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Charlotte se volvió bruscamente. La visión fue más rápida que un relámpago. El manco, en su caja rodante, arrancó calle abajo en medio de un ensordecedor estrépito de cojinetes. Tocó varias veces el suelo con el muñón para dirigir su enloquecida carrera. Y de su boca, deformada por un horrible rictus, asomaba un cuchillo que llevaba apretado entre los dientes. El mutilado que acababa de robarle el dinero apenas tuvo tiempo para empuñar el bastón. La caja del manco se estampó contra la suya. Saltaron salpicaduras de sangre. Charlotte vio que otros dos samovares se abalanzaban sobre el manco, que sacudía la cabeza, lacerando el cuerpo de su contrincante. Brillaron otros cuchillos entre los dientes. Se oían gritos por doquier. Las cajas chocaban unas contra otras. Los transeúntes, pasmados ante el espectáculo de aquella batalla, que ya era campal, no se atrevían a intervenir. Otro soldado bajaba a toda velocidad la pendiente de la calle y, con el cuchillo apretado entre las mandíbulas, se hundió en el terrorífico maremágnum de cuerpos mutilados… Charlotte intentó acercarse, pero el combate se libraba casi a ras de suelo; habría sido preciso reptar para interponerse. Acudían ya los milicianos, lanzando' estridentes alaridos. Eso hizo reaccionar a los espectadores. Algunos se apresuraron a marcharse. Otros se retiraron a la sombra de los álamos para ver el desenlace del combate. Charlotte divisó a una mujer que, inclinándose, separaba a un samovar de entre los cuerpos hacinados y repetía con voz desconsolada: «¡Liocha! ¡Me prometiste que no volverías por aquí! ¡Me lo prometiste!». Y se fue, llevándose al hombre mutilado en brazos, como a un niño. Charlotte intentó ver si el manco seguía allí. Uno de los milicianos la apartó de un empujón…

Caminábamos en línea recta, alejándonos de Saranza. El estruendo de la banda militar se había apagado en el silencio de la estepa. Ya sólo oíamos el rumor de las hierbas mecidas por el viento. Y en ese infinito de luz y calor, se dejó oír de nuevo la voz de Charlotte.

– No, no se peleaban por el dinero robado, ¡qué va! Todo el mundo era consciente de ello. Se peleaban para… para vengarse de la vida. De su crueldad, de su estupidez. Y de aquel cielo de mayo que se cernía sobre sus cabezas… Se peleaban como si quisieran provocar a alguien. Sí, al ser que había mezclado en una sola vida aquel cielo de primavera y sus cuerpos mutilados…

«¿Stalin? ¿Dios?», estuve a punto de preguntar; pero con el viento de la estepa las palabras se tornaban ásperas, difíciles de articular.

Nunca nos habíamos alejado tanto. Hacía rato que Saranza se había sumergido en la bruma que flotaba en el horizonte. Necesitábamos errar sin rumbo fijo. A mi espalda, sentía casi físicamente la presencia de una plazoleta moscovita…

Llegamos por fin a un terraplén de ferrocarril. La vía marcaba una frontera surrealista en aquel infinito sin más punto de referencia que el sol y el cielo. Curiosamente, al otro lado de la vía férrea, el paisaje cambió. Nos vimos obligados a contornear varios barrancos, gigantescas fallas de fondo arenoso, y a descender a un valle. Bruscamente, entre la maraña de sauces, brilló el agua. Intercambiando una sonrisa, exclamamos ambos al unísono:

– ¡Sumra!

Era un lejano afluente del Volga, uno de esos ríos discretos, perdidos en la inmensidad de la estepa, cuya existencia se conoce tan sólo porque van a desembocar al gran río.

Permanecimos a la sombra de los sauces hasta el atardecer… Durante el camino de regreso, Charlotte concluyó su relato.

