tierna-, quiero que os fijéis es-pe-cial-mente en los ojos de este niño mexicano que es el hijo de nuestro maravilloso amigo Víctor y apreciéis el modo en que entregará a la humanidad ese alma maravillosa que habla por sí misma a través de las ventanas que son sus ojos; unos ojos tan bonitos que sin duda profetizan e indican la más hermosa de las almas.
Era un hermoso discurso. Y era un niño muy hermoso. Víctor miraba melancólicamente a su ángel. Todos deseamos tener un hijo como aquél. Era tan grande la intensidad de nuestros sentimientos hacia el alma del niño que éste notó algo extraño y empezó a llorar con una pena desconocida que no había modo de calmar porque estaba enraizada en innumerables misterios y milenios. Lo probamos todo; Víctor lo acarició y lo acunó. Dean le hizo carantoñas. Yo alargué la mano y toqué sus bracitos. El llanto arreció.
– ¡Vaya! -dijo Dean-. Lo siento muchísimo, Víctor, pero lo hemos asustado.
– No está asustado, simplemente llora.
En la entrada de la casa, justo detrás de Víctor, demasiado tímida para salir, estaba su mujer, descalza y esperando con ansiosa ternura que devolviéramos el niño a sus brazos tan suaves y morenos. Después de habernos enseñado a su hijo, Víctor volvió a subir al coche y señaló orgullosamente hacia la derecha.
– Sí -dijo Dean, y avanzó con el coche por estrechas calles argelinas con rostros que nos observaban desde todas partes con cordial perplejidad. Llegamos a la casa de putas. Era un establecimiento magnífico de adobe dorado bajo el sol. En la calle, apoyados en el alféizar de las ventanas de la casa de putas había dos policías, sus pantalones estaban arrugados, parecían dormidos y aburridos y nos dedicaron unas breves miradas interesadas cuando entramos, y se quedaron allí las tres horas que estuvimos armando follón delante de sus narices, hasta que salimos al anochecer y, por indicación de Víctor, le dimos a cada uno el equivalente de veinticinco céntimos; sólo por pura fórmula.
Y dentro encontramos a las chicas. Unas estaban recostadas en sofás en la pista de baile, otras bebían en la larga barra que había a la derecha. En el centro, un arco llevaba a unos cubículos que se parecían a los vestuarios donde uno se desviste en los balnearios municipales de las playas. Estos cubículos daban al sol del patio. Tras la barra estaba el propietario que salió corriendo en cuanto le dijimos que queríamos oír mambos y volvió con un montón de discos, la mayoría de Pérez Prado, y los puso en la máquina de discos. Un instante después toda la ciudad de Gregoria oía lo bien que lo estábamos pasando en la Sala de Baile. En el mismo salón el estrépito de la música
– así es cómo debe ponerse una máquina de discos y para eso se inventó- era tan tremendo que durante un momento Dean y Stan y yo nos quedamos boquiabiertos al darnos cuenta de que nunca nos habíamos atrevido a poner música tan alta como hubiéramos querido y como ahora sonaba. Pocos minutos después la mitad de la población de Gregoria se asomaba por las ventanas para ver a los americanos bailar con las chicas. Estaban allí delante, al lado de los policías, en la sucia acera, con aspecto de indiferencia y despreocupación. «Más Mambo Jambo», «Chattanooga de Mambo», «Mambo número ocho»: todas estas tremendas canciones resonaban estrepitosamente en la dorada y misteriosa tarde como el sonido que uno espera que va a oír el día del juicio final. Las trompetas sonaban tan fuerte que podían oírse desde el desierto donde, en cualquier caso, tenían su origen. Los tambores parecían enloquecidos. El ritmo del mambo es el ritmo de la conga del Congo, el río de África y del mundo; sin duda era el ritmo del mundo. Um-ta, ta-pu-pum, um-ta, ta-pu-pum. Las notas del piano nos bañaban desde los altavoces. Los gritos del director eran como desesperadas boqueadas finales. Los sonidos de la trompeta que se unían a los momentos de climax de las congas y los bongos que se oyen en el terrible disco Chatta-nooga, dejaron helado a Dean durante unos momentos hasta que se estremeció y se puso a sudar; luego, cuando las trompetas desgarraban el soñoliento ambiente con sus trémulos ecos, como los de una caverna o una cueva, sus ojos se pusieron muy redondos y como si estuvieran viendo al demonio y los cerró en seguida. Yo mismo me veía sacudido como una marioneta. Sentía que las trompetas hacían oscilar la luz y temblaba de pies a cabeza.
Con la música del rápido «Mambo Jambo» bailamos frenéticamente con las chicas. A través de nuestro delirio empezamos a distinguir entre sus distintas personalidades. Eran unas chicas espléndidas. Extrañamente la más desmadrada era una venezolana medio india y medio blanca que tenía dieciocho años. Se hubiera dicho que era de buena familia. Sólo Dios sabe lo que estaba haciendo en México trabajando de puta a esa edad y con sus tiernas mejillas y su agradable aspecto. Tal vez había una tragedia en su vida. Bebía de un modo increíble. Se pegaba latigazo tras latigazo aunque parecía que no podía más. Tiraba los vasos sin parar con la idea de hacernos gastar la mayor cantidad de dinero posible. Llevaba una bata casi transparente y bailaba frenéticamente con Dean; colgada de su cuello y pidiéndole cosas sin parar. Dean estaba tan pasado que no sabía con qué empezar, si con las chicas o con el mambo. De pronto corrieron a uno de los cubículos. Yo me las entendía con una chica gorda y sin interés que tenía un perrito y que se enfadó conmigo cuando dije que el perro no me gustaba porque quería morderme. Acordamos que llevara el perro afuera, pero cuando volvió ya me había ligado otra chica, era más guapa pero no la que más me gustaba, y se me pegó como una lapa. Yo trataba de librarme de ella para ligar con una mulata de dieciséis años que estaba sentada sin hacer nada en el otro extremo de la sala y se contemplaba melancólicamente el ombligo a través de la abertura de su cortísima camisa. No lo conseguí. Stan estaba con una chica de quince años de piel color almendra con un vestido que estaba abrochado por arriba y por abajo, no por la mitad. Unos veinte hombres miraban desde la ventana.
