Выбрать главу

Bosch examinó en su integridad la escena que se abría debajo de él hasta que vio que se encendían las luces del patio trasero de una de las casas que había justo debajo. Observó mientras un hombre salía de la casa empuñando lo que parecía un rifle. El hombre se acercó lentamente a una plataforma redonda apuntando con el rifle. El hombre se detuvo en el borde del jacuzzi y se estiró hacia lo que debía de ser la caja eléctrica exterior.

La luz del jacuzzi se encendió mostrando la silueta de un hombre que flotaba en un círculo azul. Incluso desde lo alto de la colina, Bosch distinguió los remolinos de sangre que escupía el cadáver de Mittel. Entonces la voz del hombre del rifle subió intacta por la colina.

– Linda, no salgas. Llama a la policía. Diles que hay un cadáver en el jacuzzi.

El hombre miró hacia la ladera de la colina y Bosch retrocedió del borde. Inmediatamente se preguntó por qué había tenido la reacción instintiva de esconderse.

Se levantó y lentamente retrocedió por el sendero hasta la casa de Mittel. Mientras caminaba miró hacia las luces de la ciudad que iluminaban la noche y pensó que era hermoso. Pensó en Conklin y en Pounds y después apartó la culpa de su mente con pensamientos de Mittel, acerca de cómo su muerte cerraba por fin el círculo que se había abierto hacía tanto tiempo. Pensó en la imagen de su madre en la foto de Monte Kim. Su forma de mirar con timidez por el borde del brazo de Conklin. Aguardó la llegada de la sensación de satisfacción y triunfo que sabía que supuestamente tenía que venir cuando se cumplía la venganza. Pero ésta no llegó. Sólo se sentía vacío y cansado.

Cuando llegó al césped perfectamente recortado de detrás de la mansión, el hombre llamado Jonathan ya no estaba.

El subdirector Irvin S. Irving estaba de pie en el umbral de la sala de reconocimiento. Bosch estaba sentado en un lateral de la mesa acolchada, sosteniendo pegada a la cabeza una bolsa de hielo que le había dado el doctor después de suturarle. Se fijó en Irving cuando acomodó la mano con la que sostenía la bolsa.

– ¿Cómo se siente?

– Supongo que sobreviviré. Al menos eso es lo que me han dicho.

– Bueno, es mejor de lo que puede decirse de Mittel. Menudo salto de trampolín.

– Sí. ¿Y el otro?

– De momento nada. Aunque tenemos su nombre. Le dijiste a los agentes que Mittel lo llamaba Jonathan. Así que probablemente es Jonathan Vaughn. Lleva mucho tiempo trabajando para Mittel. Están en ello, buscando en los hospitales. Parece que podrías haberle herido lo suficiente para que ingresara.

– Vaughn.

– Estamos tratando de buscar su historial. No hay nada por el momento. No estaba fichado.

– ¿Cuánto tiempo llevaba con Mittel?

– De eso no estamos seguros. Hemos hablado con la gente de Mittel en el bufete. No se puede decir que hayan colaborado mucho, pero dicen que Vaughn siempre ha estado allí. Mucha gente lo describió como el asistente personal de Mittel.

Bosch asintió y aparcó la información.

– También hay un chofer -continuó Irving-. Lo detuvimos, pero no ha dicho gran cosa. Un chulo sudista. Tampoco podría hablar aunque quisiera.

– ¿Porqué?

– Tiene la mandíbula rota. Tampoco hablará de eso.

Bosch se limitó a asentir y miró al sub director. No parecía haber nada oculto en lo que había dicho.

– El médico ha dicho que tiene usted una conmoción severa, pero el cráneo no está fracturado. Laceración menor.

– Pues siento la cabeza como el zepelín de Goodyear con un agujero.

– ¿Cuántos puntos?

– Creo que ha dicho dieciocho.

– Dice que probablemente los dolores de cabeza y la hemorragia del ojo le durarán varios días. Parece peor de lo que es.

– Bueno, me alegra saber que le está explicando a alguien lo que está pasando. A mí no me ha dicho nada. Lo que sé es por las enfermeras.

– Vendrá dentro de un momento. Probablemente estaban esperando a que se despejara un poco.

– ¿Despejarme?

