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—¿Y cómo has conseguido venir? — le preguntó el Color de Rosa como si lo ignorase, y en el tono más afable.

—Hay especialmente una cosa — dijo Blaine, dándose prisa contra el tiempo, para no hallarse forzado a marcharse de allí, acabado el tiempo disponible, según el mecanismo anterior de su primer viaje —. Hay especialmente una cosa. Tú nos has hecho como un espejo. Espantamos a la gente.

—¡Vaya, por supuesto! — le repuso el Color de Rosa —. Es la única forma de hacerlo. En un planeta extraño, tú necesitas cierta protección… No desearás que otras inteligencias estén atisbando a tu alrededor. Así espantarás su búsqueda. Aquí, en el hogar, naturalmente, no hay necesidad alguna de tal protección…

— Pero, no comprendo — protestó Blaine —. Ello no nos protege. Al contrario, atrae la atención hacia nosotros. Casi han estado a punto de matarnos.

—No hay tal cosa — le dijo la extraña criatura a Blaine —. No hay tal cosa de matar a nadie. No hay tal cosa que sea la muerte. Aunque quizá yo esté equivocado. Me parece que hubo un planeta, hace ya mucho tiempo…

Y a Blaine le pareció casi oír la fabulosa memoria del Color de Rosa trabajar a velocidades increíbles, captando tales recuerdos.

—Sí — continuó —, hubo un planeta. Había varios más con él. Y era una vergüenza. Yo no puedo entenderlo bien. No tiene sentido alguno.

—Puedo asegurarte — le dijo Blaine — que en mi planeta existe la muerte por todas partes. Por la cosa más sencilla…

—¿Por cualquier cosa?

—Bien, no puedo estar seguro. Quizás…

— Ya ves — dijo el Color de Rosa —. Aun en tu planeta no es universal.

—No lo sé — dijo Blaine —. Me parece que recuerdo que hay cosas mortales.

—Cosas normales, querrás decir.

—La muerte, como propósito — continuó Blaine —. La muerte es un proceso, una función que ha causado la evolución y el desarrollo de las especies, y la diferenciación de tales especies sobre mi planeta. Ello significa el término. Es como algo que borra todas las equivocaciones, disipa todos los errores, para dar lugar a nuevos comienzos…

El Color de Rosa pareció adoptar mayor atención. Blaine podía oír el fabuloso mecanismo de su gigantesca mente, buscando ideas nuevas, argumentos quizás.

—Puede ser así —dijo—, pero eso es muy primitivo. Eso vuelve hacia el origen lejano de la vida, hasta el barro. Hay mejores caminos conocidos. Existe un punto de mejoramiento, donde no es precisa esa evolución de que estás hablando. Pero, antes de nada, ¿estás satisfecho? — preguntó.

—¿Satisfecho?

—Bien, tú eres una cosa mejorada en ti mismo. Una cosa que se ha expandido. Tú eres parte de mí y parte de ti mismo.

—Y tú participas también de mí mismo.

El Color de Rosa pareció sonreír.

—Pero existe precisamente la pareja formada por ti mismo y por mi, y yo soy tantas cosas, que no puedo empezar a contártelo. He hecho muchas visitas, he recogido muchísimas cosas, incluyendo diversas mentes, y algunas de ellas, no me importa decírtelo, fueron fuertemente enriquecidas con el cambio. Pero para que sepas también, a pesar de cuantas visitas he hecho, casi nadie ha venido a visitarme a mí. No puedo decirte cuánto aprecio esta visita tuya. Hubo un ser una vez, que vino a visitarme y lo hizo con frecuencia; pero hace ya tanto tiempo que resulta difícil recordarlo. Y a propósito, ¿tú mides el tiempo, no es cierto? El tiempo superficial, quiero decir.

Blaine le dijo cómo los humanos se servían para medir el tiempo.

—Humm, veamos — dijo la criatura, haciendo un cálculo rápido —, eso hará unos diez mil años de vuestro tiempo.

—¿Que esa criatura vino a visitarte?

—Exactamente — repuso el Color de Rosa —. Y tú eres la primera que has venido, desde entonces. Y tú has venido a visitarme. No tuviste que esperar a que yo te visitara. Y tenías aquella máquina…

—¿Cómo vine? — preguntó Blaine —. Tenías que haberme preguntado acerca de la forma de contar nuestro tiempo. Tú lo tienes todo. Has intercambiado la mente conmigo. Tú tienes todas las cosas que conozco.