En un determinado momento, la madre de la chica mulata -que no era mulata, sino negra- apareció por allí y mantuvo un breve y triste coloquio con su hija. Cuando vi aquello, sentí demasiada vergüenza para acercarme a la chica que realmente me apetecía. Dejé que la lapa me llevara a uno de los cubículos donde, como entre sueños, y entre el estrépito de la música, pues también había altavoces allí, hicimos rechinar la cama durante media hora. Era un cuartito cuadrado de paredes de madera y sin techo, con una imagen en un rincón y una palangana en el otro. Las chicas gritaban en el sombrío vestíbulo:
– Agua, agua caliente.
Stan y Dean tampoco estaban a la vista. La chica me pidió treinta pesos, unos tres dólares cincuenta, y me rogó que le diera diez pesos más y me contó no sé qué larga historia. Yo desconocía el valor del dinero mexicano; me parecía que por lo menos tenía un millón de pesos. Le entregué el dinero. Corrimos a bailar de nuevo. En la calle se había reunido una gran multitud. Los policías parecían tan aburridos como de costumbre. La guapa venezolana de Dean me llevó por una puerta a otro extraño bar que también debía de pertenecer a la casa de putas. Había un joven camarero que hablaba y se limpiaba las gafas, y un viejo con enormes bigotes que discutía algo vehementemente. También allí atronaba el mambo desde un altavoz. Parecía que el mundo entero se había vuelto loco. Venezuela se me colgó del cuello y pidió de beber. El camarero no quería servirle más. Ella suplicó y suplicó y cuando al fin tuvo delante una copa, la derramó y esta vez involuntariamente, como pude comprobar por la angustiada expresión de sus ojos que miraban perdidos.
– Tranquilízate, guapa -le dije. Tuve que sostenerla para que no se cayese del taburete. Perdía el equilibrio todo el tiempo. Nunca había visto a una mujer tan borracha; y sólo tenía dieciocho años. Conseguí que le sirvieran otra copa; me estaba tirando de los pantalones para que lo hiciera. Se la tragó de golpe. No tenía valor para llevármela a uno de los cubículos. La tía con quien me había acostado tenía treinta años y sabía cuidar de sí misma. Con Venezuela retorciéndose y lamentándose entre mis brazos tenía muchas ganas de desnudarla y hablar, sólo hablar con ella… o eso me decía a mí mismo. Esta chica y la mulata me hacían delirar de deseo.
El pobre Víctor, durante todo este tiempo estaba apoyado en la barra y saltaba de vez en cuando al ritmo de la música contento de ver cómo se divertían sus tres amigos americanos. Le invitamos a beber. Sus ojos brillaban de deseo ante las mujeres pero no quería irse con ninguna. Se mantuvo fiel a su mujer aunque Dean le dio un montón de billetes. En aquel loco tumulto tuve ocasión de ver cómo estaba Dean. Se hallaba tan enloquecido que no me reconoció cuando me acerqué a él.
– Sí, sí -fue todo lo que dijo. Parecía que aquello no se iba a terminar nunca. Era como un dilatado y espectral sueño árabe en el atardecer de la otra vida: Alí Baba, las callejas, las cortesanas. Fui de nuevo con la chica al cuartito. Dean y Stan se intercambiaron las suyas; desaparecimos y los espectadores tuvieron que esperar a que continuara el espectáculo. La tarde se alargaba y se hacía más fresca.
Pronto caería la noche sobre la vieja Gregoria. El mambo no dejaba un momento de descanso, era un frenesí semejante a una interminable jornada en la jungla. No podía apartar la vista de la mulata que se movía como una reina incluso cuando el siniestro propietario la obligó a hacer trabajos serviles, tales como traernos las bebidas y limpiar las mesas. De todas las chicas que había era la que más necesitaba el dinero; probablemente su madre había venido a que le diera lo que había ganado para sus hermanos y hermanas más pequeños. Los mexicanos son pobres. Sin embargo, nunca, nunca se me ocurrió acercarme a ella y darle algo de dinero. Tenía la impresión de que lo aceptaría con desprecio, y el desprecio de las que son como ella me deja acojonado. En mi locura, estuve enamorado de ella todas las horas que duró aquello; tuve los inconfundibles síntomas: la angustia, los suspiros, el dolor, y por encima de todo la resistencia a acercarme a ella. Fue extraño que tampoco Dean o Stan se acercaran; su indiscutible dignidad la hacía parecer demasiado pobre en aquella casa de putas. En un determinado momento vi que Dean se inclinaba rígido hacia ella, dispuesto a echársele encima, pero su rostro reflejó el desconcierto cuando lo miró fría e imperiosamente. Dean se quedó inmóvil, se frotó la tripa y abrió la boca. Finalmente inclinó la cabeza. Sin duda era la reina.