– ¿Y si Charlotte viviera todavía?…
Perplejo, la imaginé saliendo a su balconcillo cubierto de flores, inclinándose sobre un libro. Hacía muchos años que no recibía noticias de Saranza, de manera que Charlotte podía seguir viviendo más o menos como vivía antes, como en los tiempos de mi infancia. Tendría ahora más de ochenta años, pero eso no modificaba en absoluto la imagen que de ella guardaba en mi memoria. Para mí seguía siendo la misma.
Fue entonces cuando se insinuó un sueño en mi mente. Probablemente su halo acababa de despertarme. Ir a ver a Charlotte, traerla a Francia…
La irrealidad de ese proyecto formulado por un vagabundo tumbado en las losas de un panteón era lo bastante evidente como para que no intentara demostrármela. Decidí, por el momento, no pensar en los detalles, vivir conservando en lo más hondo tan quimérica esperanza. Vivir de esa esperanza.
Aquella noche no pude conciliar el sueño. Me eché el abrigo y salí afuera. La tibieza de los últimos días de otoño había dado paso al viento del norte. Permanecí de pie contemplando las nubes bajas que se teñían poco a poco de una palidez grisácea. Recordé que un día Charlotte, con un tono de broma un tanto amargo, me dijo que después de todos sus viajes a través de la inmensa Rusia, llegar a Francia caminando no le parecía una cosa imposible…
Al principio, durante largos meses de miseria y vagabundeo, mi disparatado sueño se asemejaría mucho a esa triste bravata. Me imaginaría a una mujer vestida de negro que, en los albores de una oscura mañana de invierno, entraría en un pueblo fronterizo. Los faldones de su abrigo estarían salpicados de barro; su grueso chal, calado por la fría niebla. La mujer abriría la puerta de un café en la esquina de una estrecha plaza adormecida y se acomodaría junto a la ventana, al calor de una estufa. La dueña le llevaría una taza de café. Y contemplando, al otro lado del cristal, la apacible fachada de las casas con entramado, la mujer murmuraría muy quedo: «Es Francia… He vuelto a Francia. Después… después de toda una vida».
2
Al salir de la librería, crucé la ciudad y enfilé el puente que se erguía sobre la luminosa superficie del Garona. Me dije que en las películas antiguas utilizaban una vieja fórmula para sobrevolar en unos segundos varios años de la vida del protagonista. La acción se interrumpía y sobre un fondo negro aparecían unas palabras cuya franqueza sin ambages siempre me había gustado: «Pasaron dos años», o bien: «Tres años después». Pero ¿quién se atrevería actualmente a utilizar un recurso tan anticuado?
Y sin embargo, al entrar en aquella librería desierta, en pleno centro de una ciudad provinciana aplastada por la canícula, y al ver en el escaparate mi último libro, tuve exactamente esa impresión: «Tres años después». El cementerio, el panteón funerario de los Belval y Castelot, y ese libro entre el mosaico de cubiertas multicolores, bajo el letrero: novela francesa -novedades…
Llegué a los bosques de las landas hacia el atardecer. Me faltaban, pensé, dos o tres días más de camino, durante los que presentiría, tras aquellas ondulaciones cubiertas de pinos, la eterna espera del océano. Dos días, dos noches… Gracias a las «Notas», el tiempo había cobrado para mí una extraña densidad. Aun viviendo inmerso en el pasado de Charlotte, me daba la impresión de no haber sentido nunca con tal intensidad el presente. Los paisajes de antaño conferían un relieve muy singular a ese retazo de cielo que asomaba entre los racimos de agujas de pino, a ese calvero iluminado por los rayos del crepúsculo como una masa de ámbar…
Por la mañana, al reanudar el camino (un tronco de pino en el que no había reparado la víspera, y en el que habían practicado un corte, lloraba su resina, su «gema», como decían por la región), recordé, sin saber por qué, aquel estante en el fondo de la librería: «Literatura de la Europa del Este». Allí estaban mis primeros libros, apretados -como para provocarme un vértigo megalómano- entre los de Lermontov y Nabokov. Se trataba, por mi parte, de una pura y simple mistificación literaria. Porque esos libros habían sido escritos directamente en francés y rechazados por los editores: yo era «un ruso raro al que le daba por escribir en francés». Entonces, a la desesperada, me inventé un traductor y mandé el manuscrito presentándolo como traducido del ruso. Este fue aceptado, publicado y elogiado por la calidad de la traducción. Y yo me dije, primero con amargura y luego con una sonrisa, que mi maldición francorrusa seguía pesando sobre mí. Sólo que si de niño me veía obligado a disimular el injerto francés, ahora me echaban en cara mi idiosincrasia rusa.