—Desde luego — repuso el Color de Rosa —. Claro que lo tenía. Pero no puedo removerlo todo. No me creerías si te dijese cuan alborotado me encuentro.

«Aquello tenía que ser cierto», pensó Blaine. Aun tratándose de una mente extranormal y gigantesca, debería hallarse profundamente alborotada. Blaine imaginó, si…

—Sí, claro está — continuó el Color de Rosa —. Has venido pasando a través del tiempo. Eso se lleva algún esfuerzo. Tú eres el resumen de dos mentes, pero una sola mente. Y viajáis juntas. Formáis como un equipo. Te gusta el procedimiento, ¿verdad?—Pero es algo duro este asunto del espejo.

—No me inclino a creer que te cause preocupaciones — dijo el Color de Rosa —. Yo sólo hago lo que mejor puedo. Y por tanto, también puedo cometer errores. Lo arreglaré. Quitaré el espejo, lo cancelaré, anulándolo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo — repuso Blaine.

—Sentado aquí — dijo la criatura — voy a visitar, sin moverme de este sitio, cualquier lugar que desee, y te sorprenderías de saber que pocas mentes encuentro que se merezcan un intercambio.

—Pero, en diez mil años, habrás recogido muchas de ellas, no obstante.

—Diez mil años — dijo la extraña criatura —. Diez mil años, amigo mío, es sólo hablar de ayer mismo…

Y pareció ocuparse de volver hacia atrás, muy hacia atrás, buscando, sin que pareciese hallar el comienzo, hasta que finalmente renunció.

—Y hay tan pocos — se quejó el Color de Rosa — que pueden manejarse con una segunda mente… Tengo que tener mucho cuidado con ellos. Hay una porción de ellos que se creen poseídos. Muchos de ellos se volverían locos si yo me intercambiara con ellos. Tú quizás puedas comprenderlo.

—Cuanto antes, mejor.

—Ven — dijo el Color de Rosa —. Siéntate aquí junto a mí.

—Pero — explicó Blaine — apenas si estoy en condiciones de sentarme en ningún sitio…

—Oh, sí, ya veo. Tenía que haber pensado en ello. Bien, entonces, acércate más a mí. Has venido para una visita, ¿no es cierto?

—Naturalmente — dijo Blaine no sabiendo qué decir.

—Entonces — dijo la criatura — vamos a empezar la visita.

—Ciertamente — dijo Blaine, moviéndose de algún modo, más cerca de ella.

—Y ahora, ¿por dónde empezamos? — dijo el Color de Rosa —. Hay tantos lugares, tantos tiempos y tan diferentes criaturas… Eso siempre es un problema. Supongo que llega, porque de un deseo ea curiosidad intelectual se produce un método de la mente. Este deseo persiste en mí como, una enfermedad, como si yo pudiera ponerlo todo juntamente y pudiese llegar a un significado de conjunto. No te importará que te cuente algo sobre esas extrañas criaturas que habitan casi en los bordes de la Galaxia…

—En absoluto — dijo Blaine.

—Son más bien algo extraordinario — dijo el Color de Rosa — en cuanto no han desarrollado sus máquinas, como en tu planeta se ha hecho; pero que se han convertido, de hecho, en máquinas ellas mismas…

Y sentado allí en el brillante recinto azul, con las lejanas estrellas brillando sobre sus cabezas, con el lejano sonido del viento zumbando en el desierto, que llegaba como un murmullo en la estancia, la cosa Color de Rosa habló, no sólo de entidades-máquinas, sino de muchas otras criaturas distintas. Se refirió a las tribus de insectos que apilaban por todas partes, durante siglos sin fin, colosales reservas de alimentos, del que no tenían la menor necesidad, esclavos de una ciega manía económica. Habló también de la raza que hacía de sus formas de arte la base de una fantástica religión. Se refirió a los puestos de escucha, pertrechados por guarniciones de un imperio galáctico, que había sido olvidado desde hacía muchísimo tiempo por todos, menos por las propias guarniciones. Del fantástico y complicado arreglo sexual que tenía que hacer otra raza de seres, encarados con una procreación masiva. De planetas que nunca habían conocido la vida; pero que rodaban a lo largo de sus órbitas, tan desnudos, tan en bruto y tan silenciosamente como el primer día en que fueron formados. Y de otros planetas, que eran como una olla hirviente de vida, una gigantesca caldera de reacciones químicas, que sólo al pensarlo se empequeñecía la mente, y cómo de tales reacciones surgía una sensible y estable sustancia que era vida en un momento y fracasaba como vida al instante siguiente.