– Estaba un poco aturdido cuando llegamos a buscarle allí arriba, Harry. ¿Está seguro de que quiere hablar de esto ahora? Puede esperar. Está herido y necesita tomárselo con…

– Estoy bien. Quiero hablar. ¿Ha estado en la escena en Park La Brea?

– Sí, estuve allí. Estaba allí cuando recibimos la llamada desde Mount Olympus. Tengo su maletín en el coche, por cierto. Se lo dejó allí, ¿no? ¿En la habitación de Conklin?

Bosch empezó a asentir, pero se detuvo porque la habitación le daba vueltas.

– Bueno -dijo-. Hay algo allí que quiero conservar.

– ¿La foto?

– ¿La ha mirado?

– Bosch, sigue usted aturdido. La encontraron en la escena del crimen.

– Sí, lo sé, perdón.

Irving hizo un gesto con la mano para decirle que no era preciso que se disculpara. Estaba cansado de enfrentamientos.

– Bueno, el equipo que está trabajando en la escena en la colina ya me ha contado qué ha ocurrido. Al menos, la primera versión, basada en las pruebas físicas. Lo que no me queda claro es qué lo llevó a usted allí y cómo encaja todo esto. ¿Quiere explicármelo o prefiere esperar a, digamos, mañana?

Bosch asintió una vez y esperó un momento a que su cabeza se aclarara. Todavía no había tratado de recopilar lo ocurrido en una idea cohesionada. Reflexionó unos segundos más y decidió intentarlo.

– Estoy preparado.

– De acuerdo. Primero quiero leerle sus derechos.

– ¿Qué? ¿Otra vez?

– Es sólo cuestión de procedimiento para que no parezca que hacemos excepciones con uno de los nuestros. Ha de recordar que estuvo en dos sitios esta noche y en los dos alguien cayó de mucha altura. No tiene buen aspecto.

– Yo no maté a Conklin.

– Ya lo sé, y tenemos la declaración del vigilante de seguridad. Dice que usted se fue antes de que Conklin cayera. Así que no hay problema. Está a salvo, pero tengo que seguir el procedimiento. Veamos, ¿todavía quiere hablar?

– Renuncio a mis derechos.

Irving se los leyó igualmente y Bosch renunció de nuevo.

– Muy bien, no tengo un formulario de renuncia. Tendrá que firmarlo después.

– ¿Quiere que le cuente la historia?

Sí, quiero que me cuente la historia.

– Pues allá voy. -Pero entonces se detuvo al intentar volcarla en palabras.

– ¿Harry?

– Vale, eso es. En mil novecientos sesenta y uno Arno Conklin conoció a Marjorie Lowe. Los presentó un lumpen local llamado Johnny Fox, que se ganaba la vida con esas presentaciones y arreglos. Normalmente por dinero. Este encuentro inicial entre Arno y Marjorie fue en la fiesta de San Patricio, en la logia masónica de Cahuenga.

– Ésa es la foto del maletín, ¿no?

– Sí. Veamos, en ese primer encuentro, según la versión de Arno, que yo creo, él no sabía que Marjorie era profesional y Fox era un macarra. Fox organizó la presentación porque probablemente vio la oportunidad y tenía visión de futuro. Verá, si Conklin hubiera sabido que era una profesional, se habría retirado. Era el jefe del comando antivicio del condado. Se habría retirado.

– ¿Entonces tampoco sabía quién era Fox? -preguntó Irving.

– Eso es lo que dijo. Sólo dijo que era inocente. Si le cuesta aceptarlo, la alternativa es peor: que ese fiscal confraternizaba abiertamente con esa clase de gente. Así que creo la versión de Arno. No lo sabía.

– Muy bien. No sabía que estaba viéndose comprometido. Entonces ¿qué había en juego para Fox y… su madre?

– En el caso de Fox es fácil. En cuanto Conklin se fuera con ella, Fox tenía un buen anzuelo y podía arrastrarlo a donde quisiera. Lo de Marjorie es otra cuestión y, aunque he estado pensando en ello, todavía no lo tengo claro. Pero puede decirse que la mayoría de las mujeres en esa situación buscan una vía de escape. Podía haber seguido el plan de Fox porque ella tenía su propio plan. Estaba buscando escapar de su forma de vida.