al instante que la sonrisa de las tres elegantes había dejado en suspenso. Me vi inmerso en el clima de sus olores otoñales. Las hojas desprendían un aroma amargo, tan penetrante que las aletas de mi nariz palpitaron. El sol que se filtraba a través de las ramas me obligó a entornar los ojos. Oí el ruido lejano de un faetón circulando por el pavimento. Y el runrún aún confuso de las jocosas réplicas que intercambiaban las tres mujeres antes de petrificarse frente al fotógrafo… ¡Sí, revivía su época, plena, intensamente!

Tan grande fue el efecto de mi presencia junto a ellas, aquella mañana de otoño, que tuve que escapar de su luz, casi asustado. De pronto me dio miedo quedarme allí para siempre. Cegado, ensordecido, regresé a la estancia, cogí la hoja de periódico…

La superficie de la foto pareció estremecerse, como la de una calcomanía de húmedos y vivos colores. Su plana perspectiva empezó de repente a cobrar profundidad, a alejarse ante mi mirada, como cuando, de niño, contemplaba dos imágenes idénticas que navegaban lentamente la una hacia la otra antes de fundirse en una sola, estereoscópica. La foto de las tres elegantes se abría ante mí, me rodeaba poco a poco, me dejaba penetrar bajo su cielo. Sobre mi cabeza se erguían las grandes hojas amarillas…

Mis reflexiones de una hora antes (el olvido total, la muerte…) habían perdido sentido. Todo era demasiado luminoso, sin palabras. Ni tan siquiera necesitaba mirar la foto. Cerré los ojos; el instante estaba dentro de mí. Y adiviné hasta la alegría que embargaba a las tres mujeres, la de recobrar, tras el calor ocioso del verano, el frescor del otoño, la ropa propia de esa estación, los placeres de la vida urbana e incluso, en breve, la lluvia y el frío, que contribuirían a su encanto.

Sus cuerpos, inaccesibles un momento antes, vivían en mí, inmersos en la tonificante fragancia de las hojas secas, en la leve bruma moteada de sol… Sí, adiviné en ellas ese imperceptible temblor con el que el cuerpo femenino acoge el nuevo otoño, esa mezcla de goce y de angustia, esa serena melancolía. No se interponía ya obstáculo alguno entre las tres mujeres y yo. Nuestra fusión -así lo sentía- era más amorosa y camal que cualquier posesión física.

Emergí de esa mañana de otoño y me encontré bajo un cielo ya casi negro. Cansado como si acabase de cruzar a nado un gran río, miré a mi alrededor sin apenas reconocer los objetos familiares. Aun así, quise dar marcha atrás para volver a ver a las tres paseantes de la Belle Epoque.

Pero la magia que acababa de experimentar pareció eclipsarse de nuevo. De modo inconsciente, mi memoria recreó un reflejo del pasado totalmente distinto. Vi a un hombre apuesto, vestido de negro, en medio de un lujoso despacho. La puerta se abría silenciosamente y una mujer, el rostro cubierto con un velo, penetraba en la estancia. Acto seguido, el presidente, con gestos muy teatrales, abrazaba a su amante. Sí, era la escena, mil veces sorprendida, de la cita secreta de los enamorados del Elíseo. Invocados por mi memoria, éstos acudieron y volvieron a representarla una vez más cual precipitado vodevil. Pero aquello ya no me bastaba…

La transfiguración de las tres elegantes me hacía concebir esperanzas de que se repitiese la magia. Recordaba muy bien la sencilla frase que lo había desencadenado todo: «Y sin embargo, en la vida de las tres mujeres había existido esa fresca y soleada mañana…». Cual aprendiz de brujo, imaginé de nuevo al hombre del gallardo bigote en su despacho, ante la ventana oscura, y musité la fórmula mágica:

– Y sin embargo, existió en su vida una tarde de otoño, una tarde en que se hallaba ante la ventana oscura tras la que se agitaban las ramas desnudas del jardín del Elíseo…

No sé en qué momento preciso ocurrió, pero lo cierto es que las barreras del tiempo se habían desvanecido… El presidente miraba distraído los reflejos movedizos de los árboles. Sus labios estaban tan cerca del cristal que durante un segundo lo veló un redondel de vaho. El presidente, al notarlo, cabeceó levemente en respuesta a sus mudos pensamientos. Adiviné que advertía la extraña rigidez con que la ropa le ceñía el cuerpo. Se sentía ajeno a sí mismo. Sí, una existencia desconocida, tensa, que se veía obligado a dominar con su inmovilidad aparente. El hombre pensaba, no, no pensaba, sino que percibía, en algún lugar de aquella húmeda oscuridad tras el cristal, la presencia cada vez más íntima de la mujer que al poco penetraría en la estancia. «El presidente de la República», dijo en voz baja, recalcando lentamente las sílabas. «El Elíseo…» Y de súbito, estas palabras tan familiares se le antojaron ajenas a su persona. Sintió muy intensamente que era el hombre que, un momento después, quedaría de nuevo subyugado por el dulce calor de los labios femeninos que se ocultaban tras el velo salpicado de brillantes gotitas heladas…