– Las autoridades acabaron hartándose de los mutilados de la plaza, de sus gritos y de sus peleas. Lo que se les reprochaba en realidad era que daban una mala imagen de la gran Victoria. Verás, al soldado se le prefiere o valiente y sonriente o… muerto en el campo de batalla. Y aquéllos… Total, que un día aparecieron varios camiones militares, los milicianos sacaron de sus cajas a los samovares y los arrojaron a los volquetes. Como quien carga maderos en una telega. Una moscovita me contó que los llevaron a una isla, por la zona de los lagos del Norte. Acondicionaron para ellos una antigua leprosería… En otoño intenté informarme sobre ese lugar con idea de trabajar allí. Pero cuando llegué a aquella región, en primavera, me dijeron que no quedaba un solo mutilado en la isla y que la leprosería había sido definitivamente clausurada… La comarca era preciosa. Pinos hasta perderse la vista, grandes lagos y sobre todo un aire purísimo…

Tras una hora de marcha, Charlotte me lanzó una sonrisilla cansada:

– Espera, que me sentaré un poco…

Se sentó en la hierba seca, estirando las piernas. Maquinalmente, caminé unos pasos más y me volví. Una vez más, como desde una extraña lejanía, o de una gran altura, vi a una mujer de cabello blanco con un sencillo vestido de satén claro, una mujer sentada en el suelo en medio de esa cosa inconmensurable, que se extiende desde el mar Negro hasta Mongolia y que llamamos «la estepa». Mi abuela… La veía con ese inexplicable distanciamiento que, la víspera, se me había antojado una especie de ilusión óptica provocada por mi tensión nerviosa. Creí percibir el vertiginoso extrañamiento que debía de sentir con frecuencia Charlotte: un extrañamiento casi cósmico. Allí sentada, bajo el cielo violeta, parecía hallarse totalmente sola en este planeta, en la hierba malva, bajo las primeras estrellas. Y su Francia, su juventud, quedaban más lejanas de ella que aquella pálida luna -arrumbadas en otra galaxia, bajo otro cielo…

Alzó el rostro. Sus ojos me parecieron más grandes que nunca. Habló en francés: La sonoridad de esa lengua vibraba como un postrer mensaje proveniente de la lejana galaxia.

– ¿Sabes, Aliocha? A veces me da la impresión de que no entiendo en absoluto la vida de este país. Sí, de que sigo siendo una extranjera. Aunque llevo medio siglo viviendo aquí. Aquellos samovares… No puedo entenderlo. ¡Había gente que se reía al verlos pelear!

Hizo ademán de levantarse. Me precipité hacia ella tendiéndole la mano. Me sonrió, asiéndose a mi brazo. Y mientras yo me inclinaba, murmuró unas palabras cuyo tono firme y grave me sorprendió. Es probable que, mentalmente, yo las tradujera al ruso y las recordara así. Ello dio una larga frase, mientras que el francés de Charlotte lo resumía todo en una sola imagen: el samovar manco que está sentado, arrimado al tronco de un inmenso pino, y contempla, silencioso, el reflejo de las olas muriendo tras los árboles…

En la traducción rusa que conservó mi memoria, la voz de Charlotte agregaba con un tono de justificación: «Y a veces pienso que entiendo este país mejor que los propios rusos. Porque conservo grabado el rostro de ese soldado desde hace tantos años… Porque he entrevisto su soledad a orillas del lago…».

Se levantó y caminó lentamente, apoyándose en mi brazo. Yo sentía desvanecerse en mi cuerpo, en mi respiración, al adolescente agresivo y nervioso que llegara la víspera a Saranza.

Así comenzó nuestro verano, el último verano que pasé en casa de Charlotte. A la mañana siguiente, me desperté con la sensación de ser por fin yo mismo.

Me embargaba un gran sosiego, a la par amargo y sereno. Ya no tenía que debatirme entre mis identidades rusa y francesa. Me había aceptado.

Pasábamos casi todos los días a orillas del Sumra. Salíamos a primera hora de la mañana, llevándonos pan y queso y una gran cantimplora de agua. Al atardecer, aprovechando las primeras ráfagas de aire fresco, regresábamos.

Como ya conocíamos el camino, no se nos hacía tan largo. Descubríamos mil puntos de referencia en la soleada monotonía de la estepa, mil jalones que pasaron pronto a sernos familiares. El bloque de granito cuya mica refulgía al sol en lontananza. Una franja de arena que semejaba un minúsculo desierto. Aquel lugar cuajado de zarzas que había que evitar. Cuando Saranza desaparecía de nuestra vista, sabíamos que al punto se recortaría en el horizonte la línea del terraplén, que brillarían los raíles. Y una vez salvada esa frontera, alcanzábamos nuestra meta; tras los barrancos que cercenaban la estepa con sus abruptas hondonadas, barruntábamos ya la presencia del río. Parecía esperamos…