Por la noche, poco antes de dormir, releí las últimas páginas de las «Notas». En el fragmento escrito la víspera, decía:
«Ha muerto un niño de dos años en la gran isba que queda enfrente de donde vive Charlotte. Veo al padre del niño apoyar contra la barandilla de la escalera exterior una caja oblonga cubierta de tela roja: ¡un pequeño ataúd! Sus dimensiones, propias de un juguete, me aterran. Necesito encontrar inmediatamente un lugar, bajo el cielo, en esta tierra, donde sea posible imaginar vivo a ese niño. La muerte de un ser mucho más joven que yo pone en tela de juicio al universo entero… Corro a ver a Charlotte, que repara en mi angustia y me dice algo sorprendente por su sencillez:
»-¿Recuerdas que, en otoño, vimos una bandada de aves migratorias?
»-Sí, pasaron volando por encima del patio y desaparecieron.
»-Eso es, pero siguen volando, en algún sitio, por países lejanos, sólo que nosotros, con nuestra vista demasiado débil, no podemos verlos. Lo mismo sucede con los que mueren…».
Aquella noche, a través del sueño me pareció notar que el ruido de las ramas era más intenso y se prolongaba más de lo habitual. Como si el viento no hubiera dejado un instante de soplar. Por la mañana descubrí que era el rumor del océano. La víspera, cansado, me había detenido, sin saberlo, en la frontera en la que el bosque se hundía en las dunas batidas por las olas.
Pasé toda la mañana en la orilla desierta, observando el imperceptible ascenso de las aguas. Cuando se inició la marea baja, reanudé mi camino. Descalzo por la arena húmeda y dura, comencé a bajar hacia el sur. Caminaba pensando en la bolsa que mi hermana y yo llamábamos, en nuestra infancia, «el bolso del Pont-Neuf», y que contenía las piedrecitas envueltas en trozos de papel. Había un «Fécamp», un «Verdún» y también un «Biarritz», cuyo nombre nos recordaba el cuarzo y no una ciudad que nos era desconocida… Caminaría bordeando el océano durante diez o doce días para dar con esa ciudad, una ínfima parcela de la cual estaba perdida en un remoto lugar de las estepas rusas.
3
En septiembre, a través de un tal Alex Bond, recibí las primeras noticias de Saranza…
El tal Mister Bond era en realidad un hombre de negocios ruso, un representante muy característico de esa generación de «nuevos rusos» que en aquel momento empezaba a destacar en todas las capitales de Occidente. Recortaban su apellido, a la americana, identificándose, con frecuencia sin saberlo, con protagonistas de novelas de espionaje o con extraterrestres de los relatos de ciencia ficción de los años cincuenta. Cuando nos conocimos, aconsejé a Alex Bond, alias Alexéi Bondartchenko, que afrancesase su apellido y se presentase como Alexis Tonnelier en vez de mutilarlo de esa manera. Con tono muy serio, me explicó las ventajas que entrañaba un apellido corto y eufónico de cara a los negocios… Me daba la impresión de comprender cada vez menos la Rusia que veía ahora a través de los Bond, los Kondrat, los Fred…
Tenía que viajar a Moscú y, conmovido por el cariz sentimental de mi encargo, aceptó dar ese rodeo. Ir a Saranza, caminar por sus calles y ver a Charlotte se me antojaba mucho más extraño que viajar a otro planeta. Alex Bond acudió allí «entre dos trenes», según su expresión. Y sin poder imaginar lo que suponía para mí Charlotte, me telefoneó y me dijo con el tono de quien intercambia noticias al regreso de unas vacaciones: