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En tres cacerolas de cobre se cocían las zanahorias, los nabos y el apio que iba a reducir a puré. Pronto estarían cocidas y peladas las castañas. Había previsto foie gras como entrada. Y lonchas de salmón salvaje. A Zoé le volvía loca el salmón salvaje. Tenía un gusto muy desarrollado y podía decir si el salmón estaba suculento, bueno o malo, estudiando simplemente la palidez o el brillo de la carne. Arrugaba la nariz ante el mostrador del pescadero. Era la señal que advertía: «Ése no es bueno, mamá. Salmón de criadero: hacinados como sardinas y tragándose los excrementos de los demás». Zoé adoraba los sabores, los olores, se encallaba buscando un color preciso, o imitando un sonido determinado, cerraba los ojos y creaba paletas de sabores chascando la lengua. Le gustaba cuando llegaba el invierno, con su cortejo de fríos que ella clasificaba. Frío cortante, frío húmedo, frío gris y bajo que anuncia la nieve, frío sordo que te empuja a refugiarte ante la chimenea. «Me gusta el frío, mamá, me calienta el corazón». Había confeccionado sus regalos con cartón, trozos de lana, tela, grapas, pegamento, clips, lentejuelas. Fabricaba muñecas magníficas, cuadros, móviles. No le gustaba comprar, al contrario que a Hortense. Es una adolescente de antaño, mi hija. No le gustan los cambios, le gusta que cada año se repita el mismo menú de fiesta, que se decore el árbol con las mismas bolas, las mismas guirnaldas, que se escuchen los mismos villancicos. Es por ella por lo que respeto la etiqueta. A los niños no les gusta que se cambien sus costumbres. Por sentimentalismo, por deseo de sentirse cómodos. En el tronco de Navidad, que prueba con la lengua antes de morderlo, Zoé busca el sabor de todos los demás troncos, y puede que también el de los que había probado junto a su padre. ¿Dónde pasará esta Nochebuena el hombre que descubrí en el metro ¿Es posible que se trate de Antoine? Tenía una cuchillada y el ojo medio cerrado. Si está vivo y nos busca, debe de rondar el edificio de Courbevoie. La portera ha cambiado. La nueva no nos conoce. Mi nombre no figura en la guía.

Zoé había pedido que hubiera un sitio libre en la mesa durante la cena de Nochebuena.

– Ya verás, mamá, será una sorpresa, una sorpresa de Navidad.

– ¡Nos va a traer a un mendigo! -había pronosticado Hortense-. ¡Si lo hace, yo me largo!

Los ojos de Shirley reían en silencio.

– Si Zoé no lo hace ¡lo hará tu madre! -había replicado.

– Me pone enferma tanto festejo cuando fuera hay muchos…

– ¡Para, mamá, para! -había gritado Hortense-. ¡Me había olvidado de que iba a volver con la Madre Teresa! ¿Por qué no montas un orfanato de negritos ya que estamos?

«Añadir el queso fresco y las ciruelas al relleno. Mezclar. Rellenar el interior del pavo». Era lo que prefería cuando era pequeña. Atiborraba el pavo de espeso y oloroso relleno. El vientre del pavo se inflaba, y preguntaba a papá ¿crees que va a estallar? Iris y mamá hacían una mueca de disgusto, papá se reía a carcajadas. Iris no estará esta noche. Ni Henriette. No tendré el sabor de las Nochebuenas pasadas, la rama de acebo colgada en la puerta, el collar de perlas de tres vueltas de Henriette sobre su vestido negro, la cinta de terciopelo violeta que Iris llevaba en el pelo y que provocaba siempre la misma exclamación por parte de Henriette: «¡No debería decirlo delante de esta pequeña pero nunca he visto unos ojos tan azules! ¡Y los dientes! ¡Y la piel!». Se extasiaba como si descubriese un collar de zafiros sobre papel de seda. ¿Y yo? Yo me sentía fea, con la certidumbre de que nadie, nunca, me miraría. Esa es la herida que nunca se ha cerrado.

«Coser la abertura con hilo grueso. Untar el ave de mantequilla o margarina. Sazonar. Disponer el ave sobre la placa del horno bien caliente. Al cabo de cuarenta y cinco minutos aproximadamente, moderar el calor del horno. Dejar cocer una hora. Salsear a menudo durante la cocción».

Tras la muerte de Lucien Plissonnier habían pasado Nochebuenas tristes en las que el lugar del jefe de familia había permanecido vacío, y después había llegado Marcel, con sus chaquetas escocesas y sus corbatas Lurex. En sus platos había montones de regalos. Iris los recibía con condescendencia, como si se dignara a perdonarle por estar sentado en el lugar de su padre, Joséphine dudaba si correr a abrazarle ante la expresión de reproche de su madre y su hermana. Esta noche, Marcel Grobz iba a festejar su primera Nochebuena con Josiane y su hijo. Iría a visitarlos pronto. Tendría la impresión de traicionar a su madre, de pasarse al enemigo, pero le daba igual.

Llamaron a la puerta. Un toque breve y preciso. Joséphine miró el reloj, las siete. Han debido de olvidar las llaves.

Era el señor Lefloc-Pignel. Venía a excusarse por el ruido que podrían hacer durante la velada: él y su mujer recibían a la familia. Llevaba un esmoquin, pajarita, camisa blanca con pliegues y un fajín de satén negro. Llevaba el pelo liso y repeinado como los setos de un jardín francés.

– ¡No se disculpe usted!-sonrió Joséphine elaborando mentalmente la metáfora y concluyendo que prefería el singular encanto de los jardines ingleses-, nosotros seguramente también haremos ruido.

Se dijo que quizás debería ofrecerle una copa de champán. Dudó, y después, como no parecía querer marcharse, le invitó a entrar.

– No quisiera abusar de su tiempo… -se excusó él, franqueando con descaro el umbral.

Ella se secó con el trapo y le tendió una mano algo grasienta.

– ¿Le molestaría seguirme a la cocina? Debo vigilar la cocción del pavo.

El hizo gesto de dejarla pasar y añadió con tono alegre:

– ¡Así que voy a penetrar en su santuario! Es un gran honor…

Pareció que iba a decir algo, pero se calló. Ella sacó una botella de champán del frigorífico y se la tendió para que la abriese. Se desearon feliz Navidad y próspero Año Nuevo. Tiene algo de muy seductor a pesar de esos mechones como setos, pensó. ¿Cómo es su mujer? No la he visto nunca.

– Me gustaría preguntarle -empezó con voz sorda-, su hija…, esto… ¿Cómo ha reaccionado ante lo que le ha pasado a la señora Berthier?

– Se quedó muy impresionada. Hemos hablado mucho.

– Es que Gaétan, en cambio, no habla de ello.

Se le veía preocupado.

– ¿Y sus otros hijos? -se interesó Joséphine.

– Charles-Henri, el mayor, no la conocía, está en el liceo, Domitille no la había tenido como profesora… El que me preocupa es Gaétan. Y como está en la misma clase que su hija… Pensé que podían haber hablado.

– No me ha dicho nada.

– He oído decir que había sido usted citada por la policía.

– Sí. No hace mucho me atacaron.

– ¿ De la misma forma?

– ¡Oh, no! No fue nada comparado con la pobre señora Berthier…

– No fue eso lo que me dijo el comisario. Pedí una cita con él y me recibió.

– Ya sabe, en las comisarías se exagera mucho.

– No lo creo.

Había pronunciado esas palabras con tono severo, como si quisiera decir: «Creo que me está mintiendo».

– De todas formas, no tiene importancia, ¡no estoy muerta! Estoy aquí, bebiendo champán con usted.

– No me gustaría que atacase a nuestros hijos -prosiguió el señor Lefloc-Pignel-. Habría que pedir protección para el inmueble, un policía de guardia.

– ¿ Día y noche?

– No sé. Por eso he subido a hablar con usted.

– ¿Y por qué iban a hacerlo sólo en nuestro edificio?